PELÍCULA: Los olvidados, la frontera entre lo real y lo onírico

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21 días de filmación, entre febrero y marzo de 1950, dieron como resultado una obra maestra: Los olvidados, que aparece en todas las listas posibles de cinefilia.

Como sucede con los clásicos, estamos ante una cinta que siempre encuentra a su público y esto fue lo que ocurrió hace una semana cuando estuvo disponible a través del sitio web de la Filmoteca de la UNAM. ¡Qué maravilla que esta película haya provocado el colapso de la página!

La Filmoteca celebró su 60 aniversario con una restauración impecable, en la que colaboraron la misma filmoteca, la Cineteca Nacional, The Film Foundation (fundada y dirigida por Martin Scorsese) y Televisa (empresa titular de los derechos de la película).

Ojalá que esta versión reciba el tratamiento que merece en Blu-Ray y no solo se quede en las proyecciones de festival. Mientras, con menor calidad de imagen, usted, querido lector, puede descubrir esta joya del cine en YouTube.


El título Los olvidados es una referencia a sus protagonistas: Una pandilla de niños y adolescentes que vagan por las calles de la Ciudad de México, un territorio perseguido por la muerte.

Vaya que la muerte tiene un papel central. El Jaibo (un pícaro Roberto Cobo), líder del clan, comete un asesinato que convierte la vida de todos los marginados en un infierno todavía más abrasador. A unos niños que se comportan como gallos de pelea o toros embistiendo, la gran ciudad los transforma en gallinas abatidas. Una ciudad que los olvida.

El director español Luis Buñuel, que para entonces llevaba cuatro años viviendo en México, recorrió las calles de la capital para mirar de cerca a estos vagabundos y aprender su lenguaje. El retrato que terminó por filmar es de una crudeza difícil de digerir.

Así lo cuenta Buñuel en Mi último suspiro, su libro de memorias: “Algo disfrazado, vestido con mis ropas más viejas, miraba, escuchaba, hacía preguntas, entablaba amistad con la gente. Algunas de las cosas que vi pasaron directamente a la película”.

Sin embargo, las imágenes más memorables de Los olvidados abrevan del surrealismo –esa loca manifestación del subconsciente– y no de la realidad. El Jaibo mata a su rival en presencia de Pedro (Alfonso Mejía), quien deberá guardarle el secreto. Esa noche, Pedro sueña con su madre (Estela Inda) paseándose por su casa a la manera de un fantasma.

Ella lo abraza y le regala una gallina deshuesada cuando de repente surge por debajo de la cama la figura de El Jaibo, arrebatándole al animal. La secuencia del sueño no solo es una extravagancia visual; es una penetración en la mente de Pedro, una prefiguración de lo que viene y por eso funciona.

En otra escena, uno de los niños apodado El Ojitos (Mario Ramírez) bebe leche directamente de la ubre de una burra. Buñuel logra borrar la frontera entre lo real y lo onírico. Esa degradación que vemos del humano convertido en animal parece una pesadilla, pero quizás solo sea un espejo en el que nos reflejamos como lo que somos: una pandilla de salvajes.

Ese reflejo poco halagador provocó la rabia de muchos en el México de 1950. Buñuel escribió:

Uno de los grandes problemas de México, hoy como ayer, es un nacionalismo llevado hasta el extremo que delata un profundo complejo de inferioridad. […] Los raros espectadores salían de la sala como de un entierro”.

Hoy vemos la pantalla pasmados porque los sueños de Buñuel fueron profecías.

LA PALOMITA:

Los cielos que fotografiaba Gabriel Figueroa (frecuente colaborador de Buñuel) están casi ausentes en Los olvidados. No había mito que perpetuar.

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“Irresponsibility is part of the pleasure of all art” P. Kael

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POB/JCSD