“A partir del 1 de diciembre próximo, México será menos violento y más esperanzador”. Eso dicen los priistas.

Por su parte, los panistas por ahora en el poder, se lamentan del advenimiento del nuevo régimen ya que dejarán de “mamar” de la ubre presupuestal.

El resto de los mexicanos, o sea la gran mayoría, nos preguntamos: ¿cómo será y qué hará Enrique Peña Nieto después de que reciba el poder de la República?

La lógica indica que usará su oficio político y la mano izquierda que aprendió de sus congéneres mayores cuya fama, hay que decirlo, está llena de luces y sobras. Y también de las peculiaridades que enriquecen el anecdotario nacional.

Enuncio algunas de esas sombras antes de adivinar el comportamiento que tendrá que adoptar el hombre de Atlacomulco:

El legado

Adolfo López Mateos fue un caballero con carisma e inclinaciones sexuales que lo convirtieron en el garañón presidencial. “¿Qué toca hoy, Humberto? —era la primera pregunta de la mañana a su secretario particular—: ¿Viajes o viejas?”. Era tal su afición por las mujeres, que en la última etapa de aquel gobierno (y de su vida), don Adolfo casó por la iglesia con una bella educadora con la que tuvo dos hijos. Los que nos enteramos de la boda fue porque el padre de la hermosa mujer (le decían el “suegro de la nación”) se justificaba y a la vez presumía de su parentesco político mostrándole a quien podía la película de la boda religiosa entre López Mateos y su hija. La historia de ese gran romance es como para una novela de televisión.

José López Portillo también se dejó llevar por el perfume de las feromonas. Como Calígula que hizo Cónsul de Bitinia a su caballo Incitatus, don José nombró secretaria del gabinete a su “yegua alegre” (así le decía). Con el deseo de que el lector valore semejante pasión, le comento que Pepe se desquitó y feo de quien le había “pedaleado alguna de muchas sus bicicletas” (el que la hace no las consiente). Ocurrió en cuanto tomó el poder. Le dijo al Procurador que denunciara y consignara a Eugenio Méndez Docurro, acusándolo de peculado; la razón: el ingeniero le había “bajado” a la más bella de las mujeres que trabajaban en la oficina de la Presidencia, cuando ésta era manejaba por él.

Lo del “delito” que llevó a la cárcel a Méndez Docurro, fue un buen pretexto de la novelesca revancha amorosa presidencial, circunstancia que demostró que José, el esotérico y eficaz abogado, arribó a Los Pinos cargando un fardo de filias y fobias y, al mismo tiempo, cautivado por las mujeres agraciadas. El romance con una de ellas —por cierto de origen poblano-sajón— nada más le provocó a México el problema que terminó con la estatización de la banca.

Adolfo Ruiz Cortines tuvo otros “defectos”, los digamos que naturales en la política mexicana: al fin producto de sistema, el llamado viejo zorro puso en boga la omisión que salvó de la cárcel a los corruptos que habían sangrado al país antes de que él llegara a Los Pinos. Dijo que el escándalo hacía más daño que el pecado. Y gracias a esa “filosofía” se libraron de la cárcel varios burócratas e intermediarios importantes que, por poner un ejemplo, sangraron la economía de Pemex: uno de ellos vendía el petróleo al extranjero poniéndole el sobre precio que enriqueció a varios connotados colaboradores de Miguel Alemán.

A la conocida historia de Gustavo Díaz Ordaz propiciada por el “fantasma del comunismo” que una noche negra se le apareció en Los Pinos (creo que entró ocultándose entre las piernas de La Tigresa), habría que agregarle su estilo pedestre contra los periodistas que lo criticaban: “enemigos del Presidente”, como les moteó su comunicador.

Qué decir de Miguel de la Madrid, el hombre austero que aborreció la crítica mediática y, por ende, nunca le cayeron bien los periodistas. Por ello puso en práctica (o autorizó) su agresiva política de comunicación diseñada para eliminar periódicos y periodistas: excepto a diez, su gobierno decidió “borrar” de la lista al resto. Lo de los crímenes de Manuel Buendía y Carlos Loret de Mola Mediz, fue el agregado negro a la fama de aquel gobierno que salpicó a todos sus integrantes, Manuel Bartlett entre ellos.

Y ya para qué abundar sobre Carlos Salinas de Gortari, el genio negro del sistema político mexicano, presidente de la República cuando se culpó al Estado de los crímenes de Luis Donaldo Colosio, Francisco Ruiz Massieu y el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.

Regreso a Enrique Peña Nieto.

Del bagaje del priismo en el poder —del cual he mencionado algunos hechos— tendrá que eliminar lo que se parezca a ésos y otros antecedentes presidenciales. Necesita convencer a los gobernados hoy mucho más despiertos e informados gracias a la inmediatez que permiten las redes sociales. Está obligado a cortar por lo sano con el gobierno que suple, o sea el del frustrado general en jefe a quien le quedaron grandes todos los uniformes, incluido el de la paz social. ¡Ah!, y también debe cuidarse de las mujeres, y de las complicidades que ocultan los pecados, y de los malos deseos que incitan a la venganza contra periodistas, y hacer hasta lo imposible para que su vida personal y pública no sirva de argumento a otra telenovela.

 

@replicaalex
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