OPINIÓN: Antonio Esparza Soriano y el Primer Congreso Nacional De Bibliotecarios

En este mes de febrero de 2018 se cumplen 60 años del Primer Congreso Nacional de la Asociación Nacional de Bibliotecarios.

A la memoria del insigne maestro y poeta Antonio Esparza Soriano

En este mes de febrero de 2018 se cumplen 60 años del Primer Congreso Nacional de la Asociación Nacional de Bibliotecarios (1958), evento que se llevó a cabo en el Paraninfo de la Universidad Autónoma de Puebla, con el apoyo de la Biblioteca Nacional y de la Biblioteca Central de la UNAM.

El promotor de dicho evento fue el maestro Antonio Esparza Soriano, uno de los hombres más sabios –si es que no el más sabio– de Puebla del siglo pasado. Hicieron acto de presencia todos los directores de las bibliotecas universitarias y la mayoría de los rectores del país. Hubo además una serie importante de actividades culturales, entre las que destacó una conferencia sobre la historia de la imprenta en Puebla, y otra –impartida por Esparza Soriano– en la que se dieron a conocer las aportaciones de la Biblioteca Lafragua a la Bibliografía Poblana de José Toribio Medina

En dicho encuentro se trazaron las principales orientaciones y lineamientos que habrían de seguir no sólo las bibliotecas de las universidades públicas, sino también las principales bibliotecas de la nación, como la citada Biblioteca Nacional.

El maestro Antonio Esparza, al ser nombrado director de la Biblioteca Lafragua, un año antes del Congreso de referencia, procedió de inmediato a reorganizar tal dependencia, continuando así con la labor iniciada por el poeta Delfino C. Moreno, quien durante varios años estuvo al frente de la misma. También se dio a la tarea de ponerse en contacto con los diversos directores de las bibliotecas universitarias con el objeto de proponerles la creación de un organismo nacional que incrementara la calidad de los servicios, los acervos bibliográficos y el intercambio de información. El primer paso que se dio al respecto fue un encuentra en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, en donde se eligió la mesa directiva de los bibliotecarios, quedando como copresidentes fundadores de la Asociación Nacional de Bibliotecarios el licenciado Rafael Montejano, director de la Biblioteca de la Universidad de San Luis Potosí, y Antonio Esparza Soriano, director de la Biblioteca Lafragua de la Universidad de Puebla.

De ese modo, nuestra casa de estudios –gracias a la labor del maestro Esparza Soriano– se convirtió en la principal protagonista a nivel nacional de la reorganización de las bibliotecas de nuestro país.

No era la primera ocasión que nuestro personaje protagonizaba iniciativas reformadoras. Una vez que accede a la dirección de la Preparatoria Nocturna –en 1952–, Esparza Soriano despliega múltiples esfuerzos encaminados a elevar el nivel académico de la misma, intentando principalmente establecer un equilibrio adecuado entre las ciencias naturales y las humanidades.

Esta situación le permite compenetrarse con la problemática de la educación media superior, convirtiéndolo en uno de los principales –si es que no en el principal– expertos de la universidad en ese campo, lo cual propicia que las autoridades lo nombren como delegado al Segundo Congreso General de la Asociación Nacional de Universidades e Institutos de Educación Superior de la República Mexicana (ANUIES), que habría de celebrarse en la Universidad de Guanajuato en febrero de 1954, en el que se aborda como punto central la revisión de los planes de estudio de la enseñanza preparatoria, con el objetivo de fijar metas comunes para dicho nivel educativo en todo el país.

También participan como delegados Gastón García Cantú, Juan Manuel Brito, y el entonces rector de la universidad, Gonzalo Bautista O’ Farril. La representación de Puebla presenta una ponencia muy brillante en la que se plantea que el bachillerato no es sólo una fase preparatoria para el nivel profesional sino es, ante todo, un nivel esencial para la formación moral y humanística de los educandos.

En consecuencia debe existir en las preparatorias un perfecto equilibrio entre las ciencias y las humanidades, aparte de la introducción de algunas asignaturas que tengan que ver con la problemática específica –política, cultural, social, etc.– de cada estado. Aparte de convertirse en el hilo conductor de los debates, la ponencia presentada por la delegación de la Universidad de Puebla delineó los aspectos más importantes de la reforma de las preparatorias a nivel nacional, por lo cual fue aprobada por unanimidad. De esta forma nuestra institución contribuyó de manera decisiva a la reforma del bachillerato que se impulsó en el año de referencia. Gran parte de ese mérito le corresponde, reiteramos, a Esparza Soriano, sin dejar de reconocer, desde luego, las aportaciones de sus compañeros del Grupo Cauce, Juan Manuel Brito y Gastón García Cantú.

