Foto: Agencia Enfoque

Atlixco, ciudad cercana a la capital del Estado, posee una serie de atractivos que la hacen digna de ser nombrada Pueblo Mágico. Ex conventos e iglesias, un tianguis semanal, viveros, gastronomía, un clima cálido, una vista excepcional del volcán Popocatépetl y una festividad anual en donde habitantes de las siete regiones de Puebla se reúnen con sus mejores tradiciones y expresiones de danzas en honor al santo patrón, San Miguel Arcángel, en el festival Huey Atlixcáyotl –iniciado por el antropólogo de origen norteamericano Cayuqui Estage Noel, inspirado en la Guelaguetza oaxaqueña-, que se lleva a cabo el último domingo de septiembre en el cerro Macuilxochitépetl o cerro de San Miguel.


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De hecho esa fechas es una excelente ocasión para conocer Atlixco, pues se trata de una gran fiesta o convivencia de los pueblos de las diferentes etnias indígenas de la entidad: mixtecos, popolocas, totonacas, otomíes, mazatecos, nahuas, además de los mestizos. Las danzas tradicionales que suelen representar son, entre otras, la de Los Tecuanes, de la Mixteca; la danza de los Santiagos, de la región popoloca; la Boda Indígena, de La Cañada; huapangos de la Huasteca poblana; la danza de Quetzales y la de Los Voladores, de la sierra nororiental, con las que cierran el festejo.

Para llegar a la otrora Villa de Carrión, existen dos vías: la carretera federal o la vía Atlicáyotl; por esta última se recorren sólo 25 kilómetros, y por la primera 40 kilómetros, aunque es la más recomendable, puesto que de camino, el visitante puede conocer Chipilo, poblado en el que se asientan descendientes de los vénetos, italianos originarios de la región del Véneto, emigrados en el siglo XVII que se dedican a la ganadería y producción de leche y sus derivados.

También de pasadita se recomienda visitar la iglesia de San Francisco Acatepec y la magnífica iglesia de Tonantzintla, ambas maravillas del barroco poblano; y si queda tiempo disponible, asomarse a ver las estrellas en el Observatorio Astronómico en este último pueblo.

La fertilidad de los suelos del valle de Atlixco debido a sus corrientes acuíferas –de aquí deriva su nombre: Atl (agua), Ixtla (llanura o valle)-, promovieron el desarrollo de la industria harinera, con la gran producción de los sembradíos de trigo, que fueron el principal sostén alimenticio novohispano.  De hecho aquí se instaló el primer molino de esta gramínea, del que aún quedan vestigios en el molino de San Mateo.

Documentos de la época colonial describen a las tierras atlixquenes como el paraíso terrenal o Val de Cristo. El padre Motolinía, en sus Relaciones de la Nueva España, apuntó:

Ésta es una vega que llaman el Val de Cristo, a donde los vecinos tienen sus heredades y huertas y viñas con árboles…, y como ete valle tiene mucha agua de pie, siembran y cogen cuando quieren y muchas veces acontece estar un trigo acabado de sembrar, y otro que brota, y otro estar en berza, y otro espigando, y otro para sembrar…”.         

A la llegada, después de dar una vuelta por el zócalo, conocido también como jardín Colón, se recomienda probar los helados y nieves de sabores que se venden en los portales, y de una vez quedarse a comer una deliciosa sopa atlixquense y un buen plato de cecina con tlacoyos, que sólo se compara con la de Yecapixtla, en Morelos.

Aquí se asentaron diversas órdenes religiosas como los franciscanos, mercedarios, agustinos, carmelitas y clarisas, que dejaron un legado extraordinario, no sólo en lo cultural, sino también en la arquitectura de sus templos, lo que le valió a la ciudad ser nombrada como Zona típica monumental, en 1989.

Caminando hacia la cima del cerro, se accede al vetusto monasterio franciscano de Santa María de Jesús, construido entre 1541 y 1569, desde donde se tiene una agradable vista del centro de la ciudad. Al descender por una de las callecitas laterales, se llega a la capilla de la Tercera Orden de San Francisco,  una de las joyas más preciadas, que destaca por su ornamentada fachada, con ángeles, querubines y esculturas de santos, soportada por las columnas salomónicas, moldeadas por los artífices locales, en un estilo denominado “barroco de argamasa atlixquense”.

Junto al Palacio Municipal se ubica la parroquia de la Natividad, que se empezó a construir en 1744, en sustitución de la del Dulce Nombre. No lejos de ahí se encuentra la iglesia de San Agustín, cuya torre está adornada tan profusamente que pareciera de encaje.

A una cuadra del zócalo se encuentra el ex convento del Carmen, fundado por los Carmelitas Descalzos en el siglo XVII, que además funge como museo, al albergar diversas piezas arqueológicas encontradas en la región.

A pesar de tener cerca de 100 mil habitantes, Atlixco todavía conserva el sabor pueblerino y una arquitectura civil típica, rodeada por una profusión de áreas verdes, jardines, sembradíos de flores y viveros de plantas que se ubican tanto en  la carretera que lleva a Izúcar de Matamoros como a Metepec, pueblo típico en donde se asentó una de las fábricas textiles más grandes de México a principios del siglo XX, que se encuentra sólo a 7 kilómetros, rumbo a las faldas del volcán Popocatépetl, y cuyo edificio principal fue convertido en un centro vacacional por parte del Instituto Mexicano del Seguro Social, que también se puede visitar durante un fin de semana.

Para culminar el viaje y cerrar con broche de oro, se puede subir un poco más hacia la montaña por la carretera que conduce hasta Atlimeyaya y saborear en uno de sus restaurantes una rica trucha empapelada, recién sacada de los criaderos instalados por los pobladores.