ATARDECER EN LA PLAYA DE PUERTO VALLARTA
Foto: @carlosPRESS

Por: Juan Pablo Proal

Fue hace quince años, en las vacaciones familiares. Antes de regresar a Guadalajara, Jalisco, su ciudad natal, unos amigos lo intentaron persuadir de quedarse en Playa del Carmen, Quintana Roo.

En un principio, descartó la idea, pero reconsideró cuando vio la amplia y bien pagada demanda que en ese entonces gozaban los DJ (disc-jockey) en ese destino turístico. Así que le avisó a sus padres que se quedaría a vivir junto al mar.

Los primeros dos años fueron paradisíacos en Playa del Carmen. Fiesta, mucha fiesta. Mujeres, abundante y bien remunerado trabajo. Poco tiempo después la demanda de DJ’s bajó, así que decidió mudarse a una playa cercana: Tulum.

Me cuenta su historia mientras bebemos cerveza un jueves a mediodía en el bar del hotel Parayso, a unos pasos del mar. Tulum es silencioso, hay poca fiesta, la mayoría del turismo es extranjero. Ves pocos niños, casi no hay antros.

El periódico El Universal publicó el pasado miércoles 6 de agosto que 84 por ciento de los visitantes de la Riviera Maya proviene de otro país, de acuerdo con el Compendio Estadístico del Turismo en México.

Así que este personaje, de desparpajada y desordenada cabellera, debió cambiar de giro, ante la evidencia de que, ahí, la parranda no dejaba dinero. Hoy se dedica a ofrecer tours a turistas estadunidenses. Cobra en dólares y dispone de la mayoría de la semana libre para hacer prácticamente nada.

Afuera del bar hay un café. En la entrada cuelga un vistoso aviso escrito en un pizarrón: “Cerrado de 2:30 a 4:30 pm por siesta”.

Este anuncio no es atípico, aquí dormir a mediodía es casi regla. También que los negocios cierren sus puertas una o dos veces a la semana para descansar.

A lo largo de la Riviera Maya escucharás historias similares. Un turista que estaba de vacaciones y decidió abandonarlo todo para atrapar esos amaneceres turquesa que el caribe mexicano ofrece. Dejar el trabajo de oficinista, la quincena, no ver más a los envidiosos y viciados compañeros de la empresa; olvidarse de los pagos, la rutina, las ciudades, las filas. ¿Por qué disfrutar del retiro hasta que tenga 65, diabetes y se me olviden las cosas?

Un sueño común

El sueño de dejarlo todo por irse a la playa es parte de los lugares comunes del ciudadano moderno. El equivalente actual a plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo.

Basta con ver los anuncios de las Afores para corroborar que se trata de un anhelo colectivo. Es más, Cancún, Quintana Roo, está repleto de anuncios espectaculares que ofrecen a la clase media citadina departamentos o casas en pagos para cumplir con ese deseo.

Internet aloja a decenas y decenas de sitios que brindan consejos de cómo dejarlo todo para vivir en la playa. Cambiandoderumbo.com es uno de ellos.

En una nota este portal consiga el testimonio de Raúl y Valeria, una pareja que residía en Italia y decidió mudarse a Playa del Carmen:

“Vivimos un tipo de vida donde no existe, o por lo menos no nos acordamos, del significado de la palabra estrés; una vida que por inercia es feliz, y ¿saben por qué? Por el simple hecho de levantarse todas las mañanas con el sol, con el calorcito rico, pero lo mejor es que puedes ver el mar cuando quieras. La gente aquí vive a cámara lenta, tanto que las horas ‘italianas’ pueden ser comparables a días playeros.
La mayor parte de nuestro tiempo lo dedicamos a ir a la playa, al mar y a la búsqueda de nuevos lugares para poder aconsejar a nuestros huéspedes. Además de esto, nos encanta ir al cine, pasear y comer sushi”.

Raúl era agente inmobiliario en Italia y Valeria abogada. Ahora operan un "B&B" (Bed and Breakfast), un establecimiento hotelero que ofrece hospedaje a precios moderados.

En la Riviera Maya encontrarás historias similares, europeos o estadunidenses que montaron un pequeño hotel, una cafetería, un restaurante de pizzas o una tienda de recuerdos. Trabajan poco, holgazanean mucho.

ATARDECER EN LA PLAYA DE PUERTO VALLARTA
Foto: @carlosPRESS

La inconveniencia de la insatisfacción

Sólo que tenemos un inconveniente: El ser humano está destinado a la insatisfacción permanente. Veamos el caso de Valentina. Hace cinco años abrió una cafetería en la isla de Holbox, ubicada también en Quintana Roo, aproximadamente a tres horas de Cancún. Viajó de vacaciones desde Italia y decidió quedarse. Hoy comenta fastidiada: “Sí, es muy bonito el amanecer, el mar, la playa ¿y luego?”.

Tal vez por esto el auge de los trotamundos en esta época. En su mayoría, las empresas dejaron de ser un lugar donde puedes crecer con los años. La estabilidad se desvaneció. Todo es outsourcing, intercambios, trueques, redes sin compromiso.

A quienes nacieron en esta época les llaman Generación Millenians, la que hace del disfrute compartido su forma de vida. La permanencia es el equivalente a la agonía, a la aburrición, a morir de muerte lenta. Y eso implica que vivir en la playa también sea una manera de “estar atado”. ¿Por qué quedarse sólo en un destino cuando el mar es infinito?

Un denominador une a las viejas y nuevas generaciones: Ya sea en el retiro, en el futuro mediano o en el ahora, dejar el trabajo es visto como el paraíso terrenal. Porque, como decía Mark Twain, “el trabajo es todo lo que se está obligado a hacer; el juego es lo que se hace sin estar obligado a ello”.

Los demonios

Pero ni en la más cálida de las soledades el ser humano estará lejos de sus demonios. Al contrario, a más silencio, más infiernos; a más soledad, más tormentos.

Por eso siempre inventamos algo quehacer, aún en la playa: No soportamos la idea de que en realidad nuestras existencias son fútiles. “Hay que darle un sentido a la vida por el hecho mismo de que la vida carece de sentido”, apuntaba el novelista estadunidense Henry Miller.

La única diferencia es que en los nuevos tiempos la gente encuentra más sentido en atender un pequeño restaurante unas cuantas horas y echarse el resto del día en la playa, que trabajar tiempos extra para lograr un pírrico aumento en cinco años.

Admitámoslo: Todos decimos adorar nuestro trabajo, pero deseamos con todas nuestras fuerzas que llegue el fin de semana. Y reconozcámoslo: Tan no sabemos qué hacer con nuestro tiempo libre que compramos revistas para ver cómo gastarlo. No sabemos vivir: Ni en la playa ni en la oficina.

(Aunque, claro está, es mejor estar confundido en el mar que en un cubículo cuatro por cuatro).

 

 

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POB/JCSD