CUENTO: Capítulo VIII de La rebelión de los vagos

Una serie de cuentos literarios escritos desde enero de 2017 a la fecha.

La Barca de los Locos

VIII

Marco Aurelio caminaba mientras divagaba sobre el sistema económico que nos asfixia a todos, sobre el sistema que a él y a su familia los había encumbrado. El dinero es un simple símbolo que representa la ideología condensada; no terminaba de entender: ¿Por qué hacía mejor a una persona que a otra? ¿porque hacía creer a tantos millones que es el único sentido de la vida? Quizás tuviera que ver con la sensación de poder que otorga esta fetichista mercancía: metal, moneda, dinero, valor; ergo, la gente sin dinero no vale, no sirve, no funciona.

El valor nunca estaba en función de las personas, o de otro valor, por el contrario, lo que vale para los humanos es la condensación de intereses y posibles satisfacciones a un deseo interminable hasta la muerte, si se tiene dinero se puede desear con posibilidad, se puede mandar, se puede vivir bien, así reza ahora la especie entera; si te falta dinero: debes pedir, mendigar, servir, simplemente no tienes valor, tienes necesidad.

Seguía absorto en sus pensamientos cuando exclamó: – ¡Eureka!, si los obreros que trabajaban para mi jamás eran dueños de nada, ni de las computadoras, ni de los autos, ni de las acciones; eran para mí como cualquier otro objeto de mi oficina, algo que representa una utilidad para mí, algo intercambiable, algo que me debía rendir una plusvalía, debían darme algo extra más allá de su tiempo miserable de vida rutinaria. Ese era el mandato implícito que les hacía, eso es lo que me oferta el sistema: tener capital, medios de producción y explotar al otro.

Sentía una especie de iluminación al entender tantas causas que tenían tiempo causándole un profundo desencanto. La fuerza de trabajo por fin la entendió como lo que era en su tiempo, “el trabajador era una mercancía más de la cual se debe extraer una plusvalía”, – ¿Por qué nunca se lo dije así a mis trabajadores antes de contratarlos? Se preguntaba una y otra vez.

El vagabundo estaba tirado delante de la inmensa catedral de la ciudad, una catedral que se construyó en 1575; demasiados años de antigüedad tenía el templo. Era un día en el que hacía un calor infernal, pasó con su marcha acelerada el nihilista Marco Aurelio al lado del pestilente vagabundo. El olor del vago era verdaderamente insoportable, el vago le dijo a Marco en voz alta: -una caridad por el amor de Dios.

Marco Aurelio al mirarlo fijamente, comenzó a sentir un coraje tan puro como la lava, un fuego incandescente recorría su pecho. Le propino una patada como si fuera un balón de futbol, el pobre sucio vago rodó y se cubrió el rostro, Marco Aurelio le gritaba: -¿Cómo diablos puedes vivir así?, viejo indecente y haragán.

El vago se dobló del dolor ante tremendo golpe, Marco Aurelio sin muestra alguna de piedad, le seguía dando patadas sin parar, además le gritaba:

-¿Dónde está tu dignidad?, ¿no sientes lo mismo en tu alma de vago cuando te menosprecian?, ¿no te patea del mismo modo tu sociedad?, ¿que resuelven inclusive los que te dan monedas?

Se cansó de patearlo, el indigente hacía sonidos extraños, se dio la media vuelta y de repente, el vago se levantó furibundo tirando un derechazo, se dibujó una sonrisa en la cara de Marco; el vago simplemente siguió tirando golpes mientras Marco Aurelio subía la guardia. En el contra ataque volvió a tirar al vago con un derechazo.

-Vago miserable, pelea; ni si quiera tu odio es puro, no puedes odiar más intensamente que tu debilidad, por eso prefieres ser humillado por todos los seres que se alejan de ti con el mejor de sus ascos.

Se levantó tiro un golpe débil, Marco lo esquivó y el vago recibió dos ganchos al hígado. Parecía no se iba a levantar.

-“Solo es igual a otro quien así lo prueba, y solo es digno de libertad quien sabe conquistarla”, el páter familias del camino del exceso, nos lo enseñó, gritó Marco de nuevo: – ya lo dijo Baudelaire ripioso.

Marco Aurelio propinó 3 derechazos más en la cara ensangrentada del vagabundo, quedo tirado en el piso, apaleado, humillado.

-De pie maldito vago, no me digas que la vida te ha tratado mejor que esto, no me digas que prefieres estar pidiéndole limosna a esos bípedos que solo saben pensar en sí mismos, no son mejores que tú, solo aparentan no tener un dolor como el tuyo, solo aparentan vago.

Marco Aurelio soltó sonoras y locas carcajadas, el puño del vago se apretó, comenzó a recordar la mierda que había soportado del mundo: su orfandad, el aprendizaje de la ley a golpes, los polizontes arrestándole y mofándose de él, las mujeres gritando con cara de asco cuando él se aproximaba, los hombres aventándole comida y corriéndolo de todos los lugares, la peste, la absoluta falta de placer, el no conocer ninguna expresión cercana a la bondad.

