El real brasileño ha perdido 28% frente al dólar solamente este año. La lira turca, 20%; el peso colombiano, 23%; y la rupia indonesia ha caído 11%. A primera vista, se trata de movimientos alarmantes. Sin embargo, un menor valor de la moneda es algo que algunos países realmente quieren.

China, por ejemplo, devaluó el yuan en 2% el mes pasado, su movimiento más grande en dos décadas. Los expertos creen que la principal motivación era hacer más atractivas las exportaciones del país para los compradores internacionales. Ciertamente, una moneda débil ayuda a impulsar las exportaciones, que en última instancia pueden levantar la economía.

Sin embargo, en el corto plazo una moneda devaluada también es un reflejo de la debilidad de los países subyacentes. De hecho, los dramáticos descensos de las divisas mundiales están trayendo de vuelta el fantasma de la crisis financiera asiática de 1997, que fue provocada por la devaluación del baht tailandés. Esa crisis repercutió en todo el mundo, al enviar a los mercados bursátiles internacionales a mínimos históricos y tambaleó la confianza de los inversionistas en la región durante más de una década.

La última ola de declives monetarios está directamente relacionada con las dramáticas caídas en los precios de las materias primas, a diferencia de la crisis del baht tailandés, que se generó por una enorme burbuja inmobiliaria alimentada por deuda. Muchos países como Brasil son excesivamente dependientes de la exportación de materias primas como el hierro, el cobre, la soya y el aceite. Y casi todos estos productos básicos han caído a mínimos de seis años este 2015, derivados de una caída en la demanda a nivel mundial, en particular del gigante asiático.

La desaceleración de China ha puesto freno a la demanda previamente insaciable por recursos naturales. Las monedas cayeron en valor, junto con la caída de los precios de las materias primas. A esto se añade la potencial alza de tasas de la Fed; por ello, los inversores globales se muestran renuentes a dejar los dólares a favor de monedas con mayor riesgo, lo cual está exacerbando su declive.

Si lo manejan con cuidado, estos países de moneda débil podrían tener la última palabra; y las ganancias. Una moneda débil eventualmente puede provocar un mayor crecimiento económico de estas dos formas:

  1. Una moneda débil hace que las exportaciones sean más baratas —y más atractivas— para los compradores extranjeros.
  2. Hace que las importaciones sean más caras y menos atractivas para los ciudadanos, que entonces son más propensos a comprar productos locales.

Esas dos acciones aumentan el comercio, la demanda local de combustible y ayudan al crecimiento económico.

Brasil, por ejemplo, recientemente entró en recesión. Su moneda, el real, se derrumbó 27% este año. Pero en el segundo trimestre, las exportaciones de Brasil subieron 7%.

Sin duda, es preocupante para los países con los que China compite por exportaciones. Vietnam ya ha devaluado su moneda, el dong, por tercera vez este año después de la decisión de China.

Ambas decisiones de devaluar la moneda plantean la posibilidad de una guerra de divisas en la que los gobiernos de todo el mundo repetitivamente devaluarán sus monedas en un esfuerzo por obtener una ventaja comercial competitiva y eso conducirá a una peligrosa espiral.

Lo que debemos observar es si estas monedas caen mucho más. Ahí es cuando eso comienza a afectar a los ciudadanos comunes, especialmente en los países que dependen de las importaciones de bienes de uso diario. Los precios de todo aquello valuado en dólares suben.

Las monedas en declive también dificultan a países y empresas devolver la deuda denominada en dólares estadounidenses. A medida que la moneda pierde su valor, la deuda denominada en dólares se vuelve más cara y difícil de pagar.

Con tantos vientos en contra, a muchos de estos países podría tomarles años superar este bache. Pero cuando se muevan en la dirección correcta, los expertos dicen que las exportaciones relacionadas con la moneda débil podrán ser la raíz de ese mejoramiento.

 

POB/IIAL