CUENTO: Capítulo XI de La rebelión de los vagos

Una serie de cuentos literarios escritos desde enero de 2017 a la fecha.

La Barca de los Locos

Marco Aurelio continuaba hablándoles durante todo el camino la siguiente perorata según recuerda vagamente este narrador extraviado.

–Yo alguna vez creí en el amor, creía en mi sociedad, en la belleza; yo creí en todo, hasta en Dios. Un mal día, la vida me mostró que de un instante a otro todo lo que creía sólido, se podía disolver, todo a lo que le decía mío, se esfumaba lentamente, todo en verdad os digo todo, la vida lo puede cambiar, de un instante a otro, la muerte está sobre nuestros hombros todo el tiempo.
–Mi vida se diluyó, como se disuelve una pastilla efervescente, como se disuelve la economía, como se disuelven las esperanzas en cualquier estupefaciente, como se diluye la idea de un Dios “bueno” en medio de un campo de concentración, como se diluye la idea del amor en las pruebas que te hace el amado, como se hizo líquido mi mundo, era una especie de alegoría de mi alcoholismo y así llegó mi nihilismo.

Exaltado continuó su discurso:

–Nada convincente podía pasarme, nada interesante acontecía, bebía por aburrimiento, por diversión, por pretexto, bebía por hedonismo, quizás un poco a causa del vacío.
–Después creí en el amor, alguna mujer me destrozó esa idea y volví a beber. Así llegó a mí un buen día el discurso de “el loco de Sils María”; sus libros fueron una revelación que me conmocionó, esta poderosa filosofía cambió mi pensamiento para siempre. Nunca pude dejar de cuestionar mi vida, mi nihilismo, mi ausencia de todo sentimiento, mi repulsión a la mundanidad, mi indiferencia profunda, mi apatía crónica y aguda, el escepticismo puro, la resignación al terror, el espanto ante el dolor, la agonía perpetua de la insatisfacción, la roca del deseo, el abismo del alma, toda mi vida la re-signifiqué.
–Leí a este filósofo errante y solitario; imaginen su solitaria y afectada vida: le encerraron en un manicomio por impedir que un cochero matara a latigazos a un caballo que no podía arrastrar más una carroza. Por hundirse en un profundo y misterioso silencio, algunos petulantes dicen que todo eso fue a causa de la maldita sífilis, pero eso no borra el por qué lo encerraron los policías de la supuesta salud mental.
–Ahí estaban sus palabras, su esencia inmaterial, sus libros, su visión de la vida. Transformó todos mis valores, casi todas mis creencias, mi resignación ante solo esperar la muerte. Este es el heroísmo que me enseño y los ideales bajo los que creo él vivió. Me hizo saber que todo en esta vida es pesado, funesto, difícil de conseguir, a veces este sentimiento, nos impide darnos cuenta del milagro que significa sobrevivir y valorar la existencia, para darse cuenta del milagro que representa estar vivo, basta con caer terriblemente enfermo un día y comprobar la pesadez y la fragilidad de la vida, de nuestro cuerpo, de eso que llamamos vida.
–Solo deseamos si carecemos, somos obtusos para valorar, en estos días se suele valorar lo más efímero, haremos nuevas tablas de valores, no podemos exigir derechos sin conquistarlos, haremos un nuevo pacto social entre los desposeídos. La vida es demasiado breve para pasarla mendigando, construyamos nuestra ciudad, seamos fraternos, debemos destrozar el nuevo Dios de la sociedad: el dinero y la diferencia que este causa a la especie.
–Cambiemos su valor por antonomasia actual, la avaricia, borremos las clases, ninguno merece más que los demás a menos que lo demuestre, la aristocracia se llevará en los modales y la cultura, el mérito será la única posibilidad, la cultura y el mérito serán indispensables para darle órdenes a los demás, los filósofos y pensadores nos mandarán, nadie padecerá de hambre, dialogaremos en una nueva ágora de sabios los asuntos de justicia, seremos utopía hecha realidad. Estamos arrojados en este mundo, pero podemos atrincherarnos en nuestro nuevo sitio, en los bosques.

Marco y el grupo restante y creciente de desposeídos, compartieron la comida preparada por las ancianas cuando llegaron a su incipiente ciudad de los bosques. Antígona y Soledad, estuvieron en silencio mientras los demás, comían como animales salvajes, con la fruición del hambriento.

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POB/LFJ