En días pasados, Poblanerías en línea publicó  unos reportajes muy interesantes acerca de la prostitución en Puebla. Más allá de la explotación y maltrato de que son objeto las mujeres que se dedican al llamado “oficio más antiguo del mundo”, los textos resaltaron el profundo desinterés que, por el fenómeno, tienen las autoridades involucradas.

La versátil y talentosa pluma de Luis Enrique Sánchez Fernández se dio vuelo haciendo comentarios pertinentes en su columna “El coloquio de los perros”. En esta ocasión, quisiera exponer algunos puntos de vista, no divergentes, acerca de esa actividad.

Durante mis años mozos, en 1968, presté mis servicios como guía intérprete en una agencia de turismo receptivo que organizaba viajes por México en ocasión de los juegos olímpicos. Así, durante un mes, además de las pirámides de Teotihuacán y el museo de antropología, viajé un sinfín de veces a Acapulco, en donde iniciaba y terminaban casi todos los “tours”.

Allí, había una actividad obligatoria para nuestros visitantes (aunque no aparecía en el programa oficial): era una velada (por lo menos) en “La Huerta”, el burdel más famoso del puerto en aquel entonces. Aunque los guías gozábamos de ciertos privilegios, debo confesar que, en realidad, nunca consumí en aquel establecimiento algo que no fuese ron con coca.

Poco a poco, me hice amigo de la mayoría de las chicas y platicamos largo y tendido, lo que me permitió conocer el estricto reglamento a que eran sujetas, los exámenes médicos muy frecuentes, cosas de su vida íntima y diversas experiencias.

Pasaron los años y vine a vivir a Puebla. Llegando, algunos amigos y conocidos me llevaron al centro y me enseñaron los hoteles en donde se ejercía el comercio carnal. Entonces supe que el negocio era totalmente informal y que la policía se hacía de la vista gorda tras cobrar alguna ayuda financiera para no constatar la realidad. Asimismo, supe que las muchachas (y los muchachos) no eran sujetas de ningún control sanitario y que, cuando se enfermaban, tenían que rascarse con sus propias uñas.

Evidentemente, tampoco ahí probé las mieles del amor de paga y seguí viviendo, muy feliz, con mi esposa y mi hijo…

Más tarde, mis jefes de la chamba me invitaron una vez a un “table dance”. Yo conocía el concepto: cuando estaba en Montreal, tuve la oportunidad de llevar a unos clientes (poblanos para mayores señas). Ahí, las chicas bailan en el famoso tubo a la vez que se van despojando de su escasa ropa. Otras hacen lo propio sobre la barra o (de ahí el nombre) junto a la mesa del cliente. Un detalle importante: prohibido acercarse y, menos, tocar… Cuando mucho, lo necesario para introducir algún billetito en el sostén o en las bragas de la muchacha.

Si el establecimiento canadiense era toda seriedad y sana diversión, el poblano nunca dudó en hacer pública su vocación primera. Igualito que los hoteluchos del centro, estaba yo en lo que se llama una casa de tolerancia, un burdel, pá que me entiendan. Las muchachas, ofrecidas y trepadas sobre los clientes, esperando el an$iado momento de pasar a un “privado”.

Lo mejor del asunto es que, me han dicho, la mayoría de los “table” poblanos pertenecen a funcionarios públicos a los que, vía nuestros impuestos, pagamos sueldos millonarios para protegernos de ese tipo de giros. Afortunadamente, al ser invitado, no me costó un centavo la amarga experiencia (los precios son exorbitantes). Esperé que mis jefes estuvieran bien borrachos y me retiré.

La verdad, la verdad ese tipo de actividades no es lo mío. No creo ser ningún santurrón, ni “espantado” y menos moralista. No me gustan, y punto.