Veronika Voss: Fassbinder y el drama de las adicciones

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La mítica cantante francesa Édith Piaf recibía grandes dosis de morfina para poder presentarse en público hacia el final de su vida. Marilyn Monroe, a quien estuvo dedicada esta columna la semana pasada, ingería barbitúricos para sobrellevar el insomnio y continuar con su carrera de estrella cinematográfica. Las dos divas murieron jóvenes, con un año de diferencia.

Esta tragedia, de la celebridad y el talento opacados por la adicción, se encuentra al centro de La ansiedad de Veronika Voss. Estrenada en febrero de 1982, cuando ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín, se trata de la penúltima película dirigida por el alemán Rainer Werner Fassbinder.

La cinta sigue los pasos de Veronika Voss, actriz estelar del régimen nazi que para 1955 –año en que transcurre el relato– se ve a sí misma lejos del cine y de la fama que gozó en el pasado. Es una actriz en decadencia magistralmente interpretada por Rosel Zech. Veronika, tras asistir a la proyección de una de sus películas, conoce al periodista deportivo Robert Krohn (Hilmar Thate), quien se enamorará de ella e intentará salvarla de su poder autodestructivo.

El filme es una carta llena de referencias cinéfilas. Tras su primer encuentro, la pareja protagonista aborda un tren que hace escala en Geiselgasteig, un barrio de Múnich hogar del emblemático estudio Bavaria. Por las instalaciones del complejo pasó Alfred Hitchcock, quien rodó en Múnich sus dos primeras películas a mediados de los años veinte. No es ninguna sorpresa que Veronika Voss baje en dicha parada.

Otra referencia tiene lugar cuando Veronika vuelve a los sets, mostrándose incapaz de actuar un breve diálogo. Es una escena sobre la producción de cine dentro de la misma película, a la manera de Sunset Boulevard. En esta última, la olvidada actriz Norma Desmond visita al emblemático realizador Cecil B. DeMille (interpretado por él mismo). En La ansiedad de Veronika Voss, la luminaria nazi recibe instrucciones de Peter Zadek, conocido director del teatro alemán (aquí también con un cameo del propio Zadek).

Tomando el té y con unas velas cerca de su rostro, la protagonista le dice al reportero enamoradizo: “Luz y sombras, los dos secretos del cine”.

Esta alusión a la gran pantalla se materializa en la estética de la cinta. La fotografía en blanco y negro, a cargo de Xaver Schwarzenberger, es rica en contraste. Por momentos, la intensidad del blanco es tanta que confunde a la mirada del espectador, como si el estado mental de Veronika Voss traspasara el plano del guión para convertirse en luz. Luz cegadora.

El comentario político es habitual en el cine de Fassbinder. Aquí el director articula un discurso en que las generaciones de alemanes que vivieron bajo el Tercer Reich están condenadas al terror interno, a la muerte en la locura. Este terror interno lo experimenta uno de los personajes, un anticuario sobreviviente del campo de concentración de Treblinka.

La conexión de Fassbinder con su material quizá fue más allá de las decisiones estéticas y las ideas políticas. La película sostiene un vínculo con el drama personal del cineasta: Fassbinder, como Veronika Voss, tenía un problema de adicción. Su gusto por la cocaína lo condujo a una muerte temprana, ocurrida a los cuatro meses de haber ganado el Oso de Oro.

Como los blancos del filme, la obra de Rainer Werner Fassbinder deslumbra a los espectadores sensibles. James Roy MacBean escribió con desdén en 1982: “Su prolífica obra cinematográfica es en realidad un vasto cuerpo de remakes de telenovelas diurnas para cinéfilos bohemios”. Entonces, ¡qué viva la bohemia!

Usted, querido lector, puede ver La ansiedad de Veronika Voss en MUBI, hasta el 25 de agosto.


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