CUENTO: Capítulo I La noche de los tiempos

Era el año de 2050 después de Cristo en el calendario gregoriano. El capitalismo había sucumbido como sistema económico después de una guerra.

I

Vivía en una ciudad desolada del tercer mundo más cercana al olvido que al porvenir, de esas ciudades en las que el supuesto progreso que nos aleja de la barbarie, significa construir lugares bonitos de arquitectura minimalista para unos cuantos habitantes aunque alrededor todo sea un desastre y una guerra, tener autobuses modernos, calles de concreto; el desarrollo se medía en infraestructura no en cultura, mucho menos en valores; el interés era un sentimiento más intenso y auténtico que el mismo amor para sus habitantes.

Aquí el progreso llegaba a pequeños pasos; esta ciudad tenía escenas e instantes tan tristes que había olvidado sonreír de algún modo, también había llegado a mi funesta conclusión sobre el progreso, observando lo que me rodeaba: para mi espíritu, nunca existió ningún avance, ninguna luz; solo un entendimiento de los entes, de las cosas, fue lo que de algún retardado modo creí que nuestra civilización entendió, los valores estaban en franca decadencia, las ciencias se pusieron al servicio del poder económico, las religiones se diluyeron entre el hedonismo, las dudas, la desigualdad, la sed de poder.

Nuestras emociones nunca progresaron, ningún Dios racional podría pretender salvar a la humanidad entera, ningún humano intercedería por la especie entera; Cristo nunca dejó de mencionar la amenaza del castigo eterno. Siempre se odia a cualquier personaje, siempre alguien es atroz e insalvable; parecía una mala película casi siempre, un mal sueño del que quieres despertar, un temor en aumento, un terror inefable; parecía el mismo planeta sucumbiría ante lo que se habían convertido los bípedos; los depredadores más atroces de la naturaleza y del planeta. Consumidores ahogando el orbe en su podredumbre.

Era el año de 2050 después de Cristo en el calendario gregoriano. El capitalismo había sucumbido como sistema económico después de una guerra que casi exterminó a la especie, la desigualdad a inicios del siglo XXI fue creando un resentimiento ordinario entre los pobladores del tercer mundo.

Las religiones gobernaron la ideología del ser humano por dos milenios, pero un fenómeno comenzó a suceder a partir de 1789, la primer revolución de la historia acontecía en Francia, los monarcas del mundo temblaban ante unos campesinos intentando cambiar el orden invisible que los mantenía sometidos.

Y es que la humanidad toda su historia había tenido amos y esclavos, había iniciado en aquel remoto tiempo una idea de justicia e igualdad que permaneció dormida casi dieciocho siglos; las ideas a veces tardan siglos en mostrar sus consecuencias para las sociedades. Los revolucionarios franceses: despreciaban los bienes materiales de los burgueses que solían ser sus amos, sacrificaban sus vidas en aras del ideal de no ser esclavos, preferían morir antes que su vida prosiguiera siendo una servidumbre eterna, millones de ellos morirían en los campos de batalla de toda Europa.

Los monarcas les habían destruido para entonces a los desposeídos sus antiguas virtudes: el desinterés personal, la abnegación, el valor, la aceptación de la muerte. Ellos morían por lo que entendían era: la libertad, la justicia, la fraternidad. Ellos no sabían que después de muertos, un general revolucionario se auto proclamaría emperador. Los revolucionarios de aquel tiempo tristemente nunca se enterarían que la humanidad no conocería la palabra libertad, la dictadura del capital se impondría después de su muerte, la justicia sería relativa para las nuevas sociedades, no sabían de las consecuencias del terror revolucionario, de lo que sería del mundo sin el orden invisible de los reyes, ni que pasaría cuando el poder cambiara de manos, ellos a diferencia de los humanos tardo modernos, aun tenían la capacidad de ofrecer su vida a cambio de sus convicciones. Siglos después la única convicción sería el placer y la comodidad.

La humanidad después de una guerra masiva, descansó unos cuantos años hasta su siguiente gran revolución, y después otra guerra multitudinaria. La primera guerra mundial dejó millones de muertos, pero ahora; estos millones parecía habían muerto por nada, el orden social no cambiaba en su substancia; la libertad y el bienestar colectivo por los que inicialmente millones de humanos murieron; parecía solo eran pretextos para el exterminio de la especie.

Veinte años de una tensa calma produjeron que de los vencidos de la anterior guerra, surgiera el odio más puro, una fuerza nacionalista; un odio que terminó formando la maquinaria industrializada de muerte más atroz que la humanidad tenga registro en su historia. Exterminaron como si fueran una industria de la muerte a países enteros, usaban la tecnología y la ciencia para sus deseos de exterminio.

Esta ultima guerra mundial culminó cuando se demostró que el hombre podía ahora gracias a la tecnología, exterminar ciudades enteras con una sola explosión, la humanidad había llegado a la cima pero en su capacidad para destruir.

Después advino la suma de todos los miedos, de algún modo el obtuso humano entendió que su propia ciencia lo había llevado a un punto de no retorno. Su destrucción, las guerras convencionales continuaron, pero todos sabían de uno u otro modo, que el armamento nuclear era la razón destruyéndose a sí misma, la ciencia al servicio de la destrucción.

Aun así, nunca se dejaron de fabricar bombas, y aunque una aparente paz duró años, la desigualdad en el tercer mundo se fue acumulando, hasta que una oleada de pobladores en América del norte, se comenzaron a acumular al sur del muro que separaba el primer mundo del tercero.

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POB/LFJ