Una vez más, el reloj político mexicano, puntual e inexorablemente, marca el fin de una era y el principio de otra. Por un lado, un señor chaparrito, de lentes, se retira vapuleado, criticado, denostado, solo y sin amigos. Por el otro, llega un joven apuesto como galán de telenovelas, querido por muchos, en el que hemos puesto toda nuestra fe y esperanza. La frase usual en esta circunstancia, y desde hace décadas, siempre es la misma: “Ahora sí nos va a ir bien”.

Así son las cosas en nuestro México. Así  han sido y serán por los años de los años. Salvo muy contadas excepciones (¿Lázaro Cárdenas? ¿Adolfo López Mateos?), soltamos un suspiro de alivio por la salida, ya muy esperada, de quién ocupaba la Silla Mayor. A la vez, nos entregamos, cuerpo y alma, al siguiente, que nos promete llegar a la tierra de la leche y la miel, que nos asegura un futuro venturoso.

A las 24 horas de este viernes, Felipe Calderón Hinojosa deja de ser el Presidente de los Estados Unidos Mexicanos (aunque le choque el nombrecito). A las cero horas del sábado, toma su lugar Enrique Peña Nieto. Con Felipe se van sus cuates, que lo acompañaron durante seis años y, con Enrique, llegan nuevas caras, nuevos nombres, de quienes lo deberán apoyar en los seis siguientes.

Para los periodistas, esto significa un ejercicio de memoria que se repite puntualmente tras todo cambio de gobierno, sea federal, estatal o municipal. Durante varios días (o semanas) serán desplegadas en las paredes de las redacciones los nombres, con la foto y CV de los nuevos personajes que alimentarán nuestra tarea diaria de informar. No siempre es fácil: en algunos casos apenas nos estábamos aprendiendo los datos de los que ya se fueron.

Claro está, en unos meses habrá cambios: Zutano va a sustituir a Mengano, mientras Perengano se irá a su casa. Pero ya será más fácil, sólo tendremos que andar aprendiendo un nuevo nombre a la vez. Al principio, se trata de saber quién es quién en veinte o treinta casos. Quienes han sido, o son, docentes, saben perfectamente bien lo latoso que es aprenderse los nombres de veinte o treinta mocosos cada semestre.

Supongo que a estas alturas del partido, doña Angélica ya dispuso qué recámara es para qué chilpayate, de qué color van a ser las sábanas y qué juego de té será el más adecuado para platicar, chismosear, intercambiar, lavar ropa o negociar tanto con las amigas de Televisa como con el director general del DIF.

Todo indica que el mismo sábado por la noche, don Enrique, su señora y su prole ya habitarán en Los Pinos, refugio claro y evidente de los Presidentes, desde hace tres o cuatro sexenios, cuando a Ernesto Zedillo se le empezó a olvidar que la sede del Poder ejecutivo federal está ubicada en Palacio Nacional.

Viendo los excesos que fueron solicitados por Peña para garantizar su seguridad en la Cámara de Diputados, es entendible que prefiera despachar en la residencia Oficial en vez de arriesgarse a viajar hasta el Zócalo todos los días. ¿Dónde quedaron aquellos días en que los Presidentes se “rebajaban” a convivir con el pueblo? Aún recuerdo a López Mateos paseando por los “píts” de la Magdalena Mixhuca cuando había Gran premio de México.

El otro señor optó, como se esperaba, por el exilio. No se va a Irlanda, como otros, sino aquí cerquita, a Estados Unidos. Dizque va “a dar clases” en Harvard, una de las universidades más prestigiosas del mundo. A ver si, ahí sí, los alumnos le entienden a sus chistes.