Impensable regresar a nuestro país: #CaravanaMigrante

En su paso por Puebla, los migrantes están seguros de su objetivo y cruzar la frontera. Pero, en caso de no lograrlo, quieren quedarse en México a trabajar.

La Caravana Migrante, que partió de Honduras a finales de octubre, se fragmentó. Un grupo está en Veracruz, otro en Ciudad de México y uno más en Puebla.

En Angelópolis cerca de 1,200 migrantes centroamericanos, la mayoría originarios de Honduras, llegaron desde la noche del sábado 3 de noviembre. El Polideportivo Xonaca y las iglesias de la Señora de la Asunción y la de San Juan de los Lagos, fueron habilitadas como centros de albergue.

Este grupo se conforma principalmente de niños y mujeres, explicó Jan Jarab, representante en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, quien viaja con la caravana; esa situación hace que el grupo sea más vulnerable, debido a los riesgos que corren los migrantes al atravesar el país.

Aunque el grupo se ha dividido, se espera que toda la #CaravanaMigrante se concentre en la Ciudad de México –esta semana– para avanzar hacia la frontera con Estados Unidos. La información oficial, así como el censo, es escasa. Quienes acompañan a los migrantes hacen estimaciones sobre el número de personas que viajan, así como los trayectos que han decidido seguir.

Familias migrantes

Felipe tiene 26 años, es de Honduras y viaja con su familia. Junto con sus dos hijas y esposa, decidió unirse a la Caravana porque en su país “no hay nada”. Tiene la esperanza de un cambio en su vida, y la de los suyos, al llegar a Estados Unidos, además quiere conseguir un trabajo “en lo que sea”, mientras pueda ganarse algo de dinero.

“Las maras son las que provocan el caos, también por eso nos salimos”, afirmó. En Honduras dejó a su mamá, porque “no había de otra”, pues “hay que seguir para darle una mejor vida”.

Foto: Lizeth Flores Jácome.

¿Y si no logra cruzar la frontera norte?, el joven migrante se quedará en México donde intentará conseguir un trabajo. No quiere, ni piensa regresar a Honduras, pues para él no tendría caso todo el sacrificio realizado hasta ahora.

Junto a Felipe, hay un grupo de migrantes que asientan con la cabeza en todo lo que él dice. Se sienten identificados cuando de esperanza se habla.

El parque de la Junta Auxiliar de La Libertad se convirtió en un refugio y sirvió de distractor para los centroamericanos. En el pasto, se pusieron colchonetas para descansar de la travesía que inició hace 26 días, mientras, los niños usaron los juegos y los aparatos instalados para hacer ejercicio.

En los alrededores fueron instaladas las ambulancias de Cruz Roja, así como de SUMA; además de las unidades móviles que brindaron atención médica y valoraciones de peso y presión.

Un grupo de mujeres voluntarias llegó a una de las esquinas del parque. De inmediato, comenzaron a gritar: “¿les hace falta cepillos de dientes?” “aquí hay ropa, vengan” y la fila comenzó a hacerse.

Foto: Lizeth Flores Jácome.

En la iglesia y su atrio pequeño, los representantes de la ONU en México organizaron los detalles de logística. En el ambiente corrieron las versiones sobre la llegada de otro grupo de centroamericanos y quieren tener listo todo para atenderlos.

En la oficina parroquial, el padre Gustavo Rodríguez y los voluntarios también hacen llamadas telefónicas para preguntar sobre los demás migrantes. Pero la información es incierta y escasa.

Quedarse en México

Dentro de la parroquia, en el suelo, hay cientos de colchonetas y cobijas. Muchos de los migrantes duermen, otros se quedan despiertos, platicando.

Ahí dentro están Alan de 23 y Ever David de 27, de Honduras. Alan es mecánico, estudió una carrera técnica y “le sabe” a la grasa de los coches. Ever se dedicó a la tabla roca y sabe hacer acabados. Ambos viajan solos, sin familiares ni pequeños.

Foto: Lizeth Flores Jácome.

Sobre el bloqueo que ha instalado el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la frontera norte de México, Alan sostuvo que “el loco” no se los va a impedir: “Nosotros no llevamos pobreza, llevamos riqueza, porque sabemos trabajar, vamos a derribar las fronteras”.

Para Alan, la primera noche que pasó en Puebla es la primera en su travesía con descanso, sin preocupaciones y en un colchón. “Llevamos 26 días caminando”. De todo lo que contó, el joven agradeció a los mexicanos haberlos recibido con los brazos abiertos “nos han tratado como hermanos”.

En tanto, Ever David contó que ya conocía Puebla. La primera vez, hace siete años, migró en su búsqueda del sueño americano, pasó por la capital poblana, pero en la frontera con Estados Unidos no pudo cruzar y regresó a Honduras. En esta ocasión, Ever David viaja -sin su esposa ni sus dos hijas, una de ellas de siete meses – para concretar su sueño: «construirle una casa a mi mamá y otra a mi familia”.

Para Ever, la Caravana Migrante representa una oportunidad de cambiar la vida de sus hijas, que tengan algo de lo que él no pudo. Pero, en caso de no cruzar, quiere quedarse en México para poder ganar dinero y enviarlo a su familia.

La historia de Nataly, una hondureña de 24 años, es similar a la del resto del grupo. Migra por falta de oportunidades y para mejorar la vida de sus hijos de uno y cuatro años. Viaja junto con su esposo.

Salieron de Honduras con los niños en brazos y en Chiapas una familia les regaló una carriola en la que ahora hacen sus trayectos. «Es difícil, venir con los niños, estar cuidando que no pasen frío, uno como quiera, pero ellos; voy pendiente de que no se me enfermen. Ahorita traen gripa, pero ya se les está quitando».

Nataly quiere llegar a San José California, sabe que ahí está su papá, aunque no lo conoce. Uno de sus sueños es llegar y convivir con él, además de hacer una vida en la Unión Americana.

Foto: Lizeth Flores Jácome.

Son muchas las historias, muchos relatos, muchos motivos por los cuáles migrar. Pero hay algo en común entre todos ellos: no hay regreso a Honduras, no hay retorno al país que los vio nacer.

Los que viajan solos, esperan hacer dinero para traer a sus familias y reunirse. Las familias migrantes esperan establecerse en Estados Unidos y de no lograrlo, desean trabajar en alguna parte de México.

La mayoría de los entrevistados por Poblanerías refirieron tener un empleo en Honduras; sin embargo, la violencia por parte de las maras, los obligó a dejarlo todo con miras a un futuro mejor.

Todos ven a México como un paraíso, una oportunidad para probar suerte y cambiar su destino.

 


POB/LFJ y AAG