OPINIÓN: El volumen de nuestra voz

Al hacer uso de plataformas de redes sociales, nuestra voz tiene un volumen y, en consecuencia, un alcance mayor.

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Los servicios y aplicaciones basados en Internet han favorecido que las personas accedan y compartan información con una facilidad que no conocíamos en otras épocas. Sin embargo, muchas señales indican que aún necesitamos calibrar estas opciones de comunicación, sobre todo cuando participamos en debates públicos como el que surgió después de la marcha en contra de la crisis por violencia de género en distintas partes del país.

Nuestra sociedad debería recordar por mucho tiempo el 16 de agosto de 2019. Las participantes de la marcha sintetizaron el hartazgo provocado por la falta de respuestas serias por parte de las instituciones de gobierno. En Ciudad de México, por ejemplo, lo acontecido durante la manifestación abrió una caja de sorpresas en relación al debate público del tema.

Desde el lugar común de “esas no son las formas”, hasta el hecho de que una de las notas principales haya sido un hombre golpeando a otro que cubría la manifestación, buena parte de la discusión se centró en algo que no tenía relación con el motivo central de la protesta. No voy a ahondar en los argumentos relacionados a la validez de las formas de manifestarse; hay personas que ya lo han hecho mejor que yo. Lo que llamó mi atención es la facilidad con la que muchas personas pueden compartir información sin verificar.

No se trata de la primera vez que los participantes de una protesta se ven involucrados en destrozos, pintas y lesiones. El preocupante patrón es que tales actos parecen estar planeados para “reventar” la manifestación o para desviar el foco de la atención pública. Pasó con la marcha del 16 de agosto, pero también al inicio del sexenio de Enrique Peña Nieto o durante una de las marchas para conmemorar el 2 de octubre. No es cuestión de los colectivos que participan, al parecer.

Lo que ocurre en redes sociales después de las manifestaciones es que muchas personas terminamos encerradas en una cámara de eco. Leemos y compartimos información con la que coincide nuestra forma de pensar. Por tanto, es común que reaccionemos con mayor frecuencia a este tipo de contenido y eso provoca que los algoritmos nos muestren más información similar. De alguna forma, permanecemos en una burbuja informativa.

Apenas hace un par de semanas señalé en este espacio que, a pesar del rol que tienen los algoritmos en algunas plataformas, confío en el criterio de las personas que hacen uso de Internet. Desafortunadamente, después de la manifestación del 16 de agosto, confirmé que necesitamos fortalecer nuestras habilidades al momento de acceder a información y, sobre todo, al compartirla. Esto es algo en lo que los medios de información deberían destacar, aunque no siempre ocurra así, como ya abordó Andrés Solís, aquí mismo en Poblanerías.

La reflexión necesaria debería apuntar también a nosotros como usuarios finales. Lo hemos visto en este caso y también en otros, sobre todo relacionados con algunas autoridades públicas (como aquél bulo que decía que el Presidente aparecería en la portada de los libros de texto gratuitos). Al hacer uso de plataformas de redes sociales, nuestra voz tiene un volumen y, en consecuencia, un alcance mayor.

Ya no se trata del pensamiento en voz alta que compartimos en donde habitamos o en el trabajo. La promesa de promover nuestras ideas a nivel global es cada vez más latente y necesitamos ser conscientes de la responsabilidad que ello implica. Como lo he mencionado en varias ocasiones, no se trata de usar Internet con miedo; tampoco es cuestión de dejar de usarlo. Por el contrario, se trata de una invitación a entender las ventajas y las consecuencias del uso de sus aplicaciones y servicios.

Pueden contactarme en: [email protected] y en Twitter, a través de:

Israel Rosas es analista de políticas de Internet que se desempeña en la intersección entre tecnología y comunicación, con experiencia en procesos regionales y globales. Es egresado de Ingeniería en Comunicaciones y Electrónica por el Instituto Politécnico Nacional.


POB/LFJ