Perdón por el término del subtítulo, pero encaja perfecto con el estilo de gobierno que impuso Rafael Moreno Valle Rosas para, tal vez, romper lo que él pudo haber visto como el estereotipo rústico de la provincia mexicana. De ahí su interés por maquillar a la capital y vestir al estado con una obra pública moderna, cara, eficiente, digna y vanguardista aunque contrastante con la pobreza que ubicó a la entidad en una lamentable posición estadística.

Ese empeño rebasó las expectativas de los sorprendidos gobernados y sacó de su modorra a los celosos vigilantes de nuestro patrimonio histórico. Unos asombrados por la rapidez y urgencia por construir lo que habría de servir como símbolo arquitectónico de los 150 años de la Batalla de Puebla. Y los otros indignados debido a que nunca fueron consultados ni tomadas en cuenta sus opiniones a priori y posteriori, dictámenes relativos a la conservación de la herencia histórica que, entre otros galardones, dio a Puebla el título de Patrimonio Cultural de la Humanidad. El choque frontal del poder concentrado contra la opinión pública que se opuso a ser manipulada.

La prensa también formó parte de esos desacuerdos o contradicciones. Primero porque al gobernante le resultó rústica, pueblerina y por ende estorbosa, rebasada e inservible: no encajó con su “alto perfil” político y social. Y segundo debido a que consideró incómoda y molesta su apertura y la libertad para actuar así como las referencias que, en un par de casos, representaron el exceso que raya en la ofensa personal. Diría cualquier político curtido en esos menesteres: Moreno Valle demostró que tiene la piel delgada, sensible. Lo peor es que haya supuesto que la prensa era su enemiga, circunstancia que a él lo motivó para declararle la guerra; bueno sólo al 90 por ciento de los periodistas cuya pluma y medios le resultaron fastidiosos.

Esa fue la lectura que hizo la mayoría de los trabajadores de los medios de comunicación escrita y algunos electrónicos cuyos propietarios aceptaron limitar la libertad de expresión de sus comunicadores y periodistas, condición sine qua non para firmar los llamados convenios de publicidad.

A vuelo de pájaro

En su intento para combatir el denuesto en contra de Rafael, su grupo formó un equipo contestatario en las redes sociales. Actuaron como guerrilleros cibernéticos o terroristas informáticos. Con ese estilo respondieron columnas, comentarios y criterios. No despreciaron los epítetos y descalificaciones, algunas de esas expresiones rayanas en el analfabetismo funcional. Defendieron a su entonces candidato de otros epítetos y descalificaciones de la misma factura. Actuaron como la cuña del mismo palo. Su trabajo les mereció un buen premio burocrático.

Ese tipo de acciones electorales debieron acabarse junto con la campaña. Pero no fue así ya que la inercia las mantuvo vigentes aunque con menos intensidad. Prevaleció el estilo para responder a los críticos de su líder a través de las redes sociales, lo cual tensó aún más la relación prensa-gobierno. Y las notas de la prensa local libre empezaron a humedecer los cimientos del enorme muro mediático nacional porque sirvieron de referencia u orientación.

Pincelada gruesa

Uno de los editores de la prensa poblana vendió  al gobernador Moreno Valle la idea de que se rasgaría las vestiduras para defenderlo, incluso censurando a sus columnistas. Tal vez hizo uso del lápiz rojo con el objetivo de subrayar palabras o frases para, una vez armados los textos, con ellos justificar sus decisiones contra la libertad de expresión. Dio resultado la treta y su periódico se transformó en el boletín oficial.

A esa entrega de criterios agrego y recuerdo otro hecho importante: siendo candidato, Rafael había leído y emocionalmente sufrido los ataques en su contra, prácticamente de toda la prensa local que por aquellos días servía a los intereses políticos de Mario Marín y su “delfín” Javier López Zavala. Es obvio que le molestaron y que fueron tomadas como si fuese el estiércol que abonó el terreno donde meses más tarde, ya como gobernador, sembraría la iniciativa que —como otras enviadas por él— su Congreso local aprobó ipso facto. La llamaron “rafamordaza”, ley que desapareció del Código Penal los delitos de difamación y calumnia para modificar el daño moral que establece el Código Civil de Puebla: se aumentó al doble la pena patrimonial pero la modificación resultó como el “petate del muerto”; es decir, en los primeros dos años del gobierno morenovallista no hubo demandas que lamentar aunque sí un cúmulo de cartas aclaratorias.

Un grafitazo

De cualquier manera el ambiente de la primera tercera parte del gobierno produjo el tufo de la venganza contra la prensa escrita cuyos efectos —argumentaron los encargados de la comunicación gubernamental— no impactan en nuestra sociedad donde casi nadie lee.

Excepto El Sol de Puebla y Síntesis, este último diario afín al proyecto político del gobernador, el resto de los periódicos entró en un proceso de crisis administrativa-financiera, fenómeno que en el mejor de los casos los obligó a reducir personal. Otros dejaron de circular porque su economía estaba basada en los convenios de publicidad. Y hubo dos que tres cuya infraestructura les permitió compensar los ingresos perdidos mediante la oferta del uso de sus máquinas de impresión.

