Nada fácil la reestructuración del PRI de Puebla. Está muerto.

Ha sido juzgado y condenado por los posibles o eventuales votos. Ha sido crucificado por los ciudadanos.

Sus propios errores, los del PRI, lo llevaron a la cruz.

Ahora, la única esperanza es que al tercer día resucite de entre los muertos.

Un milagro.

De esos que suceden cada dos mil años.

Está cabrón.

Varios, muchos, se han apuntado para dirigirlo, habida cuenta de que Pablito entregó saldos negativos. Bueno, excelente, el resultado para su particular capital.

Otros han sido mencionados por medios, producto de filtraciones, o han sido candidateados por simpatizantes.

Enrique Agüera, Blanca Alcalá, Enrique Doger, Claudia Hernández, Oscar Aguilar González, Alberto Sánchez Barranco, Jorge Morales Alducin, Carlos Talavera, son algunos de los nombres mencionados o destapados.

Es fácil predecirlo o jugar al manejo del oráculo: ninguno une, todos dividen.

La mayoría lo utilizaría, con el ejemplo de Pablito, para su carrera y ascenso personal.

Y los códigos seguirían siendo los mismos: negociaciones en lo oscurito, venta de candidaturas, cuotas a los grupos, el poder para la riqueza explicable, actuación de espaldas a la sociedad, por mencionar solo algo de la podredumbre que lo caracteriza.

O continuar en la brecha trazada desde el cerro en este 2013: El PRI del temor y el culiempinamiento.

Ahora que no hay candidaturas en disputa, ni los jóvenes proponen cómo salir de la tumba.

El PRI de Puebla, da la impresión, sigue esperando que desde el centro, el poder omnipotente, le saque las castañas del fuego.

Los de aquí, desconfían de los de aquí.

Pocos, ¿nadie? Une y cohesiona.

Triste futuro.

El cadáver empieza a apestar.

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