Renata llegó el 1 de marzo a Alemania, esperando tener un semestre de intercambio académico. Sabía que las primeras semanas iban a hacer de inducción, sin clases, al  menos durante 15 días. Había escuchado sobre la pandemia, sin embargo, esta se veía lejos, como si no fuera alcanzarlos.

Pero todo empezó a cambiar poco a poco. Un día, les avisaron que las actividades de los estudiantes internacionales, para familiarizarse con el entorno trasladaría su comienzo hacia finales de abril. En ese momento el virus empezaba a cobrar facturas fuera de China.

DORMITORIOS DE MÖHRINGEN, STUTTGART EN ALEMANIA
Fachada de los dormitorios de estudiantes en Möhringen en Stuttgart, Alemania. Foto: Cortesía Renata.

Renata valoraba que tendría un mes sin hacer nada, no podía viajar, no podía tener contacto con sus compañeros, y la universidad que la había enviado de intercambio desde México, no se pronunciaba al respecto.

En la residencia para alumnos de intercambio donde iba a vivir, empezó a ver que los demás estudiantes internacionales se regresarían a sus lugares de origen. Quienes habían llegado de California y Canadá fueron contactados por sus universidades, para regresar a casa.

De pronto empezó haber compras de pánico en Möhringen que está en Stuttgart, un pueblito de menos de 1000 personas, que es donde ella vivía. Esto comenzó a ponerla nerviosa. Los dormitorios donde se quedaba eran muy pequeños y empezó a valorar regresar con su familia a México.

En tres días pasó todo

Vista de Möhringen por la noche
El día que Renata regresó a México, así lucía Möhringen en la madrugada.

De pronto la universidad original de Renata, le escribió para decirle que contaba con su apoyo, que no se preocupara económicamente por el semestre, y eso hizo que ya quisiera regresarse, al mismo tiempo que sus padres se ponían nerviosos y también entraban en pánico.

Por ejemplo, como su hermana también estaba allá de intercambio, sus padres tenían planes de ir a visitarlas, pero evidentemente eso se canceló.

Renata se sintió presionada, vio cómo toda una experiencia alrededor de lo académico, como visitas y turismo, se esfumaron. Y finalmente, la estocada final: la universidad alemana le escribió para decirle que las clases estaban canceladas, y que no habría formato on line para llevarlas acabo.

El nuevo objetivo estaba claro, regresar a México. Empezó a ver opciones para cambiar el vuelo sin costo. Sin embargo sus padres le pedían que se quedara, por la experiencia que representaba; pero ella no se sentía cómoda con esa decisión.

La disyuntiva se presentaba, porque ya había hecho compras para tener todo lo necesario en su vivienda, incluso realizando trámites administrativos y bancarios. Sin embargo pudo resolverlo mediante algunas donaciones, y reembolsos.

La odisea del viaje de regreso

Vista de la sala de espera en el aeropuerto
Vista de la sala de espera en el aeropuerto de Alemania.
Foto: Cortesía Renata.

Su vuelo salía a las seis de la mañana. Para quien ha viajado en avión, sabe que ese horario puede ser un verdadero dolor, sobretodo en vuelos internacionales, por las horas de anticipación que se requieren y lo peor, si tiene escalas.

Intentó reservar una noche en el hotel más cercano al aeropuerto, para poder salir de ahí de madrugada, y hacer un viaje corto. Sin embargo los hoteles ya tenían restricciones, y solamente podían hospedar personal médico. Tuvo que hacer un largo viaje en taxi a mitad de la noche.

Hizo una escala de siete horas en Amsterdam. Le llamó la atención cómo vestía la gente; los famosos trajes con tapabocas y lentes, como lo marca el protocolo de salud, para evitar contagios.

Mientras esperaba su siguiente vuelo, vio llegar a más mexicanos, incluso algunos, provenían del Dubai.

Ella misma relata los protocolos que tuvo que seguir. Por ejemplo, llevar una gorra y guantes, además del cubreboca.

¿La comodidad del hogar?

Cuando llegó a México, el martirio estaba lejos de terminar. No pudo abrazar a su familia cuando la recibió, su mamá lloraba y sólo la saludaban desde lejos. Pero había un plan, le habían llevado un cambio de ropa y bastante gel anti bacterial.

En su propia casa estuvo en cuarentena durante dos semanas. No salió de su habitación y no tuvo contacto con nadie, le llevaban comida y se la dejaban afuera, para ella después tomarla. Renata explica que, afortunadamente, su cuarto tiene un baño propio y una pequeña terraza, lo cual colaboró a que su aislamiento, no fuera tan incómodo.

Semanalmente, tiene una cita por Skype con su psicóloga. Atiende un problema de ansiedad que se le ha desarrollado por no poder salir, y por tener la sensación de haber perdido el semestre escolar, en realidad, desde diciembre no tiene clases. Aunque ahora hace planes con amigos para desarrollar guiones y producciones. Es estudiante de comunicación.

 

Renata es una de tantas estudiantes, que regresaron a casa por el temor de enfrentar un aislamiento y una pandemia, lejos de la familia. Varios países europeos ya están en la etapa final de los contagios comunitarios y poco a poco regresan a su nueva normalidad.

En teoría, México está por iniciar la suya. Sin embargo la economía no se encuentra en sus mejores condiciones y la recuperación será más lenta.

Dentro de lo negativo, Renata podría considerarse afortunada, porque pudo regresar y no se quedó varada, como otros mexicanos. Además los empleos de sus padres, de quienes aun depende económicamente, son de los esenciales para esta nueva normalidad y el estrés que se le ha generado, está siendo tratado.

 

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POB/JCSD

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