Si llegué a ser gobernador con la prensa en contra,
no la necesito para gobernar
Rafael Moreno Valle

Siendo niño sobrevivió a una complicada intervención quirúrgica de corazón.

Después resistió el proceso pos operatorio que, dijeron los pediatras de entonces, podría ser tan o más peligroso que el mal cardiaco que lo llevó al quirófano.

No obstante los pronósticos médicos, aquel niño creció sano y robusto gracias a los cuidados extremos y protección permanente de sus padres, atenciones que incluyeron el cumplir todos y cada uno de sus caprichos.

Redivivo al fin.

Pasaron los años y el tipo creció, brincó la adolescencia, se hizo adulto y llegó a la política como triunfador, estilo que le ganó las malas vibras de sus correligionarios producto de la cultura del esfuerzo (lo vieron feo porque había nacido envuelto en sábanas de seda).

El marinismo se le fue encima, actitud que le inoculó los resabios que, según parece, aún guían parte de sus reacciones y mucho de su proceder político hacia los poblanos. Sin embargo, logró eliminar el peso de presiones y “grillas” valiéndose del pragmatismo que le inculcaron sus maestros. Uno de esos apremios fue el “hoyo financiero” endilgado durante su paso por la Secretaría de Finanzas y Desarrollo Social, déficit que “tapó” o justificó con las teorías abrevadas en las aulas de Boston.

Salvó el escollo.

Una vez superadas las barreras políticas, incluidas las digamos que provincianas, se le atravesó la crisis del PRI provocada por Roberto Madrazo. Como es del dominio público, Moreno Valle pudo sobrellevar aquel trance ayudado por Elba Esther Gordillo, precisamente, la lideresa magisterial que abandonó el barco priista con la intención de abordar la nave de Felipe Calderón para —apoyándose en la labor de sus buzos electorales— llevarla a buen puerto: Los Pinos.

La influyente Maestra lo cubrió con su manto protector al incluirlo en su agenda de extorsión política a Calderón—entonces candidato presidencial— dotándole del escaño senatorial que renovó sus sueños de poder.

Los espantos

Festinaba sus triunfos y alianzas cuando el PRI ganó la elección y Enrique Peña Nieto se convirtió en Presidente. No tardó la venganza que metió a la cárcel a Elba Esther Gordillo Morales, la priista que había traicionado a su partido en pos del fortalecimiento electoral del PAN.

A pesar de ello, una vez más, Rafael logró “resucitar” al hacer uso de su histrionismo-empático y su capacidad mimética y su sonrisa cautivadora y sus habilidades financieras, “cualidades” que le han permitido manejar a su arbitrio el presupuesto estatal (más de 50 mil millones de pesos al año).

Y volvió a salvarse.

Ninguno de esos tragos amargos logró borrar la imagen de la silla presidencial, símbolo que siguió tatuado en su mente de conquistador. Su seguridad y optimismo permearon entre los colaboradores de primer nivel, cada cual consciente de que el futuro personal y familiar dependía del éxito de Rafael Moreno Valle Rosas.

De ahí que se impusieran la obligación de admirarlo; que soportaran las llamadas de atención (algunas altisonantes, si no es que violentas); que toleraran su mal talante exacerbado por el error del o los subordinados; que entendieran que el “Sí Señor” era la frase a flor de labio que les permitiría seguir siendo parte de los privilegios que se reflejan en la nómina.

Ésa fue, pues, una de las razones para que en el equipo desapareciera la necesaria autocrítica y que las opiniones vertidas coincidieran con las ideas u ocurrencias del Gobernador. ¡Guay de aquel que se atreviera a desentonar!

Suficiencia

A tres años de su mandato, el futuro estaba planchado. Moreno Valle se había convertido en paradigma y benefactor de la dirigencia panista encabezada por Gustavo Madero. El presidente Enrique Peña Nieto parecía tolerarlo, incluso hasta lo utilizó para menesteres políticos, como el intermediar con la idea de armonizar los intereses de los gobernadores ajenos al PRI.

Rafael aparentaba haberse convertido en la punta de lanza en los temas complicados del Estado Mexicano. Le dio brío a la Conago, por ejemplo. Diseñó la ley que, supuestamente, controlaría las manifestaciones populares. Y se trepó al avión de la nueva revolución priista, no como miembro de la tripulación, no, de ninguna manera, sino como invitado de conveniencia y convivencia políticas.

Esa inclusión hizo las veces de otro de los tónicos milagrosos que vigorizó su presencia nacional permitiéndole manejar su imagen en los medios de comunicación masiva. Las televisoras, que ya lo tenían en su lista de clientes VIP, lo mantuvieron en sus promociones pagadas. Por esta circunstancia se le siguió considerando como factor financiero y, por ende, un ente con el que había que negociar la entrega de tajadas del erario público.

El pedestal roto

El ídolo blanquiazul había ascendido al Olimpo mexicano pisando los peldaños de adobe, la espalda del pueblo.

En el gobierno de Puebla sólo se escuchaba el canto de los corifeos del gobernador. Los “cerebros” del gabinete dejaron de serlo para adoptar la calidad de pies y manos de Moreno Valle.

Nadie lo alertó de los peligros que fomentaba su estilo rayano en el despotismo. Ninguno se atrevió a decirle que el pueblo tiene derecho a manifestarse. Y no hubo quien le aconsejara adoptar el diálogo como una de las acciones inteligentes de su gestión. (Hoy no hay quien saque la cara por él, quizá por temerle o tal vez por miedo a las respuestas de la sociedad.)

Se fue con todo contra quienes lo importunaron.

Ocurrieron hechos lamentables como la persecución de líderes sociales o el asedio violento contra campesinos e indígenas que solicitaban comprensión.

Murió un anciano en la cárcel a donde el gobierno lo había metido no por delinquir sino inventándole una transgresión a la ley para enviar un mensaje a quienes se alebrestaran con la intención de hacer públicas las demandas sociales.

Su malhadada “Ley Bala” produjo la muerte de José Luis Alberto Tehuatlie Tamayo, el niño que se le atravesó a los proyectiles lanzados contra el pueblo, hecho que dejó en la conciencia de la sociedad la marca permanente que, en el mejor de los casos, establece que Moreno Valle es un “gobernante represor”, frase que hizo pedazos al ídolo de barro.

Las palabras que uso como epígrafe conforman una paradoja dado que la prensa tiene la obligación de dar testimonio de los errores de Moreno Valle, equivocaciones que, valga la figura, lo han puesto de pechito.

¿Sobrevivirá a todo ello?

Es posible siempre y cuando conecte su corazón restaurado con el cerebro, o al revés.

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@replicaalex