Nota del Editor: El siguiente artículo fue escrito por Raúl Bringas Nostti, doctor en Historia, con especialidad en relaciones México-Estados Unidos, por la Benemérita Universidad Autónoma (BUAP) y miembro de la American Historical Association.
Es profesor de tiempo completo del Departamento de Administración de Negocios Internacionales de la Universidad de las Américas, Puebla (UDLAP).

independenciaAhora que en este mes de septiembre se acerca una celebración más del inicio del supuesto movimiento de independencia, vuelven a cacarearse por todos lados las palabras que se asocian con las fiestas patrias, como democracia, libertad, soberanía o igualdad. Ninguna de estas palabras debería vincularse a lo acontecido el 16 de septiembre de 1810. La insurrección encendida por Miguel Hidalgo y Costilla y el resto de los conspiradores de Querétaro no tuvo los fines tan nobles y desinteresados que la historia oficial le ha atribuido.

Es doloroso para los mexicanos aceptar esta realidad, pues por generaciones se ha inculcado una perversa historia oficial, repetida tanto en círculos de izquierda como de derecha. Se homenajea a los supuestos héroes, convertidos en semidioses para consumo de un pueblo educado en la mentira. Los escasos historiadores que escribimos en contra de las verdades oficiales recibimos todo tipo de insultos por parte de ciudadanos bienintencionados, pero incapaces de quitarse la venda de los ojos. Son ellos la versión adulta del niño a quien sus amigos le revelan la verdadera identidad de los Reyes Magos y que es incapaz de aceptar la pérdida de la ilusión.

El movimiento de “independencia” surgió de la inconformidad de una élite criolla, explotadora y racista que no aceptaba el estado de las cosas en la Nueva España. Aborrecía los impuestos, el poder desmedido de los ibéricos, las regulaciones, las dificultades para ascender en la jerarquía eclesiástica, militar o burocrática. Personajes altaneros y encumbrados como Ignacio Allende, Miguel Domínguez o Juan Aldama utilizaron a los indios y otras castas como carne de cañón en defensa de sus intereses. Nunca consideraron como bandera de lucha la igualdad, la democracia o la libertad, salvo que estas palabras restringieran su aplicación al círculo social en el que se movían.

Por si no bastara lo anterior, el movimiento no logró siquiera la soberanía nacional. ¿Por qué? Porque no triunfó. Tanto Hidalgo como su sucesor mestizo, José María Morelos y Pavón, fueron derrotados y ejecutados. Sus movimientos fracasaron. Tras su derrota, siguieron varios años de paz en la Nueva España. En realidad no obtuvieron la independencia, no lograron nada. El movimiento se truncó. Años después, Agustín de Iturbide, un repugnante general del ejército español, decidió, también por interés personal, traicionar a España y proclamar la independencia. Detestaba la Constitución liberal de Cádiz, reinstaurada en todo el imperio español. Tuvo éxito en su traición porque contó con el apoyo de la élite que vio en la independencia la posibilidad de seguir explotando a los indígenas sin la intervención de Madrid. Esta fue la razón por la que una élite creó México: para servirse con la cuchara grande.

Si el lector desea más información sobre este proceso, le recomiendo un libro de mi autoría titulado “Antihistoria de México”, que circula con éxito en Editorial Planeta, en su segunda edición.