CUENTO: Capítulo IX de La rebelión de los vagos

Una serie de cuentos literarios escritos desde enero de 2017 a la fecha.

La Barca de los Locos

Caminaron un par de calles más, cuando encontraron a un anciano, probablemente septuagenario, tirado afuera de una iglesia más pequeña. Lapis le increpó, puesto que conocía de vista al hombre.

–“Tú maldito Chivo, la última vez robaste mi botella, pero te perdonaré. Te traigo una buena nueva”.

El vago pestilente y ripioso, lanzó algunos gemidos y le estiró la mano a Marco Aurelio.

Marco le dio la mano y lo levantó:

–“Vamos a fundar una nueva sociedad lejos de la ciudad, esta vez los desposeídos nos alejaremos de los poderosos e intentaremos una utopía, la sociedad se quedará sin vagos. La utopía, decía Galeano, nos sirve para seguir caminando”.

El chivo se quedó mirando al cielo, sonrió para después exclamar:

–“Yo solo esperaba la muerte y me encuentro con ustedes, ustedes no son la muerte”.

Lapis le espetó:

–“¡Qué diantres viejo tonto! La muerte de todos modos llegará, mejor camina en libertad con nosotros, quizás esta pesadilla llamada vida se convierta en un sueño más agradable”.

Marco dijo después con solemnidad:

–“Baudelaire decía: –solo es digno de libertad, quien sabe conquistarla, y solo es igual a otro quien lo demuestra”. Vamos Chivo, trae a tus perros callejeros y únete a nosotros”.

Los tres hombres, junto con 4 perros, caminaban ahora en caravana buscando más vagos; pronto encontraron un basurero con chatarra y desperdicios que podrían servirles, ahí pasarían días buscando desperdicios que, Lapis y Marco seleccionaban.

Las carretas que construyeron, portaban una especie de bandera ripiosa, tenía dibujado al centro de la misma, una calavera con un casco de espartano. Las carretas estaban hechas de madera vieja, pedazos oxidados y llantas usadas.

Tardaron días en terminar sus carretas, cuando volvieron a la ciudad del basurero, ya eran dos vagos, un supuesto nihilista, cuatro perros y dos carretas.

Tiraban de las carretas Lapis y Marco, iban guardando materiales que los ciudadanos normales consideraban desperdicios o basura; materiales que podrían servir para su nueva vida, tuberías, tubos, llaves, herramientas oxidadas, vendían el aluminio que separaban de la basura, vendían también el plástico.

Compraron comida enlatada, lonas, cobijas y jabón. Así pasaron días recolectando objetos que consideraban útiles, al tercer día encontraron a un par de ancianas octogenarias olvidadas, pidiendo limosna y siendo como de costumbre totalmente ignoradas ante la gente con ocupaciones para ellos más importantes que todo lo demás.

Marco se acercó a las tristes ancianas y les dijo: “señoras ¿Por qué están aquí en estas condiciones? ¿cuál es su nombre?”

– “Yo me llamo Soledad y mis hijos me abandonaron, se casaron y se cansaron de mis molestias, de mí. Hice de esta esquina mi hogar. A veces, en algunos albergues nos dan comida”.
– “Yo me llamo Antígona, estoy aquí porque la muerte se llevó a cualquiera que he amado, mi familia, mi esposo murió hace años. Mi único hijo se fue para el norte y no volví a saber de él”.

Marco Aurelio se conmovió casi hasta las lágrimas y exclamó:

“Estamos haciendo una sociedad de desposeídos. A nosotros también la vida nos ha quitado todo, diría el gran Nietzsche: –debemos estar preparados para arder en el fuego de la vida, si no, ¿cómo podremos renacer?– Si esta es nuestra única vida; ha sido una terrible pesadilla, vengan con nosotros, encontremos el amor y el cuidado que esta sociedad no nos dará, entre nosotros, sean pues nuestras madres y abuelas, seamos pues sus hijos perdidos.-

Antígona le respondió a Marco Aurelio, desde el piso donde estaba sentada:

–“Yo no quiero volver a amar a nadie, la vida y su tragedia cotidiana, todo eso que el tiempo nos arranca, llenó de fantasmas mi pensamiento, muertos que parecen vivos, mis amados que ya me fueron arrebatados, los veo a veces en la multitud de rostros vivos, indiferentes, inexpresivos”.

Lapis inmediatamente al escuchar algo tan macabro y siniestro exclamó con gesto compasivo:

–“Pues venga a esperarlos, volvamos a la naturaleza, alejémonos de aquí. No representamos nada más que un estorbo y un desecho para la sociedad en la que habitamos. Quizá podemos morir sin conocer solo el sufrimiento. Quizás el auténtico amor entre desconocidos como nosotros, nos alivie en algo, quizás lo que si conocemos de la muerte, es todo eso que la vida misma nos arranca. La muerte de un ser querido cuando seguimos vivos, estar muertos para alguien que sigue vivo y que amamos, el no importarle un comino a los millones de rostros que pasan por ahí, difícilmente conversar con alguien, el hambre, la intemperie, la ausencia de abrazos, la boca seca, el ardor de estómago. Nosotros ya conocemos a la muerte, mucho más que todos esos sabios que dicen intuir algo sobre esta misma, mucho más que esos sacerdotes y pastores que si tienen techo, nosotros no tenemos nada, ya estamos muertos para ellos, para todos: ¿en serio le preocupa volver a amar? nosotros ya estamos muertos, si conocemos algo de amor completamente misterioso y desinteresado, quizás nuestros últimos días en el orbe, nos otorguen calidez y agradecimiento, la calma y liberación de toda esta soledad , toda esta muerte, un pedazo de cielo en medio de este infierno”.

Las dos ancianas se pusieron de pie y caminaron todos juntos en la noche hasta las afueras de la ciudad.


POB/JCSD