Retomo el título de la columna de un entrañable amigo que se ha refugiado en el seudo periodismo al que invita la mediocridad ambiente, celebrando a todos aquellos colegas que, contra viento y marea, se esfuerzan en realizar su oficio. Sí. Se trata del “país en donde no pasa nada”. Los poblaneros con memoria recordarán esa colaboración que se publicaba cada semana en los tiempos en que nuestro portal aún era manejado de manera muy artesanal (sin por ello descuidar en lo más mínimo la calidad ni el contenido).

Digo que “no pasa nada” porque, salvo la totalmente inútil y costosísima parafernalia para presentar al equipo, nos encontramos, una vez más, con lo que el sabio del 70 solía llamar “los emisarios del pasado”. Efectivamente, lo que sucedió este martes ya había pasado (y muchas veces) a lo largo de los años y de los sexenios. En su momento López Mateos, más tarde Miguel de la Madrid, sin olvidar a López Portillo y Luis Echeverría, todos nombraron “equipos de transición”.

Evidentemente, ni Vicente Fox con Zedillo, ni Felipe Calderón con el propio Fox hicieron a un lado esta honda y arraigada tradición que tanto le cuesta al erario y, por ende, al país. No es tiempo aún, pero esa costumbre extraña, muy mexicana, va a descender poco a poco los escalones del escalafón para llegar a niveles insospechados.

En todas las oficinas públicas, los responsables, los directores (generales y de área), los subdirectores y muchos e los jefes de departamento están preparando, con el mayor cuidado posible (los que vienen son “malos”) el famoso proceso de “entrega – recepción”.

Nunca fui secretario del despacho, pero supongo que, a ese nivel, siempre hay dos o tres changos encargados de hacerle la talacha al jefe. Mientras los “fotografiables” salen a darse el abrazo, los esclavos intercambian expedientes. Cuando (como me tocó muchas veces) está uno en un lugar deleznable del organigrama (esto es de subsecretario para abajo), hay que hacer uno mismo la chamba y soportar con “cara de coctél” al imbécil que nos va a suceder y al que le vale un soberano comino lo que le explica uno y la importancia de la oficina de la que va a gozar.

En la iniciativa privada, cuando te corren te corren, no necesitas explicarle al que llega lo que estabas haciendo. En el servicio público, amén del desempleo, es menester humillarse antes de dejar el cargo. Es parte del ritual revolucionario.

Así, una bola de monos (perdón, de funcionarios de alto nivel) va a empezar a joder a los que aún trabajan en el servicio público, no los van a dejar hacer sus últimas tranzas a gusto. Además, ni siquiera saben, no tienen aún la seguridad, de que esa chamba va a ser la que les va a encomendar “el señor”.

Aunque con diversas caras nuevas, muchos de los integrantes del equipo de transición de Peña Nieto todavía huelen a naftalina. ¡Sabrá Dios de qué oscuro closet los fueron a sacar! Los demás huelen a chorizo, por aquello que la mayoría viene de Toluca y sus alrededores. Otros huelen a tranza, a traición, a chapulín. Para muestra, un botón: la señora Rosario Robles que fue jefe del Gobierno del Distrito Federal por el PRD…

Me queda una duda: ¿por qué tanta gente preocupada en las diversas oficinas públicas? ¿No se supone que, por obra y gracia de los gobiernos panistas, el servicio civil de carrera era ya una realidad? ¿Qué los burócratas eran ya “parte del inventario”  y no se les podía correr por ninguna razón?

¿Una mentira más de Felipe Calderón Hinojosa?