«Bienvenido a donde la tradición nunca muere», dice un letrero en la plaza principal de Huaquechula.

El 3 de mayo, los huaquechulenses celebran el Día de la Cruz, una de las festividades más grandes del municipio; cuya adoración tiene más de 200 años y se originó –según la leyenda– cuando un rayo cayó sobre el lugar y emergió una cruz.

Los fieles y creyentes de la fiesta salieron a recorrer las calles para homenajear a su Santa Cruz.

Es un día de fiesta, que contrasta con los daños que dejó el sismo del 19-S; las casas aún tienen la huella que dejó el movimiento de aquella tarde de hace ya más de seis meses. Algunas con daños en techos y paredes, apuntaladas alertando a los que pasan por ahí que deben tener cuidado.

El emblemático monasterio franciscano, que se distingue por el tono de su piedra marrón claro y sus pesados contrafuertes, también tiene daños. Una de sus torres está destruida, sobre el techo hay un gran agujero y por eso, sus puertas permanecen cerradas al público.

Enfrente, la plaza principal, hoy le da un toque diferente pese a los daños, los fieles y creyentes de la fiesta salieron a recorrer las calles para homenajear a su Santa Cruz.

Foto: Juan Carlos Sánchez Díaz.

Mayordomía, el anfitrión

Poblanerías visitó la casa de don Eugenio Ramos, uno de los mayordomos «de segunda» que participó en la fiesta. Se le conoce así, porque es el encargado de preparar la comida para sus vecinos.

Don Eugenio ha preparado mole y arroz para este día, además adornó junto a su familia una cruz con arco, que se coloca en una esquina de cada barrio.

Dentro de su casa también está el tradicional altar monumental de Día de Muertos, otra de las grandes fiestas que tiene Huaquechula.

«Es una manera de devolver al Señor todo lo que nos da», responde don Eugenio sobre las fiestas de la Cruz. Dando la espalda al altar, habla de la religión y recuerda aquella tarde de septiembre cuando ocurrió el sismo, pero de inmediato cambia el tema para explicar sobre la celebración.

Desde un año antes, los mayordomos, de manera voluntaria se ofrecen y comienzan a prepararse para el gran día.

El mayordomo de primera es uno de sus vecinos y se encargará de dar de desayunar. Este año, don Eugenio será mayordomo de segunda y ofrecerá un banquete. Luego viene el baile.

La fiesta comienza en las primeras horas del 3 de mayo. Los jóvenes se reúnen desde temprano para cantar «las mañanitas» en las cruces de cada esquina y luego van a desayunar con el mayordomo ‘de chocolate’, llamado así porque ofrece esa bebida junto con tamales y panes.

Foto: Juan Carlos Sánchez Díaz.
Foto: Juan Carlos Sánchez Díaz.
Foto: Juan Carlos Sánchez Díaz.

Procesión de cruces

Entre las 10 y 11 de la mañana, cada cruz participante sale de la casa de su respectivo mayordomo; acompañada de bandas de viento, encaminándose hacia la parroquia en la plaza principal. Ahí son recibidas por el comité organizador, se les asigna una ficha para que se formen y esperan la misa del día.

Una vez concluida la ceremonia religiosa, salen de manera ordenada hacia la procesión. Una cruz, una banda de viento y sus fieles, una a una salen de la parroquia.

Una vez en la calle, recorren la primera cuadra. Los acompañantes van detrás, cantando, orando o bailando, cada quien decide cómo le rendirá a la Santa Cruz. En la procesión, los famosos ‘Tecuanes de Acatlán’ y los huehues escoltaron el camino.

Hombres y mujeres cargan ‘chiquihuites‘ –unas pequeñas canastas adornadas con carrizo y flores que cargan dulces y confeti–

Mientras eso sucede, hombres y mujeres cargan ‘chiquihuites‘ –unas pequeñas canastas adornadas con carrizo y flores que cargan dulces y confeti–. En la caminata, lanzan los dulces hacia las personas que observan la procesión, en señal de festejo.

La procesión recorre el primer cuadro del centro y nuevamente regresan a la parroquia para dejar ahí la Santa Cruz, elaborada con el mismo material de la cruz que apareció hace 200 años en el lugar.

Después de eso, cada mayordomo se retira –con la cruz con la que participó– al ritmo de la banda de viento hacia la casa donde ofrecerán de comer y así, poco a poco, la plaza principal se queda vacía.

Y llegó la comilona

En casa de don Eugenio ya están de manteles largos. Su familia colocó seis mesas para 20 personas cada una y están a la espera de que llegue la cruz. En el camino, ya comienzan a escucharse los cuetes, anunciando su pronto arribo junto con la banda de viento que entona algunos sones.

Llegando a su casa, la cruz es colocada frente al altar monumental y rápidamente los vecinos comienzan a sentarse para comer; don Eugenio reparte mezcal entre los invitados, otros más prefieren tomar agua de jamaica y tamarindo. El olor a tortillas y arroz se respira en el aire, obligando a los asistentes a cerrar los ojos, inhalar y exhalar de manera relajada, dibujando una sonrisa.

En ese momento termina un año de trabajo y preparación de la mayordomía. Por ahora, solo les queda disfrutar de la fiesta y agradecer lo que –aseguran– Dios les ha dado.

La celebración de la Santa Cruz y sus Mayordomías fueron declaradas Patrimonio Cultural del Estado de Puebla en agosto de 1997.

Lo que el terremoto dejó

Para la elaboración de este contenido contribuyeron:

Lizeth Flores Jácome
Texto

Pablo Spencer Castells
Video

Juan Carlos Sánchez Díaz
Fotografía y edición

 


POB/JCSD