Como es de conocimiento público, antier el gobernador Rafael Moreno Valle (RMV) colocó la primera piedra del llamado “Museo Barroco”, obra cuyo costo ascenderá a mil cuatrocientos millones de pesos.

De esa forma, como “profetizó” el ex diputado del PANAL, Guillermo Aréchiga Santamaría, “Puebla dejará de ser una ‘aldea’ para convertirse en una metrópolis moderna”  (cito de memoria).

Celebramos que el Museo se localice en la zona “decente” de nuestra ciudad capital: esto es, en los terrenos de Angelópolis. Aquí no merodean los mendigos y los vendedores  ambulantes que afean el Centro Histórico; aquí no se ve a las indígenas que cocinan memelas y otras garnachas en cielo abierto, ni a los desarrapados que invaden las bancas del Zócalo, leyendo los anuncios de El Sol de Puebla con el objeto de buscar empleo.

Qué bueno que el proyecto del Museo Barroco haya sido elaborado por la empresa japonesa Toyo Ito, en lugar de nuestros arquitectos nativos, cuya mentalidad e imaginación sigue atrapada en los conceptos e ideas tercermundistas.

Celebramos, también, que en dicha obra no haya intervenido el personal del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), integrado en su mayoría por resentidos sociales que no permiten la destrucción de las casonas viejas –como la del torno–, impidiendo así que Puebla se convierta –como dijo Aréchiga Santamaría—en una auténtica urbe moderna.

El esplendor del Museo Barroco permitirá que los turistas no le presten atención a episodios molestos o irritantes como el asesinato del niño José Luis Tlehuatlie Tamayo, de la Junta Auxiliar San Bernardino Chalchihuapan. Este tipo de episodios nos hacen aparecer ante la comunidad internacional como un estado atrasado y violento, lo cual choca de manera atroz con los nobles y audaces proyectos del gobernador enderezados a integrar nuestra entidad  al Primer Mundo.

De ahora en adelante, los poblanos –sobre todo los provenientes de la “gente bonita”—podremos ponernos “al tú por tú” con las metrópolis famosas por sus museos, como es el caso de París, con su museo del Louvre, o Madrid, con su museo del Prado, o con Nueva York, con su Metropolitan Museum.

De por sí ya habíamos dado un paso gigantesco con nuestra “Rueda de la Observación”, poniéndonos al nivel de Londres, Tokio, Viena, Nanchang y Singapur.  No tardará el día en nuestra “rueda” se convierta en uno de los símbolos de nuestra ciudad, tal como sucede con la noria de 135 metros de altura conocida como The London Eye (El Ojo de Londres).

¿Qué importa al respecto al Puebla no tenga la riqueza de dichas urbes? De acuerdo con un comparativo hecho por Poblanerias.com, se pudo constatar que mientras nuestro estado genera apenas una riqueza de 489 mil 700 millones de pesos, hay lugares como Londres, cuya cifra llega a 26.2 billones de pesos y también se encuentra el caso de la región Jiangxi, en China, donde el PIB es de 1. 314 billones.

Ese tipo de estudios, lejos de estimularnos a los poblanos a alcanzar la grandeza a la que aspira nuestro gobernador, por el contrario nos deprimen, nos desalientan.  ¿Qué pinchi necesidad existe de subrayar nuestras carencias y limitaciones, en lugar de resaltar los afanes de grandeza del primer mandatario?

Por fortuna RMV se formó profesionalmente en los Estados Unidos, país que detesta a los “loosers” (perdedores) y rinde tributo a los “winners” (triunfadores). Esto es precisamente lo que necesitamos los poblanos, y en general los mexicanos :  esto es, tener una mentalidad de triunfadores. Mientras no logremos superar nuestro complejo de perdedores, jamás lograremos ingresar al Primer Mundo.

Por esa razón, este humilde columnista propone que se le construya un monumento a RMV a la entrada del Museo Barroco, que, de ser posible, supere en altura a la “Rueda de la Observación”.  De esa manera le brindaríamos un justo reconocimiento a su gobernante que ha sabido mirar mucho más allá de las miserias que nos aquejan.