OPINIÓN: La moralina de los empresarios “custodios”

La designación en la presidencia del CCE de Puebla es tan intranscendente como lo que hoy representan en una entidad que carece de verdaderos contrapesos patronales.

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Durante casi 13 años conviví con ellos; supe cómo piensan, cómo actúan, cómo negocian, quiénes son, a quiénes traicionan, cómo emulan, cómo les basta una noche para dejar de ser empresarios y amanecer como flamantes candidatos de algún partido político.

En estas historias del ámbito empresarial poblano, conocí a quien encabezó la primera gran escisión del sector privado a nivel nacional, el empresario poblano Eduardo García Suárez. Me tocaron sus épocas más conciliadoras, cuando establecido en Puebla trataba de relanzar el Consejo Poblano de Hombres de Negocios.

Tuve la suerte de conocer a los grandes “santones” de una iniciativa privada aguerrida, contestataria, crítica, pujante. Ahí, con sus convergencias y divergencias figuraban Don Herberto Rodríguez Concha, Luis Regordosa Valenciana, Antonio Sánchez Díaz de Rivera, José Antonio Quintana, José Manuel Rodoreda, Luis García Teruel, Jorge Espina, Javier Cabanas, Juan José Rodríguez Posada, Carlos Pumarino, entre muchos otros.

Con todos ellos marché en las calles de Puebla, reporteando aquella manifestación de repudio y protesta ante los llamados “megaproyectos” de un estrenado gobernador con puño de hierro como fue Manuel Bartlett.

Esto era la iniciativa privada en Puebla. Un núcleo forjado con muchos dogmas ligados a esa doctrina panista que si bien no ventilaban, sí la abrazaban en sus consejos y designaciones dentro de los organismos patronales.

Fui testigo de la segunda gran ruptura patronal en Puebla. Atestigüé la noche de los cuchillos en el quinto piso del llamado edificio empresarial, donde el industrial textilero Eduardo García Migoya, rodeado de un grupo de empresarios entre los que figuraban Javier Maldonado, Luis Gerardo Inman e Yraclis Psihas respaldaban un movimiento para terminar con los cacicazgos y dedazos en un gremio donde las cúpulas eran ocupadas por default por las llamadas “familias custodias” que reclamaban cuotas para sus herederos, quienes tenían que pasar por algún organismo empresarial, antes de dar el siguiente paso y brincar a las candidaturas en el blanquiazul.

García Migoya no logró llegar a la presidencia del Consejo Coordinador Empresarial, pero sí pudo crear su quinta columna a través del Consejo de Organismos Empresariales que durante algunos años dieron una verdadera batalla al “oficialismo patronal”.

El paso del tiempo ha sido inexorable, y lo que alguna vez fue un gremio con una verdadera representatividad, hoy subsiste como una caricatura de los viejos y buenos tiempos.

El carácter de autonomía de los organismos empresariales está más que disminuido ante los problemas financieros y de afiliación que muchos de éstos enfrentan debido a la falta de credibilidad y de los servicios reales que ofrecen a sus agremiados.

En la víspera de nombrar a un nuevo dirigente en el Consejo Coordinador Empresarial de Puebla, la caballada está más que famélica –y no por los nombres, hombres o apellidos– sino por lo que realmente representan para los empresarios en Puebla a quienes les interesan asuntos de más relevancia en su entorno particular que la elección que se de en una cúpula cada vez menos representativa.

Con menos socios y problemas financieros, las cámaras empresariales en Puebla desde hace años practican la doble moralina donde ellos mismos se han tenido que poner la mordaza, simular pegar con la mano derecha pero cobrar con la mano izquierda los jugosos subsidios que reciben de los gobiernos en turno.

La designación en la presidencia del CCE de Puebla es tan intranscendente como lo que hoy representan en términos reales para la vida económica y social en una entidad que carece de verdaderos contrapesos patronales.

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POB/LFJ