Marco Aurelio De La Fuente era la primera vez que interactuaba con alguien con sinceridad en años, tenía tiempo sin manifestar sus emociones, miraba estupefacto al vagabundo levantarse, apoyar primero un brazo y levantarse tambaleándose.

-¿Por qué te levantas vago sin honor ni orgullo, por qué?, gritó furibundo Marco Aurelio.

El vago tiro un golpe que fue esquivado; como si fuera una pelea épica de box, el segundo golpe, corto el aire milagrosamente y le atizo a Marco Aurelio un volado de derecha en el rostro, el cuerpo de Marco giro en la trayectoria del golpe, fue un golpe lanzado con tanto odio y tomó tan mal parado a Marco; que su cabeza golpeó el suelo y rebotó, lo habían noqueado de un solo golpe.

El vago se quedó contemplando con asombro, miró a su alrededor con estupefacción, era de esos días donde había una multitud de gente en la calle, un 16 de Septiembre de 2009. El vago buscaba gente que viera su hazaña y festejar, se sentía alegre, no había sentido alegría en años, pero solo vio el cuerpo noqueado de Marco y caminó para levantarlo.

Movió el cuerpo dormido de Marco y este despertó, con la nariz ensangrentada.

-Ahora sí, dime tu nombre, dijo el noqueado Marco.

-Lo olvidé respondió el vago.

– Te llamaré: “Lapis”, piedra en latín, tienes manos de piedra.

– Bebamos, me siento eufórico-, dijo el vago.

-Bien Lapis, déjame recuperar mi equilibrio, ahora todo es más lento y doloroso.

Los dos nuevos amigos caminaron hasta llegar a una tienda para comprar una botella del alcohol más barato que encontraron. Marco pagó la botella y los vasos, Lapis sirvió el alcohol barato en los vasos desechables.

-Ahora quisiera despedazar a toda la sociedad, podría ser un terrorista en estos momentos, confesó Lapis.

-Sigo sintiéndome mareado maldita sea, exclamó Marco Aurelio sobando su testa. – ¿Te das cuenta que si no presentamos resistencia, cada día seremos más miserables y sometidos? Si esperamos algo de la sociedad, ellos solo nos devolverán más desigualdad, más alienación, en el mejor de los casos; algún trabajo mejor pagado. Recordemos la lección del páter familias que es Baudelaire: “Solo es igual a otro quien así lo prueba, y solo es digno de libertad quien sabe conquistarla”.

– Estas diciendo que debemos saquear y tomar algo para nosotros, exclamó Lapis exaltado mientras bebía con fruición.

– No, la sociedad actual tiene tantos residuos de moral a modo que tomarían un saqueo como un robo, seríamos ratas miserables para ellos; sin que los pudientes que se sienten tan morales y dadivosos, se den cuenta de su responsabilidad en como construimos un mundo desigual por donde se le mire, parafraseando aquel pasaje de la biblia donde el Cristo afirma: “ es más fácil pasar a un camello por el ojo de una aguja, que meter a un rico al reino de los cielos”, no contradigas la moral en turno Lapis o aplastaran a los débiles, solo sus admirados poderosos pueden aplastarlos, solo los millonarios y los estadistas que son sus príncipes sin linaje ni mitos, el dios dinero es mucho más vacuo.

– Entonces, si no hacemos algo violento para conquistar algo de bienestar y bienes materiales: ¿Cómo conquistaremos algo de dignidad para nosotros? Exclamó Lapis interrogativo.

Marco Aurelio respondió suspirando: – La dignidad no la confiere tener posesiones, de nada nos serviría ser millonarios y poderosos si nuestra única aspiración es explotar a personas y después vivir en un castillo. Si les robamos algo, denunciarán una falta moral en un mundo inmoral, ellos pueden ver un político que desfalca millones a todos, aceptar de buena gana que un banco les haga perder su patrimonio, que un funcionario público los extorsione, que un policía los aterre de miedo, todo eso les parece inmoral pero como se los hace un poderoso, lo aceptan de buena gana; pero les es intolerable una rata que les toma un poco de alimento de alguna tienda, si les robas directamente, te denunciarán ante su gobierno de ladrones, si este no hace nada , te golpearan como tú me golpeaste, con su odio más sincero. Ellos soportan lo que sea del poderoso, y al débil lo tratan como son tratados.

– Yo nací en un orfanato, crecí desde los 13 años en la calle; solo pude obtener un par de trabajos donde me echaron por tener mala imagen y apestar, por no tener hogar y estar siempre con estos ripios como ropa, nunca fui a una escuela, nunca tuve mujer, ¿por qué no debería robarles?, ahora que me enseñaste algo sobre la dignidad voy a tomar lo que necesite. Mientras decía esto marchaba como legionario.

– ¿Y cuando tengas lo que crees necesitar?, ¿todo este resentimiento estará satisfecho?, el que tengas comida, casa, auto, ¿aminorara la desigualdad y el sufrimiento del mundo? Respondió Marco enconado.

