Nota del Editor: El siguiente artículo fue escrito por la doctora Ana Cristina Aguirre Calleja, profesora-Investigadora de tiempo completo del Departamento de Psicología UDLAP y miembro del Sistema Mexicano de Investigación en Psicología.

Jalil-Arfaoui-FlickrCentrándonos en repensar el trabajo sexual, lo primero que tendríamos que hacer es especificar qué es lo que entendemos por éste.

Un trabajador sexual es una persona adulta en pleno ejercicio de sus facultades que, sin coacción alguna de terceras personas para ejercer esta actividad, gana dinero u otra forma de retribución, mediante el ofrecimiento de un servicio sexual (AWID/RRTS: 2014).

En el III Convenio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) se define a quien ejerce el trabajo sexual como “toda persona que consiente en mantener relaciones sexuales con un número indeterminado de individuos mediante remuneración (AWID/RRTS: 2014)”.

Las autoras del libro Prostitución, diálogos sobre sexo de pago, a través de una investigación de campo realizada en España, nos dicen que:

Es imprescindible distinguir, en la reflexión y la práctica política, la realidad de las mujeres que deciden, consciente y deliberadamente, trabajar como prostitutas, de la realidad protagonizada por mujeres que sufren violencia y explotación en contexto de prostitución. Realidades radicalmente distintas que requieren intervenciones radicalmente diferentes” (Holgado I,:14).

En este pequeño artículo hablaré de las personas que ejercen el trabajo sexual de manera deliberada y consciente, entendiéndolas como trabajadores/as sexuales.

Retomo este término “trabajadores/as sexuales” ya que éste denomina la actividad por medio de la cual son remunerados, según Avalle & Brándan:

Las trabajadoras sexuales se dan un tiempo, un lugar, horarios fijos, precios del servicio, todos ellos atributos de un trabajo. Reclaman derechos laborales y exigen mejores condiciones de trabajo” (2011:102).

Es de acuerdo a estas condiciones que son denominadas y reconocidas, por la OIT, como trabajadores/as.

Trabajo sexual, estigma y paradoja

El estigma es entendido como un atributo que sirve para desacreditar a una persona ante los ojos de los demás; éste puede ser otorgado a la persona que realiza un trabajo sexual, por el hecho de llevar el sexo a un plano de intercambio público con una retribución monetaria.

El estigma funciona como un dispositivo que crea una identidad, tanto negativa como ambivalente, y por la cual se exalta sólo una de sus facetas por la que es juzgada.

Esta ambivalencia la tienen también los/as trabajadores/as sexuales cuando se enfrentan a lo que les representa la “sociedad” donde “una cara es la del discurso público que juzga, discrimina y criminaliza el trabajo sexual; la otra es la de la práctica del consumo que se mantiene en el anonimato”. (Avalle & Brándan; 2011: 97)

Podríamos también hablar del trabajo sexual como una metáfora de “frontera”, desde la figura del extranjero.

Es decir, que quien lo ejerce, padece de un juicio moral inmediato, que puede inhabilitar su voz, opinión o derechos, por una conducta específica con respecto al lucro de su sexualidad, que según normas no explícitas “no tendría que tener” fines recreativos o lucrativos, pero sí de reproducción y producción: es como si alguien pasase a ser extranjero y al haber transgredido o llevado el sexo al mercado, en el plano público, perdiese la ciudadanía/cruzara la frontera, que es aquello que le otorga sus derechos; la paradoja, sin embargo, es que estos derechos no se pierden, pero se pone en tela de juicio la acreditación de la persona para poder recibirlos.

Holgado nos dice que el verdadero problema no es la prostitución, sino la exclusión. Es decir, no es cobrar por dar servicios sexuales, sino la falta de reconocimiento, el desamparo legal, las consecuencias del estigma y la connivencia social, las que provocan un sinfín de dificultades y situaciones discriminatorias contra ellas/os (2008:13).

Además de que esta clandestinidad puede agregar riesgos graves a su salud y a la salud pública.

El discurso victimizado y paternalista de los diferentes poderes disfraza la injusticia del déficit de derechos, la pasividad ante la explotación y la violencia institucional especialmente dirigida contra las mujeres migrantes. […] El estigma contra la mujer que ejerce el trabajo sexual permite acallar sus voces, mantenerla excluida de la ciudadanía activa y justificar las discriminaciones contra ellas” (2008,14).

Existen también convenciones al respecto, como la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (Belém do Pará) que nos dice que toda mujer tiene derecho a una vida libre de violencia, tanto en el ámbito público como en el privado.

Este derecho incluye, entre otros, (artículo 3) “el derecho de las mujeres a ser libres de toda forma de discriminación. El derecho de las mujeres a ser valoradas educadas libres de patrones estereotipados de comportamiento y prácticas sociales y culturales basadas en conceptos de inferioridad o subordinación” (2014[1994]:2).

Por lo que el contexto social nos plantea, el trabajo sexual es un asunto de doble rasero, donde no podemos permitir la discriminación, y a la vez nos plantea el reto de diferenciar el lenocinio (ver al final) o el ejercicio de la prostitución de manera forzada, de un marco que distinga una práctica consciente y deliberada del trabajo sexual.

Medidas de conciliación

Algunas vías de solución se han planteado en países como Argentina o España, en donde se plantea generar una discusión más compleja, al incluir el trabajo sexual en el debate de los derechos sexuales y reproductivos, para ofrecer así un horizonte político y discursivo más amplio, en la búsqueda de la reglamentación del mismo.

Frente a este panorama consideramos necesario el reconocimiento jurídico y social del trabajo sexual como una actividad laboral que garantice el ejercicio de los derechos sexuales y evite la precarización y criminalización de las personas que ejercen dicha actividad” (Red por el Reconocimiento del Trabajo Sexual [RRTS]:2014).

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Referencias para más información

  • Holgado I. (2008). Todas las voces para un solo concierto feminista en Prostituciones, diálogos sobre sexo de pago. Editorial Icaria. Barcelona.
  • Lenocinio: Comete el delito de lenocinio: I.- Quién obtenga una ventaja económica u otro beneficio procedente del comercio sexual de otra persona mayor de edad; y II.- El que regentee personas o establecimientos, con el consentimiento de aquéllas, con la finalidad de que ejerzan la prostitución, obteniendo cualquier beneficio o lucro. Código Penal del Estado Libre y Soberano de Puebla. Artículo 226