Cuenta la leyenda que hace muchos años existieron dos hermosas hermanas llamadas Berta y Elodia, a quienes la vanidad y la belleza las definían.

En Puebla no había muchacho que no muriera por ellas; se dice que con frecuencia realizaban fiestas en su casa y eran muy concurridas por los jóvenes.

Así, gracias su encanto y gracia, todos los días, a la puerta de su casa, llegaban serenatas y verbenas.

Las hermanas nunca estaban solas, siempre tenían compañía pues "mil galanes amantes penan y se desvivían solo por ellas".

Las mujeres, que sabían el poder que tenían sobre los hombres, coqueteaban y jugaban bromas. 

Cierta noche las hermanas caminaban por una calle acompañadas de sus pretendientes; en su paseo, se pararon frente a la iglesia de Santa Teresa. Al ver la humilde fachada, las hermanas burlonas se acercaron al zaguán y Berta tocó tres veces la puerta.

De repente, un "¿quién?" se escuchó al interior, a lo que Berta respondió:

"¡Madre! Pida a los cielos por dos enfermas que en lecho triste sufren y penan, y que, si no hace la providencia un gran milagro, es cosa cierta que hoy mismo mueren y las entierran".

La voz contestó:

"¡Descuide hermana! En este instante diré sus penas a las monjitas, y con presteza mil oraciones al Dios que reina piadoso y justo sobre la tierra, pedirán salud completa para esas pobres que desesperan de hallar alivio, y ya de cerca ven a la muerte... cuidado pierda."

Las hermanas muertas de risa siguieron su camino y tras comentar el suceso, llegaron a su casa y no sin antes despedir a los pretendientes, les invitaron a una fiesta a la noche siguiente.

Al otro día, los invitados que llegaron a la casa de las bellas encontraron un silencio sepulcral. 

Buscaron la manera de entrar pues a lo lejos parecía escucharse cantos y ruidos. Creyendo que se trataba de una broma de las bellas, no dudaron en entrar a la fuerza.

Tremendo susto se llevaron cuando encontraron a las dos hermanas tendidas sobre dos féretros; los invitados no podían creer lo que sus ojos veían. Trataron de despertarlas creyendo que la broma continuaba, pero descubrieron que ninguna tenía vida. 

Es así como las bellas hermanas encontraron su fatídico destino en manos de la muerte que no sabe jugar y con quien nunca hay que bromear.

De acuerdo al libro Las Calles de Puebla, el historiador Hugo Leicht señala que la Avenida 16 Poniente es conocida como "calle de las bellas". 


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