Todo el mundo tiene sueños feos. Últimamente, las pesadillas de Wall Street siempre parecen involucrar el caos en China. Más que por la caída de los precios del petróleo, la fortaleza del dólar estadounidense, la agitación en Grecia o un alza de tasas de la Reserva Federal, los inversores siguen preocupados por China; y por una buena razón.

Las preocupaciones sobre China se intensificaron después de que el país conmocionó al mundo al devaluar de su moneda. Esto trajo a escena el fantasma de una guerra comercial global o la idea de que Pekín está entrando en pánico debido a una desaceleración económica más severa de lo esperado.

Los funcionarios chinos ya habían asustado a los inversionistas globales con su respuesta severa a la caída de los precios bursátiles a principios de este verano.

Si China estornuda, el mundo se resfría. La mayor razón por la que China importa es el tamaño. A diferencia de Grecia, Puerto Rico u otras situaciones excepcionales, China tiene la escala suficiente para impactar el mundo entero.

Ahora es la segunda mayor economía del mundo, al superar a Japón y Alemania en los últimos años.

China también es el mayor consumidor de materias primas como el petróleo y el cobre, las cuales se han hundido en las últimas semanas. Una caída más dramática en el crecimiento chino podría provocar que las materias primas se derrumben aún más, desatando un caos financiero en los países que dependen de esos recursos naturales.

Eso podría resultar en una crisis de deuda en algún lugar del mundo. En otras palabras, el caos de China podría estar a punto de proporcionar más que suficiente masa crítica para una crisis global.

Durante gran parte de los últimos 15 años, China ha servido como catalizador clave para el crecimiento global. Pero la economía de China está madurando, y el crecimiento se ha desacelerado del 10% en 2010 a solo 7% en el primer semestre de este año.

Ahora la realidad ha llegado y está creando dolores de cabeza para las empresas con una exposición significativa a China. Eso incluye a multinacionales estadounidenses como Apple, General Motors, Nike, Starbucks y el propietario de KFC, Yum! Brands.

Mientras que antes la exposición a China era una fuente de optimismo y significativo crecimiento potencial para las acciones estadounidenses, ahora se ha convertido en una fuente de decepción en los resultados recientes, desde automóviles y televisores hasta iPhones y maquinaria.

Un dólar fuerte es genial para los turistas estadounidenses que viajan al extranjero, pero puede ser un problema para las empresas con sede en Estados Unidos. Cuando el dólar gana por sobre sus rivales, eso encarece los productos vendidos en el extranjero.

El impresionante repunte de la divisa estadounidense en el último año recibió aún más impulso por la decisión de China de devaluar su moneda. Esa es una de las razones por la que las acciones de Wall Street cayeron en un movimiento sorpresa.

La preocupación es que la deflación —algo para lo cual no hay una solución fácil— pueda extenderse desde China a otros países. Eso ya ha provocado que los precios de las materias primas como los metales y el petróleo disminuyan.

Si los signos de deflación emergieran en Estados Unidos, la Reserva Federal tendría que retrasar o reducir sus planes para elevar las tasas de interés.

Mucho de China permanece envuelto en el misterio. Esto se debe a que inversionistas creen que las estadísticas oficiales de Pekín son manipuladas para que la economía luzca mejor de lo que realmente es. En otras palabras, la economía de China en realidad podría estar en peor estado de lo que lo que la gente piensa.

Pekín se arriesga a más que simplemente ofender a los inversionistas. Los futuros esfuerzos por reactivar el crecimiento probablemente sean recibidos con un mayor escepticismo por parte de los mercados.

 

POB/BDH