CUENTO: Capítulo IV de la Rebelión de los Vagos

Una serie de cuentos literarios escritos desde enero de 2017 a la fecha.

La barca de los locos

Marco Aurelio De La Fuente, en la calle perdió de vista al vagabundo, con el que compartía un buen rato. Simplemente no lo podía entender, se preguntaba constantemente: “¿Por qué la sociedad es cruel e indiferente, qué causa tanta enajenación en los bípedos?”, mientras caminaba por la ciudad.

Ya no encontraba un sentido para vivir; tenía dinero, poder, distintas mujeres, trato social de preferencia, reconocimiento y todo esto le resultaba abismalmente vacío.

Le parecía que le daba más alegría compartir una cerveza y ver sonreír a un vago, que sentirse utilizado por ‘cualquier persona productiva y de bien’ es decir, Marco encontraba más autenticidad en el vago que en su familia y empleados.

“¿Qué tipo de moral judeocristiana reflejan en sus actos las sociedades tercermundistas?” se preguntaba constantemente “¿qué moral reflejo en mis actos?”, se espetaba a sí mismo.

Fue a su lujoso departamento de vuelta. Durmió, amaneció, regresó a su lujosa oficina, entró sin saludar a ninguno de sus empleados o ‘sirvientes poco útiles e incompetentes’, como se refería a ellos en privado. Su empresa pagaba muy buenos salarios, pero Marco Aurelio pensaba que la gente a su lado era desleal, poco auténtica, gris, enajenada y sin alguna virtud.

¿Qué virtud puede tener alguien que se dedica a acumular bienes y a sobrevivir toda la vida? sus trabajadores le parecían parasitarios, peces en un estanque que, no se daban cuenta de su propio y limitado entorno.

Ninguno de sus trabajadores parecía observar el estanque entero, ninguno parecía estar consciente de la trampa que representa esa pecera, es decir, la vida consumista el agua; su empresa era la pecera, los trabajadores los peces.

Trabajar, gastar tiempo de vida que jamás volverá, que los demás hagan montañas de dinero para él, después tratar de pagarles lo menos posible con el paso de los años y las demandas; todo lo anterior a causa de la avaricia y saber hacer dinero, después dejarles morir de la peor forma con aval de la ley y en la pobreza, después usando algún abogado fino que consiga que la ley se incline en favor del poderoso como siempre.

Las leyes en su país permitían tratar al trabajador como un objeto poco productivo; Marco sabía que lo que producía su “riqueza y poder”, era el esfuerzo de los demás, el sistema se mantenía porque él podía explotarles, la esclavitud antigua tenía escasas diferencias para él.

Sus empleados tenían la aparente libertad de dejar de trabajar para él a diferencia de la antigüedad; pero, él sabía que nadie les pagaría lo que su empresa les pagaba (los nuevos amos, con moralidad, son los empresarios) su mayor esmero era que, sus empleados entendieran muy bien su neo-esclavitud: “nadie les pagará lo que Marco Aurelio les pagaba”. Ese era el mecanismo de control, esa era la enajenación, a mayor cantidad de dinero, mayor enajenación; era la fórmula de Marco en su empresa.

Si alguien gana lo suficiente por vender las horas de su vida, se puede dedicar a tomar muchas fotos de sus viajes, puede comprar pantallas costosísimas, puede costear champagne en los bares que visita, puede ser reconocido por los demás, todo el sistema consiste en: “vender tu vida al mejor postor haciendo lo que te gusta hacer”.

El inmenso problema es que, muy pocos disfrutaban estar en esas oficinas lujosas, donde los gritos y las reprimendas eran lo más cotidiano del mundo, donde el concepto de autoridad era como tener un padre alcohólico y además golpeador, así era el padre de Marco con sus empleados y con su mismo hijo, hasta ahora Marco Aurelio; por imitación, trataba a la gente que trabajaba para él, de la misma forma que observó a su padre ningunear a sus empleados por años.

De esta obscura manera su rutina cada vez era más gris y peligrosa. Su interpretación del mundo día con día se caía a pedazos, no encontraba el menor valor, la menor virtud en su burguesía; si su virtud era su dinero, el mundo entero estaba perdido sin la menor esperanza de transformación.

–“¿Por qué los demás me respetan y me hablan de usted por tener poder y dinero?” No entendía por qué, esos mismos bípedos que eran educadísimos con él, eran tan crueles en su cotidianidad, con los demás. El ser humano solo se movía por un ciego y egoísta interés, dinero para consumir. Eso resumía los ideales de casi todos los millones de bípedos en el orbe, acumulación de dinero que les lleve a acumular poder.

–“¿Pero qué entendemos por poder?” No dejaba de preguntarse y de responderse:

“si el poder es hacer que otro humano pase su vida entera haciendo dinero para alguien más, trabajando sin ninguna finalidad, más que, la paga que recibe, si el poder es malgastar este dinero que ganó explotando a los demás, aparentando en reuniones de alta sociedad; estamos jodidos; es la época más ruin de la historia, no hay ideales, cruzadas, vida eterna, solo hay oficinas, dinero, progreso, técnicas y ciencia para que los privilegiados vivan más, millones de humanos sin ciencia ni técnicas, ni el poder de enajenar al resto de por vida, enajenarlos a esto, a vivir más años en medio de este asco de competencia desleal, de egoísmos, de millones potenciales burgueses; el resumen de los anhelos de mi época es ser millonario como yo, mis empleados solo quieren mandar como yo, tener las fatuidades que yo poseo”.

Es ridículo exclamó mientras se levantó de su silla y comenzó a azotar el teclado de su computadora al monitor.

 

 


POB/JCSD