“La vida es como un gran cuadrilátero de lucha libre que mezcla el artificio del teatro con el circo”.

Abel Pérez Rojas.

La madrugada del sábado (21 de marzo de 2015), el Hijo del Perro Aguayo –Pedro Aguayo Ramírez-, llamado así en la vida real- murió de un traumatismo cervical que le ocasionó un paro cardiorrespiratorio, producto de un combate que sostuvo a dúo en el ring del  Auditorio Municipal de Tijuana.

El deceso me sorprendió y me entristeció, porque en los más recientes años he tenido la oportunidad de entrevistar a varios gladiadores de la lucha libre.

De mis diálogos con luchadores me percato de una constante en todos ellos: se trata de personas que les place dedicarse a lo que  tanto admiraron de niños.

En ese sentido, los luchadores son personas afortunadas porque aman lo que hacen. Son tan agraciados como lo es cualquier persona que disfruta su profesión, esto cobra mayor relevancia cuando tomamos en cuenta que de acuerdo con diversos estudios, 65% de los profesionistas mexicanos están inconformes con la carrera que eligieron.

También se olvida el lado humano de los luchadores, sobre todo cuando se encuentran entre los reflectores de las arenas o las mentadas de madre de la afición. Asimismo se ignora que en su actuar no sólo va la búsqueda de fama y riqueza, sino  una forma de vida que mezcla circo y teatro unidos con fuerza y destreza.

Casi siempre se soslaya el arduo acondicionamiento físico que deben incorporar como disciplina los atletas del cuadrilátero, y se olvida que el cierto grado de teatralidad no le resta peligro a la profesión. En ese sentido, bien podrían dar testimonio los cientos de luchadores que se lesionan, mutilan e incapacitan en el anonimato, o que en caso extremo pueden perder la vida como ahora sucedió con el Perro Aguayo Junior.

Entre los peligros del cuadrilátero y las turbulencias de la vida diaria el gladiador se abre paso. Va tejiendo así su vida fuera de los encordados.

Vida que encierra pruebas más difíciles que los saltos mortales desde la tercera cuerda; así fue como el Perro Aguayo Junior salió victorioso del cáncer de estómago que lo afectó en 2011 y esto le revitalizó para retomar su carrera luchística como líder de los “Perros del Mal”.

Al escribir estas líneas recapacito que a menudo los luchadores son considerados como desechos de la sociedad, como personas que nada tienen que compartir en un ambiente caracterizado por la simulación, pero no es así, tal vez en alguna parte de la vida valdría la pena tomar alguna clase de lucha libre como vía para conocerse mejor y entender la personalidad “ruda” y “técnica”.

¿Se imagina usted qué partes de su personalidad podría exteriorizar arriba de un cuadrilátero?

¿Y usted qué bando preferiría, el de los “rudos” o el de los “técnicos”?

Mientras responde las interrogantes anteriores y las que surjan en el camino, le deseo consuelo y bendiciones a la familia del recién fallecido.

Descanse en paz el Hijo del Perro Aguayo.

Abel Pérez Rojas (@abelpr5) es doctor en Educación Permanente. Dirige: Sabersinfin.com.