OPINIÓN: Maximino Ávila Camacho: El Ejercicio Absoluto Del Poder

Rigoberto Cordero y Bernal ha aprovechado el venero heredado de su padre, el insigne historiador Enrique Cordero y Torres.

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Rigoberto Cordero y Bernal –aparte de ser periodista , contador público y experto en administración de empresas– uno de esos raros historiadores que no se ha atrincherado en determinado espacio o capilla académica, sino se distingue por excavar en los campos de la historia no sólo a través del arado de los documentos, archivos, libros, etc., sino esforzándose por establecer contacto directo con personalidades que fueron protagonistas o testimonios de determinados pasajes o hitos de nuestra historia, extrayendo de sus experiencias elementos valiosísimos para incorporarlos a sus análisis de las etapas o personajes que investiga.

Empero de ningún modo se limita a transcribir lo que aquellos le narran, sino se da a la tarea de examinar acuciosamente las versiones que le brindan, confrontándolas con otros testimonios orales o escritos, tarea en la que sin duda desempeña un papel fundamental su experiencia como periodista ( fue autor de la columna de “A Fuego Lento”, en los diarios Nueva Era de Puebla, El Sol de Puebla, Síntesis e Intolerancia, desde 1979. En la actualidad colabora en el periódico digital E-Consulta).

En contrapunto a lo anterior, Rigoberto Cordero y Bernal ha aprovechado el venero heredado de su padre, el insigne historiador Enrique Cordero y Torres (fundador del Centro de Estudios Históricos de Puebla AC, y autor de libros esenciales para el conocimiento de la historia de nuestra entidad), pero no a la manera de quien se limita a cosechar los frutos sembrados por otros, sino mejorando las semillas o creando nuevos injertos para perfeccionar los productos, a la manera de un agricultor que se las ingenia de manera permanente para mejorar los resultados de su mies.

A todo ello agregamos su vastísima red de relaciones personales, resultado de sus antecedentes familiares, pero también –y sobre todo–– debido a sus virtudes individuales: es un hombre al que distinguen su bonhomía y excelente trato social, virtudes que van de la mano con su temple y energía para acometer todo tipo de empresas, tal lo pone de relieve su exitoso proyecto turístico en la Sierra Norte de Puebla.
Pero bien, se preguntará el lector, ¿a qué vienen los comentarios anteriores? Vienen a propósito de su libro Maximino Ávila Camacho, el ejercicio absoluto…del poder (Editado en los talleres de Litografía Magnograf). Editado en 2012, quien esto escribe no había tenido oportunidad de leerlo, pero gracias a un afortunado incidente familiar protagonizado por mi hija Samantha, el libro cayó en mis manos.

Mi sorpresa fue mayúscula: a lo largo de las cerca de 400 páginas del libro (acompañadas de decenas de fotografías de personajes destacados de la época) descubrí todo un cúmulo de facetas de Maximino Ávila Camacho que desconocía totalmente, mismas que, entreveradas con las anécdotas (sabrosísimas, por cierto) y relatos provenientes de los testigos que entrevista el autor, nos llevan a la conclusión de que estamos muy lejos de haber asimilado la figura del fundador del cacicazgo avilacamachista.

Empero, lo que es más importante: descubrimos que Maximino Ávila Camacho es algo más que un personaje histórico… Es algo así como el compendio de toda una era en la historia de Puebla. Tal como escribe don Rigoberto : “Muchos, pero muchos poblanos, forman parte del avilacamachismo y los hay, desde los que se precian de haber sido fundadores del cacicazgo y sus herederos, hasta aquellos que cuando se habla de Maximino, sobre todo, voltean la cabeza para otro lado. ¡A qué mis paisanos…los de la ‘doble moral’, como dicen los priístas, que son los…panistas!” (pág. 175).

¡Y vaya que el autor se encarga de constatar lo anterior! En el Capítulo 4, nos muestra una lista larguísima (imposible de reproducir en este lugar) de los personajes relacionados con Maximino, desde los poblanos que colaboraron con éste cuando fue gobernador y titular de la Secretaría de Comunicaciones y Obra Pública, pasando por personalidades que fungieron como senadores y diputados, hasta los jueces y magistrados, presidentes municipales, regidores y empleados de primer nivel que estuvieron vinculados con su gestión.

En esa lista aparecen personalidades como Gustavo Díaz Ordaz, Gonzalo Bautista Castillo, Fausto M. Ortega, Rodolfo Sánchez Cruz, Gonzalo Bautista O’ Farril, Guillermo Morales Blumenkron, Eduardo Cué Merlo, Rafael Moreno Valle, y cientos de otros personajes que desempeñaron un papel protagónico en la vida política y social de Puebla.

Aparte de esa inmensa lista, desfilan otros individuos que habrían de ejercer una gran influencia en nuestra entidad: empresarios (como William O. Jenkins, Manuel Espinosa Yglesias, Rómulo O’ Farril, Emilio Azcárraga Vidaurrieta), magnates de la prensa (como el coronel García Valseca), periodistas (como José Trinidad Mata, asesinado por órdenes de Maximino, Manuel ánchez Pontón, Enrique Cordero y Torres), militares (como José Mijares Palencia, Rafael Ávila Camacho, hermano de Maximino), y toda una constelación de personalidades que brilló en su momento en la vida social, intelectual y cultural de Puebla.

Entre los temas más atractivos del libro destacan los relativos a la cuantiosa fortuna de Maximino (apoyándose al respecto en materiales desconocidos para la mayoría de investigadores y académicos que han escrito sobre el tema, como es el caso de una entrevista publicada en la Revista Hoy, en marzo de 1943, realizada por el periodista e historiador José C. Valadés, la cual llevaba como título “Maximino Ávila Camacho habla claro y fuerte sobre sus bienes”.

Otra entrevista que cita don Rigoberto, acerca de dicha cuestión, es la que realizó el periodista poblano Daniel Blumenkron, en noviembre del mismo año); a los negocios que emprendió con William O. Jenkins; a las tensas relaciones que sostuvo con Vicente Lombardo Toledano y Gilberto Bosques; a la amistad que entabló con Lázaro Cárdenas del Río, y a las vicisitudes que rodearon sus vínculos con no pocos de los principales sectores de la clase política de su época.

Con su modestia proverbial, don Rigoberto escribe:

“El interés de nosotros….no es denostar a Maximino Ávila Camacho ni presentar sólo sus sombras, sino hacer que las nuevas generaciones de poblanos, que desconocen este pasaje de su historia, tengan un punto de referencia y de criterio, de quien fue y quien sigue siendo en la historia moderna de Puebla, un hombre que tuvo mucho poder, acumuló mucho dinero y fue gobernador de nuestro estado, y del que existen a favor y en contra opiniones y criterios muy encontrados, de acuerdo a cómo fueron tratados…o mal tratados por tal personaje” (pág. 139).

A nuestro parecer, la relevancia del libro de don Rigoberto desborda lo anterior : es un trabajo que no sólo nos remite al pasado de Puebla, sino también a su presente : ¿hasta qué punto, nos preguntamos en voz alta, la inefable gestión autoritaria y despótica del gobernador Rafael Moreno Valle pudo ser posible sin la existencia del cacicazgo avilacamachista, del que en apariencia ya no quedaban sólo rescoldos?

De ahí la importancia de la lectura del libro que comentamos: mientras los poblanos no conozcamos bien nuestra historia, difícilmente podremos transformar nuestro presente.
¡Felicidades don Rigoberto, por haber escrito un trabajo tan brillante!

 


POB/JCSD