Espero que mis colaboraciones anteriores, con todo y errores geográfico-linguístico-políticos hayan dejado claro mi patriotismo y mi cariño por este país que mi padre escogió para buscar nuevas oportunidades y en el que vi la primera luz. Todo esto, para curarme en salud y evitar que lo que voy a redactar a continuación sea malinterpretado y sea motivo de una campaña intransigente para que sea quemado en leña verde.

Da la casualidad que la casa que habito, en el pujante y progresista pueblo de San Cristóbal Tepontla (municipio de San Pedro Cholula, Puebla) se encuentra cercada por el sistema escolar. Me explico: prácticamente enfrente, está una escuela primaria (con dos turnos), juntito, construcción de por medio, una escuela secundaria (también con matutino y vespertino). A dos o tres calles se encuentra un “Cetis”, o sea un establecimiento de educación media superior.

Todo esto implica que, en horarios más o menos bien definidos, la calle está totalmente copada por la población estudiantil. El fenómeno es mayor a medio día, cuando salen los de la mañana y llegan los de la tarde en una verdadera invasión de juventud. La circulación automóvil es prácticamente imposible durante unos treinta o cuarenta minutos. Espectáculo fascinante, reconfortante y muy agradable, lo que sea de cada quién.

Sin embargo, mi punto es otro. Todos los días (por los incansables ensayos) y, sobre todo los lunes, llegan hasta mis ventanas los sonidos distintivos de la ceremonia a los símbolos patrios. Así, tras las ordenes del clarín, se oyen los ritmos de los tambores. Esto, claro, en estereofonía (son dos escuelas simultáneamente) aunque sin mucha precisión (no empiezan exactamente a la misma hora).

Estos sonidos (nunca he asistido a ninguna de las ceremonias y no alcanzo a verlas desde mi balcón) me causan, regularmente, unos sentimientos encontrados a los que no encuentro solución. El primero es que, afortunadamente, las escuelas fomentan los valores nacionales y enseñan el respeto a nuestros símbolos.

Sin embargo, por el otro lado, me pregunto: ¿por qué están tan militarizadas esas ceremonias? Cada una de las escuelas tiene sus bandas de guerra (dos por plantel, una en la mañana, otra por la tarde). Cada una tiene a un buen número de niños que veo pasar con sus tambores y, eventualmente, sus clarines. Además, cada escuela tiene una grabación (de muy mala calidad) del Himno nacional y de diferentes marchas militares.

¿No habría manera de celebrar a nuestros símbolos sin parafernalia militar? ¿No sería posible que los estudiantes se formaran en orden y con respeto (disciplina escolar), sin depender de los molestos gritos de “¡ya!” lanzados por un profesor, evidentemente acomplejado y frustrado? Estoy seguro que sí (lo he visto en otras escuelas, menos “disciplinadas” y no por ello menos patrióticas.

¿Qué necesidad de “bandas de guerra” en un país que, se supone, está en paz? En vez de enseñar respeto, tolerancia y aceptación de los demás, estas prácticas desarrollan chamacos agresivos.

Lo anterior no es antimilitarismo, es mero civismo. Dejemos a los militares en lo suyo y no tratemos, si somos maestros de primaria o de secundaria de convertirnos en sargentos… nomás no se nos da. Deveras.

Las bandas de guerra podrían convertirse, sin mayor esfuerzo, en grupos musicales para amenizar fiestas, reuniones, acontecimientos escolares y, ¿por qué no? Ceremonias a la bandera. También se podrían organizar coros de infantes que cantaran (bien) el Himno nacional, amén de otras muchas interpretaciones

Allá los padres de familia que se mueran de ganas que sus hijos tengan una educación castrense. Para ello existe un sinfín de escuelas y academias militarizadas. Finalmente, los chavos siempre podrán ingresar a alguna de las múltiples escuelas del ejército o de la marina.