Antes de la construcción del Panteón Municipal de Puebla, en 1880, en la ciudad había varios camposantos, los principales ubicados en El Carmen, La Concordia, La Merced; y otros provisionales construidos en los atrios de San Miguelito, Santa Ana, San Matías y San Sebastián.

De todos, el panteón del Carmen era el de mayor extensión.

Cuenta la leyenda que, al morir, las personas adineradas eran enterradas con joyas y sus tesoros más preciados, como anillos, aretes y relojes.

Sin embargo, las tumbas se convirtieron en un botín jugoso para los ladrones que comenzaron a profanarlas en búsqueda de los tesoros de los que hablaba la gente.

Según la leyenda, hubo casos de poblanos enterrados con grandes joyas como el padre Moreno Rodríguez, párroco de la iglesia de San Miguel que, al morir, fue enterrado en El Carmen con una cruz de marfil china, llena de rubíes y diamantes. O como el doctor Eugenio Ibáñez que fue enterrado con sus sortijas y reloj inglés de oro.

Foto: Agencia Enfoque

Ambas tumbas fueron profanadas para robar las lujosas joyas. Este hecho tuvo consternado al barrio de El Carmen pues se hablaba que, para robar las joyas, los malhechores cortaron manos y dedos de sus víctimas.

Con estas escandalosas noticias, muchos poblanos ya no querían ser enterrados en cementerios por miedo a que sus cuerpos fueran objeto de maltrato.

Por varios meses, las autoridades buscaron a los responsables de tan horribles crímenes pero no había pista que les llevara al culpable.

Un día comenzó a circular en las conversaciones de cafés en los portales que, el profanador de tumbas era Fernando de Urdanivia y Peñafiel, quien era conocido por hacer préstamos y se dedicaba a la compra venta de joyas.

Los rumores apuntaban a que don Peñafiel vendía en su tienda algunas de las joyas que habían sido robadas de las tumbas como aquella cruz de marfil que fue robada al cadáver del padre Moreno Rodríguez. Y aunque don Peñafiel se juraba inocente, su tienda comenzó a perder popularidad.

Pero las versiones eran ciertas.

Al ver su reputación arruinada, don Peñafiel pensó en huir a Jalapa, pero necesitaba dinero. Entonces decidió dar un último golpe. La noche de Navidad, alrededor de las 3 de la mañana, acudió al cementerio donde se topó con la tumba de Agustina del Haro y Tamariz.

Foto: Agencia Enfoque

Mientras sacaba la tierra, rogaba por encontrar algún objeto de gran valor y lo que encontró, no lo decepcionó. Doña Agustina llevaba puesto un guardapelo antiguo de oro, una pulsera hecha de monedas de oro, collares de perla y de oro, así como un anillo de zafiro del tamaño de un garbanzo.

“¡Oh, dios! ¡gracias!” decía mientras se preparaba para robar. “Con su permiso”, dijo al sacar una pequeña sierra con la que iba a cortar la mano.

Pero un “no” se escuchó en medio de la oscuridad.

El ladrón se puso nervioso y al revisar a su alrededor y no ver mas que las tumbas frías, continuó con su fechoría.

“Te dije que no”, se escuchó nuevamente.

En ese momento, el cadáver cobró el mayor miedo de don Peñafiel. ¡Los muertos revivieron para cobrarle caro su crimen!

Aterrado, trató de huir del panteón pero de las tumbas se escuchaban frases como “devuélveme mis joyas”, “entrega mi anillo”.

A la mañana siguiente, el lugar era un completo desastre. Varios cadáveres fueron encontrados fuera de su tumba. Cerca de la Iglesia se encontró el cuerpo de Fernando Peñafiel y al lado, la pequeña sierra con la que cometía sus crímenes.


Leyenda basada en el libro: Otras Casas y Lugares Malditos de Puebla, escrito por Orestes Magaña.

 

 

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