CUENTO: Capítulo V de la Rebelión de los Vagos

Una serie de cuentos literarios escritos desde enero de 2017 a la fecha.

La Barca de los Locos

Aventó su busto de Beethoven por el cristal, volteó su escritorio de madera fina, estaba como poseído; fue a sus pequeños escondites y aspiró un poco de cocaína, para agraviar el asunto. Entró el jefe de seguridad, ya que los empleados reportaron que había ruidos en la oficina de uno de los dueños. Para su mala suerte, Marco Aurelio le recibió a gritos:

– ¿Tú qué haces aquí? ¡si quiero destrozo mi oficina!
– ¡Pero señor, tranquilícese por favor!
– ¿Quieres que te diga que me tranquilizaría? Prender fuego a esta cárcel burguesa, llamada mi empresa, con todos ustedes hipócritas adentro.

El jefe de seguridad, absorto, respondió: “eh, eso sería un terrible crimen señor, ¿Por qué ocasionaría un mal así?”

–¡Para que nada quede en pie! ¿me escuchas? como diría Dostoyevski, que seguramente no sabes ni quien es:

“¡Ah, que hermoso espectáculo sería destruirlo todo, realizar durante mucho tiempo, en secreto, las más viles acciones, para que de pronto, me descubran y me acusen todos, rodeándome y señalando con el dedo; qué hermoso sería desafiar al mundo con una mirada! ¿Por qué esta ansiedad me produce tanto placer?”

– “Pero señor ¿consume usted drogas de nuevo en lugares de trabajo, está usted bien?”. Marco Aurelio le devolvió una mirada furibunda y le aventó encima de la cabeza un busto pequeño de Bach.

– “Eres un maldito analfabeto. Toma de la librería, el libro de donde saque la frase que te dije, se llama Los hermanos Karamazov”. El empleado obedeció con celeridad la orden.

Le dio el libro, Marco Aurelio lo abrió y continuó su perorata leyendo en voz alta:

– “¡Se ama el crimen, lo amamos todos, siempre; y no solo en ‘ciertos momentos’! Hay una mentira convencional colectiva para execrar el crimen, pero todos mienten. Pretenden odiar el mal y lo aman todos”.

– “Eso no es cierto señor, los criminales son menos”. Así le respondió el guardia con solemnidad.

– “¡Tú que vas a saber qué es cierto! sal a la calle y está repleta de vagos y desigualdad, no me vengas a hablar de tu hipócrita normalidad bonachona; ahora, si quieres conservar tu empleo, lárgate de una buena vez. Hablando de hipocresías esta es la mayor, ustedes por más dinero obedecen la orden que sea, ¡largo!”. El empleado salió aterido de la oficina en ruinas.

Destrozó sus teléfonos contra la pared, tomó una botella de tinto, el episodio de ira parecía que había finalizado. Tomó del suelo su vieja libreta y su antigua pluma, fue cuando comenzó a escribir, mientras se sentaba en medio de toda su destrucción:

Despersonalizarse:

No sé bien cuántas horas he desperdiciado esperando. Siempre caen en melancolía los que han perdido la guerra; no llevo la cuenta, a estas alturas de mi vida, de cuántas horas he permanecido atrincherado en esta oficina. Siempre entre cuatro paredes, mientras duró la guerra de la competitividad y el consumo.

Esto es como estar conmocionado, sin respuesta, aterrorizado ante los brutales golpes que me propinó la vida; mi cuerpo está inyectado de miedo, mi mirada está perdida, estoy dando los pasos antes del colapso, esta sensación de aturdimiento, creo que la pelea, la batalla y la guerra están perdidas.

No sé bien cuántas horas he dedicado a observar, cómo la música de Bach mueve cortinas, mientras el humo danza con algunas notas. ¡No sé con certeza! ¿Cuándo olvidé al niño que fui? aquel que se preocupaba por poco, aquel que amaba el juego, que sonreía a causa de tan poco, no sé bien. ¿Cuándo deje de sentirme vivo, qué me hizo imaginar que me encuentro en el infierno junto a Ovidio, dónde está Dante? La muerte de todo, hasta del arte en mis días.

En la eternidad, que es un sinónimo de la palabra muerte, los nombres y las almas mortales, por fin son iguales; en ese lugar no importan los estúpidos bienes materiales, ni las clases sociales, ni los esfuerzos, ni los méritos; en ese lugar, intuyo, el olvido nos cobra la deuda a casi todos; a veces se ensaña cobrando un interés extra en la deuda, lo hace con quienes pasaron su vida entera dedicada solamente a sí mismos, sin que le importen un bledo los demás, les cobra una cuota extra a los egoístas y los avaros.

Y aunque la actualidad tenga ídolos de barro, son muy contados los nombres de los gladiadores que recordamos; el olvido es inclemente, y con razón, para con la especie humana.

 


POB/JCSD