– ¡A quien carajo le importa el mundo mientras yo tenga donde dormir como ellos! , mientras pueda vivir como ellos, en mi auto, en mi oficina, con mi tierna mujer.-

– ¡Concupiscente!, me dan ganas de golpearte de nuevo, maldito idiota; el objetivo es no ser como ellos, si tus fines solo son: tener dinero y poder, estas jodido, eres más nihilista que yo o ellos, la dignidad está en no vivir para ambicionar, en tener un fin distinto para la vida que el solo tener dinero.-

Marco se sentó en la banqueta un poco afligido. – Dime algo distinto a lo que aspirar en el mundo, lo único que quieren todos es dinero.

Lapis miraba con encono, Marco Aurelio continuó:

– ¿Por qué no elevamos nuestros fines?, si nuestro único valor durante nuestras miserables vidas ha sido perseguir el dinero solamente. Te propongo ahora: persigamos la libertad, la fraternidad, el buscar ayudar unos a otros puesto que todos vamos a la tumba, puesto que no conozco bípedo que no tiemble y se angustie ante la idea de su propia muerte, pongamos como finalidad última: una resistencia que no se venda, que no tenga como fin el poder para una persona, que no tenga como fin un botín de guerra para los que venzan y más esclavitud para los vencidos. Busquemos la sabiduría, la República, intentar parecernos a algún ciudadano de la antigua Atenas. Dijo todo esto mientras hacía manierismos exacerbados, Marco Aurelio después bebió para refrescarse.

– ¿En qué creía un Griego?-, preguntó Lapis, mientras se servía otra copa.

– En la libertad, en el honor, en la educación para tener aristocracia, libertad para poder elegir tu propio destino, si tu destino era morir por defender a tu nación, en libertad lo tenías que decidir, podías no pelear por Atenas, podías irte de la batalla, pero ellos elegían defender su civilización ante la barbarie-, ¿entiendes algo de esto Lapis?

– ¿Ser educado para ser libre?, ¿aprender a leer me hará libre?

– No del dinero, nadie se libra de la esclavitud impuesta por el dinero, pero al menos podrás informarte sobre lo que dices creer, al menos te abre los ojos para elegir y comprender, para saber que elijes sin que alguien lo elija por ti, sin que si quiera te des cuenta, ¿crees que tienes libertad?, Marco bebió con alegría de su vaso.

– Ahora que despertaste en mi algún deseo de lucha, me sorprende que me digas que mi dignidad no me la devolverá tener dinero, siempre creí valer menos por no tenerlo. Dijo Lapis con la mirada triste.

– Diógenes de Sinope vivía en un barril y tenía más dignidad que muchos griegos, me atrevería a decirte que lo recordaron más después de muerto que a la mayoría de los aristócratas de su tiempo.

– No entiendo Marco Aurelio; apelas a que lea libros, pero necesito comer primero, ya tengo casi 40 años, no recuerdo cuantos años tengo exactamente, nunca celebró ni eso en la vida, en mi juventud los huérfanos no teníamos derecho a festejos ni convivencias.

– Vamos a conocer más vagabundos y caminaremos hasta llegar al bosque y salir de la ciudad, debemos encontrar un espacio y una forma de vivir sin acabar con lo que nos rodea, de volver a la naturaleza, a cosechar y sembrar la tierra; ahí cuando seamos una comunidad que construyó su propia aldea en armonía con la naturaleza, construiremos una librería y podrás leer.

-Los libros cuestan dinero, ¿cómo los conseguiremos?, hasta para leer tienes que tener dinero.

-Deja de pensar en eso, terminemos este buen alcohol y vamos a buscar más vagos; por cierto, tienes estrictamente prohibido golpear a mujeres, niños y ancianos, a ellos les hablamos de otro modo.

– ¿Por qué obedecer tus órdenes?

– No tienes ninguna obligación, como te dije antes: la libertad se trata de tener algún valor, ideal, creencia, y que vaya la vida misma en ello. Pero si vas a acompañarme en este largo camino para aprender algo, debes recordar esto que decía Nietzsche: “Quien no sabe mandarse a sí mismo, debe obedecer”. Si me acompañas, es porque te queda aún alguna esperanza en la vida, esa esperanza, que es el peor de los tormentos por que prolonga el sufrimiento, si sigues este camino, afirmaras tu libertad, no mis órdenes, si encuentras un valor en ti: de igualdad, justicia y fraternidad para el mundo, sígueme. Marco estaba de pie y hacía ademanes a su amigo.

-Yo soy una persona que perdió el rumbo y busca su felicidad en otra parte, si no me acompañas en este camino, seguiré solo. Finalmente envejecemos; nos acostumbramos a la miseria de las cosas, con o sin dinero, somos míseros bípedos, nos acostumbramos a lo vano de todo esfuerzo en las ciudades, nos acostumbramos a la vacía esperanza del amor romántico de pareja, más vacuo que nunca, nos olvidamos que ahora es amor de mercado, amor por lo líquido, por el dinero. Somos nihilistas Lapis, tú, yo, la sociedad.

-Vamos, busquemos más vagos.-, exclamó Lapis mientras terminaba la botella con una sonrisa infantil.


POB/JCSD