Brochazo gordo

Eso de que casi nadie lee parecía la verdad absoluta hasta que aparecieron los teléfonos inteligentes y las computadoras portátiles. Como ya se ha dicho, la prensa escrita orienta la información que se difunde en los medios electrónicos, en especial las columnas que, lo dijo Manuel Bartlett, suelen mostrar lo que el gobierno muchas veces ignora.

En ese criterio de que pocos leen se basa la política de comunicación social de muchos gobiernos. Es obvio que aún no asimilan las consecuencias del fenómeno producto de las redes sociales que, para compensar el alejamiento de los lectores consuetudinarios, ahora difunden lo que publican los periódicos de papel y electrónicos. En otras palabras: cambió el esquema y la prensa escrita volvió  por sus fueros a pesar de que actualmente los periódicos y revistas circulen menos que antaño. Y aquí cabe el ejemplo que convoca a comparar lo que pasaba en Estados Unidos hace poco más de una década y cruzar esos antecedentes con lo que también ocurría en el México finisecular.

En 1999 William F. Arens (Publicidad, Ed. Mc. Graw Hill) publicó los siguientes datos: Estados Unidos tenía 114.7 millones de adultos que leían el periódico el fin de semana, de los cuales dos de cada tres lo hacían diariamente. Casi el 60 por ciento de los lectores adultos leían todas las páginas, mientras el 95 por ciento lo hacía con las secciones de noticias generales. Entonces circulaban 60 millones de ejemplares con un promedio de 2.1 lectores por ejemplar. En 1997 hubo 1 520 periódicos en la Unión americana, con una circulación total de 59.8 millones de ejemplares. Ese año se registró una circulación combinada de semanarios y diarios de alrededor de 105 millones de ejemplares. Y el volumen de publicidad creció 5.7 por ciento en 1996 gracias a las ventas totales que sumaron 38 mil millones de dólares, dinero que en un 88 por ciento fue facturado a los anunciantes estadunidenses.

En nuestro país es difícil obtener datos precisos equiparables a los registros que existen en el vecino del norte. Empero, si acudimos al Instituto Verificador de Medios podremos suponer (la duda existe debido a los datos inflados de muchos periódicos y revistas) que en el culmen de la circulación nacional hubo días que se imprimieron unos 3 millones de ejemplares de chile de dulce y de manteca y otro tanto de revistas semanarias, quincenales y mensuales (TV y Novelas, Teleguía, Vanidades, Muy interesante, Contenido, Selecciones, etc.). La suma de estas dos posibilidades apenas llega al 10 por ciento de la circulación de medios escritos publicados en la tierra del Tío Sam.

Lo interesante de esos números y cifras está  en que siguen más o menos igual y puede ser que hasta mejor si consideramos el funcionamiento comercial así como la oferta y el consumo noticioso que ocurre en las redes sociales, cifras difíciles de obtener y comprobar debido a que no hay registros precisos. Sin embargo, gracias al fácil acceso e inmediatez que proporciona la “gran nube”, no resulta arriesgado afirmar que México elevó su número de lectores interesados en las noticias que, insisto, inicialmente se producen en la prensa escrita y en los medios que cuentan con su página web.

Todo ello me lleva a afirmar que en estos tiempos es una gran burrada menospreciar a los periodistas sin micrófono o ajenos a la pantalla de cristal. Sólo hay que ver lo que dicen o leen esos comunicadores electrónicos para confirmar que la mayoría repite, refritea o analiza lo publicado por la prensa horas antes o incluso el día anterior. De ahí que la imagen de Rafael Moreno Valle Rosas haya sufrido algún deterioro no obstante haber inventado, impulsado y contratado medios afines, además de su intenso manejo comercial en las televisoras con señal nacional. Parafraseando a otrora famoso Ratón Macías, ese deterioro se lo debe a su política de comunicación, espacio en el cual no caben los periódicos y páginas web que se atrevieron a ser veraces y en consecuencia a criticar aquello que recuerda la época del despotismo ilustrado.

La magia de las letras

Los 140 caracteres de cada mensaje en Twitter y los 14 mil o más que pueden insertarse en Facebook, permiten la libre expresión sin taxativas ni controles. Supera la barrera que Arcadi Espada plantea cuando dice que el poder maneja al periodismo para controlar a la sociedad. Por cierto una sociedad cada día más interesada y participativa en los temas que involucran a sus autoridades y también al periodismo al cual ahora vigila con sentido crítico y con frecuencia denunciante. Según parece, se acabó el método burdo para lisonjear al político que paga por ello. E igual encontró su acta de defunción la costumbre de usar el poder y el dinero del pueblo para censurar a la prensa y sus representantes. Lo único que podría sobrevivir es la autocensura pero con un enorme riesgo: quedarse callado para siempre por haber perdido credibilidad.

Vaya problema para gobernantes y periodistas.

*Este texto forma parte del libro La Puebla variopinta próximo a publicarse, obra de la cual soy el autor.

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