CUENTO: Capítulo VI de la Rebelión de los Vagos

Una serie de cuentos literarios escritos desde enero de 2017 a la fecha.

La Barca de los Locos

VI

Amaneció en su departamento después del incidente de su oficina, al abrir los ojos, supuso que se había quedado dormido, después de escribir su nota y que alguien lo trajo a su hogar. Llevaba tantos días sin dormir y se encontraba tan intoxicado que, ni siquiera recordaba lo sucedido, a partir de que se quedó dormido. Puso la antigua bañera con agua caliente, destapó un vino, tomó la Biblia, ya que se encontraba en un estado de angustia que nada podía quitarle, quizás solamente algún somnífero; pero tenía miedo de dormir, tenía miedo de vivir y en sus sueños, últimamente, se manifestaba de nuevo su vida en ellos.

En su baño, tenía una biblioteca pequeña. Estaba aquel día leyendo el libro del Eclesiastés, en griego εκκλησιαστης, Ekklesiastés, hebreo קֹהֶלֶת, Qohéleth, eclesiasta, asambleísta o congregacionista.

El autor del libro se hace llamar a sí mismo: «El hombre de la asamblea» o «El representante de la asamblea»; el vocero, un tribuno de la asamblea del pueblo, que harto y agobiado de las ideas dominantes, se decide a pregonar. El autor de este libro es un orador que, toma la palabra ante la asamblea, ante el pueblo de carne y hueso que tiene hambre y es miserable.

Quizás este eco de palabras sabias, provino del rey sabio, de Salomón hijo de David.

–Pensar que mucha gente desprecia esta sabiduría–, dijo para sí Marco Aurelio, mientras   continuaba su lectura frenéticamente:

  1. Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén.
  2. Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad
  3. ¿Qué provecho tiene el hombre, de todo su trabajo, con que se afana debajo del sol?
  4. Generación va y generación viene, mas la tierra siempre permanece.
  5. Sale el sol y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta.
  6. El viento tira hacia el sur y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo.
  7. Los ríos, todos van al mar y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo.
  8. Todas las cosas son fatigosas, más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.
  9. ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará y nada hay nuevo, debajo del sol.
  10. ¿Hay algo de que se puede decir, he aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido.
  11. No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá, habrá memoria en los que serán después.

Dejó el libro, suspiró como en cámara lenta. Dice Juan Rulfo que, cuando la gente suspira, la vida es la que está escapándose, en ese aire exhalado. Sabía que algo se le escapaba, con ese suspiro, algo importante, quizás la vida misma.

Tenía el pensamiento de sufrir una agonía inefable, una sensación que, para él “asfixiaba su espíritu”, “un miedo paralizante”. Había vivido 28 años encerrado entre cuatro paredes, siendo testigo de cómo, la misma literatura, dejó de importar y el mundo de las imágenes, la tecnología, se convirtió en lo que importaba  a los de su especie.

En trabajar y consumir había perdido 28 años. Él sabía, por los libros que leía que, la vida estaba en las palabras y si las palabras no eran pronunciadas, la vida no había existido. Para él, condenar a la literatura era  limitar al lenguaje, a la vida misma, era lo que propiciaba esta falta de vida, “del tamaño del lenguaje es el tamaño de tu mundo”, algo así había leído de un tal Ludwig Wittgenstein.

Estaba bebiendo vino en la bañera, estaba en un estado extático, gozando en su pensamiento consciente, disfrutando su aguda soledad. Quería la muerte, la  deseaba, como decía otro de sus autores favoritos, Albert Camus: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio, y ese es el suicidio”. Él estaba dispuesto a tomar los somníferos y dormirse para siempre.  El sueño eterno, el descanso, la serenidad, estaba harto de ser como Sísifo, fue cuando exclamó:

–¿Tendrá una lógica matarse, la lógica de mi deseo estará allí? ¿Es un acto de la voluntad querer desaparecer? ¿Es una pataleta ante la vida trágica? ¿Un berrinche ante la maldita irreversibilidad? ¿Es el final del sentimiento, llevarlo a sus últimas consecuencias? ¿Por qué estoy aquí? ¿Es absurdo plantearme esto? ¿Mato al lenguaje que habita en mí? ¿Extermino mi deseo de vivir?

– Dostoyevski decía que, no queremos dejar de vivir, por que amamos la vida. Eso causa el temor de morir, el amor a la vida, desearla siempre. Pero por otro lado, la calma, dejar de desear, de necesitar, dejar de sufrir. Pero ¿Y si existe algo después de morirme? Esta maldita incertidumbre, no puedo ni siquiera afirmar que, después de esta vida no existe otra. Maldito Shakespeare, su aguda intuición y poesía me hacen dudar, maldito Dostoyevski, sus problemas parecen los míos.

Y ahí estaban las píldoras, en su ‘frasquito’. Esas drogas legales por las que varias personas se desconectan de la vida. El vino ya estaba en su organismo, solo faltaba hacer caso a la razón, para hacer una de las cosas que sabe hacer mejor: matar.

