En pocas palabras, se trata de un cálculo supuestamente hecho por ingenieros acerca de las ganancias probables de algún pedigüeño en cualquier esquina. Este caso toma como ejemplo a quienes piden limosna a los automovilistas que esperan ante una luz roja.
Hace unos cuantos años (estaba yo en la universidad, o sea hace bien poquito) cuando un maestro de no sé qué cosa, nos puso a hacer un ejercicio similar, pero con un mendigo asentado en la esquina de Madero y Fray Servando Teresa de Mier (hoy Eje Central) en la Ciudad de México. El hecho de que el docente hubiera probablemente inventado eso para salir del paso por no haber preparado su clase, no desmerita en nada el ejercicio.
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En efecto, Monseñor Juan, Cardenal Sandoval (así se le dice cuando se habla bien) tiene todo el derecho del mundo de oponerse a los matrimonios entre personas del mismo sexo y a su derecho a la adopción. Ese es un privilegio inalienable y que le es garantizado por la Constitución. Sin embargo, su derecho de opinión no está aunado al derecho de difamación. Y el señor Sandoval difamó. Se extralimitó en sus declaraciones.
Ahora, el Jefe de gobierno de la Ciudad de México lo ha demandado por la vía civil, por “daño moral” (era su única posibilidad, ya no existe el delito de difamación). La Suprema Corte de Justicia de la Nación no siguió sus pasos para no abrir la posibilidad de llegar a ser, en un momento dado, juez y parte. Sin embargo, se “extrañó” por los decires del príncipe de la Iglesia. “Ebrard ‘maiceó’ a los Ministros”, palabras más, palabras menos, fue la acusación de Sandoval.
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Al cabo de un rato, el cheque era turnado a alguna de las ventanillas y la cajera (no recuerdo haber visto varones en las cajas) llamaba nuestro número y preguntaba, para empezar, ¿Cuánto cobra?, seguido de ¿Cómo los quiere? Respondidas estas dos preguntas (la primera algo oratoria, porque, a menudo, ya se nos había olvidado el monto exacto de la transacción), la señorita nos entregaba el dinero y… santo remedio, salíamos de la sucursal.
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Un buen día, a un burócrata un poco más pensante que los demás (sé de que hablo, fui servidor público casi toda mi vida) se le ocurrió una idea muy sencilla que debiera haberlo llevado a diversos altares de la patria: redujo la tasa impositiva a las bebidas alcohólicas… Santo remedio: los precios en el comercio cayeron a niveles razonables e inferiores a los del contrabando. Así, los pobres vendedores ilegales se quedaron con su mercancía y quebraron, mientras las arcas públicas se llenaban alegremente.
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En el muy loable afán de evitar repeticiones, muchos colegas buscan sinónimos hasta bajo las piedras. De esa manera, utilizan a menudo palabras que, si bien en esencia, significan lo mismo, también acarrean un mensaje algo diferente. Pocos saben, al decir “comuna” que se refieren a un momento histórico de la ciudad de París en que sus habitantes decidieron tomar las decisiones políticas por sí mismos. Dicho de otra manera, hicieron de la capital francesa un “municipio libre”.
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Muchas veces he querido hacer lo propio, aquí en Puebla: es incomprensible como algunas personas se atreven a “redactar” boletines de prensa y notas informativas. Como incomprensible es que las contraten para esos menesteres. Es evidente que sus patrones son igual de analfabetos que ellas.
Hace unos días, mi querida Xol, editora-en-jefe, léase dictadora absoluta (pero ilustrada) de la redacción de Poblanerías en línea, se quejaba amargamente, en Facebook, de lo latoso que es corregir notas. Si bien un editor (en este caso editora) puede (y debe) corregir estilo y “errores de dedo”, tarea interesante y estimulante, no tiene porque perder el tiempo y gastar energía revisando sandeces al por mayor.
Como para los mangos o los chiles, hay “temporadas” de disparates. En ciertas épocas del año “se dan” mucho más que en otras. A veces hay “rachas” que parecen incontrolables, “tsunamis” de la mala redacción que ponen a los editores ante la terrible encrucijada que planteaba don Pedro Ferriz (el de a de veras): “no saber si reír, llorar o ponerse a rezar”.
Uno de los retos que se fijó Poblanerías en línea en sus inicios, amén de ser el portal más visitado (meta superada) fue el de ser también el portal mejor redactado de la comarca. Todavía falta… Si bien nuestros contenidos superan, por su redacción y ortografía, a los de nuestros colegas, no estamos satisfechos (por lo menos, yo no lo estoy, y no dudo que mi jefe y amigo Luis Enrique Sánchez Fernández tampoco) con lo que hemos logrado.
