Érase que se era un país que se llamaba, por decir algo, Mexicalpán de las tunas. Era una nación entre tercer mundista, en vías de desarrollo y economía emergente, todo junto. El destino (diosito en su mayor esplendor) lo había colocado geográficamente junto al país más importante económicamente, políticamente y socialmente hablando, del mundo.

Un día como cualquier otro, tempranito por la mañana, al líder histórico de Mexicalpán de las tunas un tal Abuelo Satisfacción, despertó en su mansión, totalmente pagada por el pueblo… Estaba tomando su desayuno y, al sorber un poco de jugo de naranja, encontró  la solución a todos los problemas nacionales.

Hizo a un lado sus chilaquiles (plato que comen los pobres en esta nación, pero que los ricos han adaptado a su gusto, con huevo, pollo y carne) y mandó llamar a todos sus colaboradores. A la media hora, les anunciaba su plan maestro: “Señores, vamos a salvar al país. Vamos a declararle la guerra a nuestro vecino del norte. El único detalle a cuidar es que perdamos dicha guerra, si no, ya nos cargó el payaso”.

Dicho y hecho, se convocó al Senado que, dócilmente, emitió la declaración de guerra. Hacía tiempo que los vecinos del norte tenían algo similar en mente. Por lo tanto, su reacción fue inmediata, aceptaron las hostilidades y nos invadieron. Tras dos que tres batallas (algunas de las cuales estarán consignadas en los libros de textos que usarán nuestros bisnietos) y se bajó la frontera sur hasta el Suchiate. Entonces, el vecino empezó a organizarnos…

Así, construyó “freeways” por doquier, puentes donde se necesitaban, puso escuelas y hospitales, consolidó su supremacía bancaria y comercial… Por cierto, desaparecieron algunas cadenas de tiendas de autoservicio que habían contribuido a la campaña electoral más reciente. De paso, se eliminaron todos les rastros de corrupción anteriores.

Entonces, el “Abuelo de la patria” (así le decían), escondido en una pequeña aldea maya en la frontera sur, volvió a llamar a sus colaboradores: “logramos la primera fase de nuestro plan. Ahora, debemos subir la frontera hasta el río Bravo – y si nos dejan, más arriba, “remember Álamo” – En un descuido, lo logramos”.

Dicho y hecho. La candidez de los invasores siendo como era, la reconquista apenas tomó unos cuantos días (sin siquiera batallas que reportar). La frontera regresó a su lugar de origen. Solo que Mexicalpán de la Tunas cambió su nombre (como siempre lo había soñado un Presidente anterior) y la fiesta se llevó en paz, sólo que con quince o veinte años de anticipación.

La elucubración anterior me vino a la mente con el asunto aquel del monumento a un dictador centro europeo que el gobierno del Distrito Federal ha decidido remover. La decisión me parece acertada por varias razones. Primero, la estatua es de Geidar Aliyev ex presidente de Azerbaiyán, criticado por su política de represión contra opositores.

¿Quién es, o fue, Aliyev? Ninguno de nosotros tiene la menor idea… A mí, háblenme de Stalin, incluso de Tito, pero, en serio, ¿Aliyev? Juro que hasta ayer nunca había oído hablar de él, y eso que me encanta la historia y me fascina la política internacional.

Azerbaiyan me suena a antigua república socialista soviética, pero en aquél entonces nunca nos daban los detalles de cada integrante de la unión.

¿Y si se ofenden los azerbaiyanes (¿así se dice?) y nos declaran la guerra? ¿Y si ganan? Y, si, peor, ¿ganamos nosotros? No sabemos ni donde es. No sabemos qué idioma hablan, qué costumbres tienen, a qué se dedican…

Por mi parte, prefiero seguir soñando con mi cuento (o mi película) acerca de la guerra heróica de Mexicalpán…