Muchas veces se usa la razón para exterminar. Es un reflejo del poder en la historia de la especie, es decir: el saber utilizar los conocimientos de la ciencia que, también se han usado para exterminar humanos y al planeta. La ciencia ha estado al servicio del dinero y del poder en muchos casos, como en la segunda guerra mundial, se ha utilizado el  conocimiento científico para hacer una bomba atómica, para hacer napalm o para hacer drogas que duermen y matan al ser humano, en millones de casos.

Para Marco Aurelio, la ciencia  era para los privilegiados burgueses como él. Burgueses responsables directa o  indirectamente del estado actual del mundo, de su inmenso vacío, de su gigante indiferencia, de su absurda y atroz desigualdad, aferrarse a un mundo de consumo por obligación; para Marco, inclusive los sueños estaban muertos. Entonces Marco Aurelio exclamó:

–¡Carajo, tengo miedo! ¡Soy muy cobarde, maldito Camus! si no mal recuerdo, él decía:

“En el apego de un hombre a su vida, hay algo más fuerte que todas las miserias del mundo. El juicio del cuerpo equivale al del espíritu y el cuerpo retrocede ante el aniquilamiento. Adquirimos la costumbre de vivir antes que la de pensar. En la carrera que nos precipita cada día un poco más hacia la muerte, el cuerpo conserva una delantera irreparable”.

Sí mi cuerpo es el que produce este miedo, esta especie de freno en forma de miedo en mi pensamiento.

¿Mi cuerpo soy yo? ¿Yo soy la imagen que imagino de mi cuerpo? ¿Qué soy carajo? Ni siquiera eso puedo contestarme, ¿Qué soy, quién soy? ¿Qué es eso que llamé yo, soy mi nombre, mi imagen es mía? ¡Todo es una inmensa confusión, un maldito pantano!

Unamuno me hizo saber que, soy un completo imbécil, algo que solo mastica palabras y ecos, verdades de otras vidas. Yo soy otro, yo soy un eco, una voz repetida, una voz con particularidades orgánicas, pero que repite un lenguaje que otros digirieron y fue lo que quedó de sus vidas. Solo soy palabras que otros pusieron en mí. Don Miguel de Unamuno, me dio la peor paliza intelectual cuando le leí, inclusive aquí estoy hablando solo ¿qué decía aquel libro que leía?: “Del Sentimiento Trágico de la Vida”. Ese era el nombre del libro, decía algo así:

“En su hermosísimo poema, El sabio antiguo decía Tennyson: ‘¡No puedes probar lo inefable ¡oh, hijo mío! ni puedes probar el mundo en el que te mueves; no puedes probar que eres cuerpo solo, ni puedes probar que eres solo espíritu, ni que eres ambos en uno; no puedes probar que eres inmortal, ni tampoco que eres mortal; sí, hijo mío, no puedes probar que yo, que contigo hablo, no eres tú que hablas contigo mismo, porque nada digno de probarse puede ser probado ni desaprobado, por lo cual se prudente, agárrate siempre a la parte más soleada de la duda y trepa a la Fe allende las formas de la Fe!”

¿Y si existe el más allá? ¿si de algún remoto modo, la vida continua después de la muerte? ¿Me esperan llamas y tormentos por la eternidad? ¿Me espera renacer en algún insecto? la maldita razón de nuevo, no puede afirmar nada, ni la vida, ni el vacío, ni el origen, ni el destino, las palabras; esta especie de hechizos, esta imposibilidad de no dejar de afirmar, que existimos, que sufrimos, que nos duele, que somos, que tenemos ser.

¿Qué soy? Sísifo era valiente, sabía de su destino trágico. Yo, como postmoderno, no soporto la tragedia del destino, todo el conocimiento al que mi especie le dice “útil”, está al servicio del ideal de no sentir la tragedia, de escapar de ella del modo que sea posible, inclusive durmiendo para dejar de sufrir.

Sísifo no anhelaba que su realidad fuera a cambiar, no intenta  pedir perdón o decide creer o pensar un nuevo Dios. No, Sísifo concibe íntegramente que, haga lo que haga, nada tiene sentido y no por ello se lanza del  lugar más elevado de la montaña, empero, una vez más, se agita en contra de los dioses y disfruta su castigo. Al disfrutar el absurdo que representa su condición se rebela en contra de él y lo acepta.

Me veo impedido a matarme, siguiendo este otro libro de Camus:

«Sí, el sufrimiento existe, pero somos capaces de entender que los demás sufren, somos seres capaces de compasión, de unión y podemos darle la vuelta al absurdo que nos constituye. Por el sublime placer que es la vida creamos música, arquitectura, arte, danza, tecnología y la disfrutamos de una manera tal que, viendo de frente y sin reparo el sinsentido que es vivir, nos podemos parar el siguiente día y decir: ‘No me importa, quiero seguir viviendo'».

Camus me salvo de matarme hoy.

 


POB/JCSD