Desde tiempos remotos me ha gustado ser “cómplice” de mi jefe y director. Me encanta hacer travesuras con él. Cuando estábamos en Radio BUAP, me divertí anotando todas las burradas, los errores, los disparates y otras pendejadas que sacaban al aire los reporteros. En mis tiempos libres (es menester subrayar lo anterior) transcribí todas esas frases para lograr un simpático compendio que regalamos durante la fiesta de fin de año.
Lo lamentable del asunto es que durante la lectura pública (sin identificación de los autores originales), muchos no le veían “el chiste” a algunos de los errores que más risa producían. Luis Enrique, por caridad, se atribuyó algunos para quitarle la carga a la más prolífica de todos (que era la jefa de información).
No quiero “quemar” a nadie en particular en esta ocasión. Sin embargo, amenazo con repetir la pepena de Radio BUAP y compartirla con los lectores de Poblanerías en línea así como con los que nos siguen y consultan en Facebook y Twitter.
Por hoy, sólo transcribiré algo de lo que encontré, sin proponérmelo, pero que, creo vale la pena consignar para la posteridad a aquellos que empiezan sus escritos con burradas tales como “les saludo atentamente y por el mismo medio envío (sic) información…”. A menudo también aparecen frases incoherentes en las que el sujeto va en singular, mientras que el verbo esta en plural (o al revés): “la cámara de diputados dijeron…”.
Hace unas horas, llego al buzón de entrada de la redacción una nota que, en parte, rezaba: “lleva ya 5 días en protesta para que los cinco elementos del Instituto Nacional de Migración cuando realizaba un documental…”. Así estaba… lo juro.
Claro que ya no me refiero a los disparates que han logrado sus cartas de nobleza y que todo mundo dice sin ninguna vergüenza, como “operativo” (por dispositivo, u operación) o “vialidad” (por calle u avenida: la vialidad es el conjunto de vías de comunicación de un lugar dado) y muchos más…
Pobre prensa poblana… Pobres redactores y pobres lectores… Pobre idioma…
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Es harto divertido ver y leer algunas de las patadas de ahogado de aquellos que ya se vieron sin un clavo, al clausurarse las ventanillas en donde solían cobrar. En la entrega pasada, mencioné a uno de ellos. Para su tranquilidad, no es el único. Al contrario.
Debo reconocer que hemos vivido una buena temporada de acontecimientos varios que, para los chismosos profesionales son como el Maná, aquel alimento milagroso que Dios enviaba a los judíos durante su travesía del desierto.
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En Casa Aguayo, Casa Puebla y la Diagonal empezó a cundir el pánico. De volada, se busco la aprobación “fast track” y a la voz de ya de la cuenta pública 2009. Es más, sin revisar. Para la de 2010 va a estar más canijo, pero ya se están estudiando las modalidades del caso. Por el momento, no se piensa correr a nadie. Seis meses son pocos para buscar, y encontrar, chamba.
Las reacciones “públicas” son mucho más chistosas e interesantes. Por lo menos así me parece al ver ciertas publicaciones en “facebook” y, sobre todo, en los artículos, columnas, comentarios y demás editoriales de quienes “saben de esto” y habían estado preparando el terreno para poder pedir “ayudas” económicas (antes, se les decía “chayote”) substanciales al nuevo gobierno.
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En Tamaulipas, el PRI nos acaba de dar una lección muy acuciosa de pragmatismo. Su candidato al gobierno del estado fue asesinado, cuatro días antes de las elecciones. Al conocer la decisión del “arbitro electoral” (así le dicen) de no cancelar, ni suspender, ni siquiera posponer los comicios, tuvo que escoger a un candidato sustituto. Había varios “posibles”, desde el eterno suspirante hasta el coordinador de la campaña (¿se acuerda de Zedillo?). El Revolucionario, listo como siempre, hábil como pocos, prefirió nombrar al hermano del occiso.
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Cabe mencionar que no sé nada de futbol, aunque mi ignorancia no llega al nivel de aquel tipo que insistía en que les den un balón a cada uno para que dejen de pelear. Mi desconocimiento, casi proverbial, del mundo de la patada, justificó en algún momento una de las mayores envidias de mi hermano menor. Verde (como la playera del Tri) de coraje estaba en 86 cuando yo prestaba mis servicios al Comité Organizador de la Copa del Mundo, mientras él continuaba en el hospital. No es mi culpa que yo sea productor y periodista de televisión mientras mi querido hermano es médico neumólogo.
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