La cocina conventual es la cuna de los platillos típicos poblanos. Su sabor, color y sazón persisten hasta nuestros días. Por eso, presentamos las leyendas de su creación:

Leyenda del chile en nogada

Esta leyenda narra que los chiles en nogada fueron inventados por las monjas agustinas del Convento de Santa Mónica en Puebla, para celebrar la firma de Independencia de México con los Tratados de Córdoba entre Agustín de Iturbide y Juan O´Donojú.

Foto: Agencia Enfoque

A su regreso de Córdoba, Iturbide pasó por Puebla y las religiosas le prepararon un platillo en el que representaron los tres colores de la bandera del Ejército Trigarante: verde con el chile y el perejil, rojo con la granada y blanco con la nogada.

Todos los ingredientes de este platillo fueron seleccionados entre los productos de cada una de las regiones del estado: los chiles de San Martín Texmelucan, la carne molida de Cholula, las manzanas de Zacatlán, la granada de Tehuacán, las nueces de San Andrés Calpan, las peras del convento del Carmen de Puebla, los duraznos de Huejotzingo, el queso de Tlatlauqui, Zacapoaxtla o Teziutlán, los piñones de Libres o de Oriental, el perejil de Atlixco, los huevos de Tepeaca, Amazoc o Acajete; y el plato donde se colocó fue de talavera poblana y la sazón de San Pascual Bailón.

Iturbide quedó fascinado con el suculento platillo, que desde entonces, se convirtió en uno de los más típicos de la gastronomía de Puebla.

Leyenda del mole poblano

La leyenda del mole poblano cuenta que fue en el Convento de Santa Rosa donde se dio la creación de uno de los platillos típicos de la gastronomía poblana.

Una monja llamada Sor Andrea de la Asunción preparó un platillo especial para el Virrey Tomás Antonio de la Serna y Aragón, Conde de Paredes y Tercer Marqués de la Laguna, quien estaba de visita en la ciudad de Puebla de los Ángeles.

Foto: Agencia Enfoque

Sor Andrea decidió tostar en una cazuela con manteca varios ingredientes como chile ancho, chile mulato, chile chipotle, chile pasilla; en un comal tostó ajonjolí y en un mortero molió pimienta, clavo, cacahuate, canela, almendras, anís y comino; posteriormente, agregó a la mezcla dos tablillas de chocolate monjil. En otro mortero, machacó ajos asados, cebollas y jitomates, y mezcló todos los ingredientes.

Para finalizar, Sor Andrea puso al fuego en una cazuela de barro la mezcla y agregó las piezas de un guajolote que había cocido previamente.

Todas las hermanas del convento quedaron encantadas al probar el guisado y cuando el Virrey y los comensales degustaron el exquisito platillo quedaron impresionados ante el delicioso sabor y aroma.

La Hermana Sor Marta fue quien nombró este platillo como mole, que en náhuatl significa salsa o guisado. Otra versión dice que cuando el platillo se estaba preparando, una de las monjas expresó ¡que buen mole, hermana!, en referencia a cómo estaba moliendo los ingredientes.

La leyenda del camote

Se dice que en 1676, Angelina, una niña de trece años, fue llevada por sus padres con las religiosas de Santa Inés para ser enclaustrada como novicia. Al desempeñar muy bien sus labores en la cocina la nombraron como responsable de la despensa.

Foto: Agencia Enfoque

En una ocasión, el Señor Obispo Don Manuel Fernández de Santa Cruz y Sahagún iba a llegar de visita, por lo que la madre superiora quería darle una rica golosina y desconocida para él, entonces Angelina decidió hervir en agua camotes a fuego bajo y con ellos hizo una pasta consistente a la que agregó piña y azúcar, la dejó enfriar e hizo unas porciones con la pasta en forma de bollo, que después decoró con pinturas vegetales.

El Obispo probó los exquisitos dulces y le pidió a la madre superiora que le dieran una cajita con algunas piezas.

Angelina recibió felicitaciones y la enviaron al Convento de Santa Rosa por un tiempo. Años más tarde, contrajo matrimonio y tuvo varios hijos, con quien trabajó en un expendio de dulces que ellos mismos elaboraban junto al Convento de Santa Clara. En cajitas de cartón colocaban los dulces que tenían como leyenda “Camotes de Santa Clara”.


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