En 1956 el maestro Esparza Soriano protagonizó otro hecho de suma relevancia para la vida académica de nuestra institución: combatió el intento del gobernador Rafael Ávila Camacho de arrebatarle la preparatoria a la universidad, logrando involucrar al Consejo Universitario en ese objetivo, contando al respecto con el apoyo de la Federación Estudiantil Poblana (fep).

La historia es la siguiente: en el año de referencia el citado mandatario fundó en Puebla los centros escolares –que impartían desde la educación preescolar hasta la preparatoria–, pero como los mismos tenían que incorporarse a la Universidad de Puebla y regularse por sus planes de estudio, decidió darles plena independencia enviando al Congreso del Estado un proyecto de ley que separaba la enseñanza preparatoria de la universidad, integrando la misma a la Dirección General de Educación Pública.

El Congreso, como se acostumbraba en esa época, aprobó sin dilación tal iniciativa, sin tomarse la molestia de consultar a la comunidad universitaria. Se trató, como se dice popularmente, de un verdadero “albazo” legislativo. Por fortuna la noticia llegó a oídos del entonces presidente de la FEP, Francisco Arellano Ocampo, quien la comunicó a su vez a Esparza Soriano, con quien sostenía una gran amistad. Ambos solicitaron la intervención del Consejo Universitario en aras de impedir la consumación de esa atrocidad, logrando el respaldo de la mayoría de sus miembros.

El Consejo nombró una Comisión que se diese a la tarea de investigar acerca de ese asunto, encargándole al mismo tiempo la misión de formular una respuesta que incluyese los aspectos jurídicos. Tal tarea recayó en los directores de la Preparatoria Diurna y Nocturna, en orden respectivo Wulfrano Labastida y Antonio Esparza Soriano; en el director de la Escuela de Derecho, Ernesto Castro Rayón, y en el presidente de la FEP, Francisco Arellano Ocampo, quienes se enfrentaron al siguiente dilema: ¿Cómo demostrar la ilegalidad del decreto gubernamental? Había serias dudas al respecto.

El mismo Castro Rayón –quien también era magistrado del Tribunal Superior de Justicia de la entidad– argüía que no había ley ni ordenamiento alguno que le impidiese al representante del poder ejecutivo tomar la decisión aludida. ¿Entonces…qué hacer? Frente a tal inquietud, Esparza Soriano procedió a revisar minuciosamente la Constitución del Estado de Puebla de 1917 –que por ese entonces continuaba vigente– y encontró un artículo que decía, palabras más, palabras menos, que cuando el Colegio del Estado se convirtiese en universidad tendría a su cargo la enseñanza superior y la media superior, o sea, las escuelas profesionales que habían pertenecido al Colegio y la preparatoria.

Al descubrir ese artículo Esparza Soriano se puso en contacto con sus colegas de la comisión quienes –no obstante la reticencia de Castro Rayón– se percataron que ahí estaba la base jurídica necesaria para echar abajo el decreto de Ávila Camacho. De inmediato elaboraron un proyecto destinado a presentarse ante el Consejo Universitario el cual fue aprobado por mayoría, acordando al mismo tiempo dárselo a conocer al gobernador, designando a la misma comisión la tarea de entrevistarse con éste para darle a conocer su dictamen. El primer mandatario –sin ocultar su disgusto– no tuvo más remedio que echar abajo el decreto que desmembraba la preparatoria de la universidad. ¡De este modo la comunidad universitaria obtuvo un gran triunfo! Lamentablemente la flaqueza de nuestra memoria histórica nos ha hecho olvidar el papel que desempeñó en ese incidente Antonio Esparza Soriano.

Por todos esas hazañas le propusimos hace unos años al actual rector de la BUAP, Alfonso Esparza Ortiz, entregarle el doctorado Honoris Causa post mortem al maestro Esparza Soriano. Esperamos que algún día se tome en cuenta nuestra propuesta.

Mientras tanto, sería conveniente que las principales autoridades universitarias vinculadas con la problemática de la cultura realicen algún evento destinado a conmemorar el 60 aniversario del Primer Encuentro Nacional de Bibliotecarios.

 

 


POB/LFJ