Rumbo al Ariel 2020: Cortos de animación

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La forma del cortometraje tiene sus propias exigencias. Retomo dos del libro que escribió Roberta Marie Munroe, programadora del Festival de Sundance por cinco años: simpleza narrativa (pocos personajes y locaciones), así como concisión en el guión. Un corto tendrá más posibilidades de ser premiado, dice Munroe, si dura menos de 15 minutos.

Estas exigencias se cumplen en cuatro de los cinco cortometrajes animados candidatos al Ariel, el galardón por excelencia del cine mexicano. Confieso que no he visto Eclosión de Rita Basulto, por lo que centraré mis comentarios en los filmes que pude encontrar en la web.

Hant Quij Cöipaxi Hac (La creación del mundo) de Antonio Coello es todo un viaje mitológico. La voz en off de niños seris habitantes del desierto de Sonora –hablando en su propia lengua– guía un relato sobre el origen de la creación según la tradición oral de este pueblo indígena.

Con dibujos de trazo sencillo, los niños nos comparten verdaderas perlas de la cosmovisión seri. Entre otras cosas, cómo la deidad Hant Caai envió caracoles, ballenas y tortugas al fondo del mar para recoger la arena que nos permite vivir en tierra firme.

Una serie de cantos tradicionales remata un corto redondo y sensible, cuya principal virtud es su diseño coral. Cada niño defiende su versión de la leyenda, arguyendo que su abuela conoce ciertos detalles de la historia. Esta conexión entre la generación más joven y las ancianas seris da como resultado una película contada desde las entrañas; un hechizo del pueblo de Desemboque que encanta a los espectadores.

Otra maravilla es El tigre sin rayas de Raúl ‘Robin’ Morales, corto ideado en México y realizado en el estudio de animación francés Folimage. Morales convenció a un jurado de expertos en la industria del cine de otorgarle una residencia artística en el país galo y vaya que los resultados están a la vista.

Cada cuadro del filme es una excelente pintura al pastel y seguir la narrativa es como hojear un libro lujosamente ilustrado –queda claro que así se originó el proyecto, como un libro de arte pop-up–. El tigre protagonista es un cachorro diferente al resto, sin rayas, que comprende su valía después de recorrer muchos paisajes. Un viaje de descubrimiento que renueva la historia de El patito feo.

De corte más inquietante es Adelina de la directora Ana Portilla. Una niña visita un museo con pinturas de Remedios Varo, Balthus, Dalí, Caravaggio y otras luminarias. El impacto que las creaciones tienen en Adelina conduce a una reflexión sobre el poder del arte; un poder que trastorna a quienes observan con cuidado.

Imposible no destacar la sintonía del equipo creativo. La fotografía de Hannah Sotelo, con objetos fuera de foco y tomas de gran profundidad de campo, refuerza el desequilibrio en el personaje principal. La música deliciosa de Roberto Malvido otorga fuerza dramática al relato.

Quizás el corto menos logrado del conjunto sea Dalia sigue aquí dirigido por Nuria Menchaca. Este trabajo de denuncia política se concentra en una niña que pierde a su padre y que, acompañada por una gallina, despierta al drama de los desaparecidos en México.

El ejercicio es interesante con el fondo de la animación compuesto por recortes de periódico, pero el guión ofrece pocos detalles de la relación entre la niña y su progenitor. Con esa carencia, el espectador difícilmente conectará con el sentimiento de pérdida que invade a la protagonista.

LA PALOMITA:

Animar cuesta mucho dinero. De los 77 cortos inscritos al Ariel 2020, solo nueve fueron obras animadas. ¡Celebremos a los artistas que son ejemplo de resistencia!

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“Irresponsibility is part of the pleasure of all art” P. Kael

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POB/LFJ