CUENTO: Capítulo II de la Rebelión de los Vagos

Una serie de cuentos literarios escritos desde enero de 2017 a la fecha.

La Barca de los Locos

CAPÍTULO II

Nada podía quitarle de su mente, la interpretación pesimista de su vida, la funesta impresión de haberla desperdiciado.

Nada era suficiente, sus deseos estaban rotos entre sus historias con distintas mujeres. Nada en su vida resultaba permanente, todo era líquido, relacionado a la utilidad y el dinero, un constante consumo de su propia vida; y asimismo, un consumo de lo ajeno. Marco Aurelio De La Fuente siempre se había considerado, a sí mismo, un consumista por excelencia, por esto se consumía así mismo drogándose de esa forma.

Pasaba horas y horas desde la soledad de su oficina, reduciendo a todos sus empleados a seres utilitarios y convenencieros, seres completamente enajenados al consumo. Tenía razón en parte, sabía muy bien que, hasta el más leal de sus empleados, le buscaba solo por dinero. Su existencia entera y la de todos sus súbditos, estaba orientada a la búsqueda y obtención del mismo.

Así pasaba –de una forma aburrida y miserable– su existencia, aunque tuviera todas las comodidades económicas, su sensación más asfixiante, era esta falta de significado que encontraba “ya tengo todo y ahora qué”, solía repetirse en su mente.

Su insensibilidad ante el prójimo era notoria, le encantaba reírse de las aspiraciones ajenas referentes a la vida que se daba, le encantaba el resentimiento que causaba (al parecer) en sus empleados, la forma en que eran tratados por Marco Aurelio; asumía que todos le envidiaban por tener cien veces más dinero que la totalidad de ellos. Los denigraba porque sabía que su vida estaba orientada a lo que el despreciaba ya de por sí; su propia vida, solía escribir aforismos como el siguiente en sus notas:

“Si ellos serían felices con lo que yo tengo, y yo soy un millonario profundamente depresivo e infeliz, entonces ellos merecen mi desprecio y su infelicidad […] El dinero es el sustituto de Dios. Es el fin último de toda existencia en estos tiempos.”

Pasaba horas mirando desde la ventana de su oficina ubicada en el centro de la ciudad, mientras consumía cualquier tipo de droga, observaba a un vagabundo muy particular. “¡¿Cómo demonios podía vivir debajo de ese semáforo, cómo podía soportar el desprecio de todos?!” pensaba mientras daba órdenes y llenaba reportes obligatorios a causa de su ‘agenda’, en sus ratos libres observaba y continuaba su autodestrucción.

La burguesía, que su familia le heredó al crecer en un círculo así, lo tenía al borde del colapso; tenía pensamientos erráticos: “¿porque entregar mi vida a esto? yo no tengo hijos, yo no debería reportarme con nadie, ¿porque tener una agenda que controla mi vida y no al revés?”

Si él era una persona explotadora y utilitarista, una persona tacaña e indiferente para con sus empleados, sus empleados eran completamente ruines con el vago que les observaba y les extendía la mano diario, la respuesta de ellos era similar a la que Marco Aurelio daba cada mes a alguno sus empleados “¿quieres más dinero? trabaja mejor y más”, eso solía responderles. La paradoja es que algunos de sus empleados solían decirle al vago: “consigue un trabajo haragán, usa mejor tu tiempo”. Marco Aurelio había mandado a instalar cámaras de video con audio en aquel particular poste, porque una vez vio a un par de empleados decirle algo al vago ripioso desde su ventana.

Era su racionalización para justificar su inmensa cantidad de dinero y su modo atroz de ser, no existía otra explicación para él; su problema es que, por más que quisiera hacer bondadoso al capitalismo, no podía. El capitalismo no tiene por qué ser bondadoso, funciona y ya, el vago era culpable de su pobreza, sus empleados también, él era inocente por heredar millones.

“El pecado actual es ser pobre, esta es la herencia del Cristianismo al Capitalismo actual” escribió en su pequeña libreta de aforismos.

POB/JCSD