La transparencia es un tema joven para nuestro país, y debe procurar que los sujetos obligados brinden información de interés para los ciudadanos, generando así un ambiente de confianza y responsabilidad entre el gobierno y la sociedad.

Sin embargo, actualmente se ha utilizado como medio de legitimación y simulación. Pues recientemente el Presidente de la República dio a conocer su declaración patrimonial inicial, que se quedó muy lejos de ser ejemplar; fue acotada, risible, vamos fue un diezmo de transparencia, una limosna de democracia.

Presentó nueve bienes inmuebles que adquirió de la siguiente manera:

tabla

 

 

 

 

 

 

Sin contar que no publicó los autos a su nombre, joyas, obras de arte y cualquier otro tipo de valores comerciales e inversiones. Esto es un ejemplo de lo que no se debe hacer al invocar el término "transparencia".

Y surgen dudas:

¿Cómo pudo comprar una casa de contado a los 16 años?

¿Quién o quienes realizaron dichas donaciones?

¿Por qué no presentar una declaración patrimonial completa?

¿El qué nada debe, nada teme?

Perdón, ésta última es afirmación.

Si bien a un ciudadano común, poco o nada le importa saber sobre  los bienes de sus gobernantes, el hecho de publicar  información completa y veraz es abonar a la transparencia, es evitar la opacidad y la discrecionalidad. Enrique Peña Nieto debió publicar completamente todos los elementos de su declaración, porque al hacerlo, pondría el ejemplo a los demás servidores públicos, al ser él quien dirige el aparato gubernamental.