PELÍCULA | Regreso a las salas: Las brujas

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La pandemia de coronavirus no deja títere con cabeza. Ha trastocado nuestra relación con el cine: Estar en una butaca, con otras personas alrededor, es ahora un acto excepcional.

Un acto que se agradece porque el espacio físico está pensado para que el espectador disfrute plenamente una película. A esto contribuye el tamaño de la pantalla, la calidad del sonido y la oscuridad de la sala.

En el camino empedrado del COVID-19 quedó la experiencia colectiva de ir al cine y mucho, mucho dinero. La recuperación será lenta. Cada quien sopesa los riesgos y decide cuándo es el momento idóneo de volver a las funciones.

Yo tomé mi asiento acostumbrado, por primera vez desde marzo, para ver Las brujas del director Robert Zemeckis, cineasta que ha conocido mejores tiempos con éxitos como Volver al futuro (1985) y Forrest Gump (1994).

El filme está basado en la historia de Roald Dahl, autor cumbre de literatura infantil con títulos como Matilda y Charlie y la fábrica de chocolate. El universo de Dahl se caracteriza por personajes extravagantes, toques grotescos y una cierta hostilidad a los más pequeños.

Pensemos en la repulsión que provocan los niños invitados a la fábrica de Willy Wonka (con la excepción de Charlie, claro) y en el coraje mal dirigido de los señores Wormwood a su hija adoptiva, Matilda. Los tintes oscuros del mundo de Dahl aparecen suavizados y con mucha azúcar en la más reciente versión de Las brujas.

El espectador seguirá los pasos de un niño (Jahzir Bruno) y su abuela (Octavia Spencer) hacia el hotel más lujoso de Alabama. En el resort se encuentran con decenas de hechiceras, quienes tienen el objetivo de convertir a todos los niños en ratas y así erradicarlos de la faz de la tierra, bajo la batuta de La Gran Bruja (Anne Hathaway).

Esta adaptación cinematográfica palidece en varios aspectos frente a su homónima de 1990, dirigida por Nicolas Roeg. La película de Zemeckis es muy blanda y desconfía de la capacidad de los niños para lidiar con situaciones y emociones complejas.

La versión de 2020 no muestra al niño protagonista conviviendo con sus padres antes de que estos sufran un accidente. La de Roeg sí lo hace; incluso vemos a la abuela llorando en los primeros minutos y todo esto logra crear un vínculo más estrecho entre los personajes.

La abuela de la primera cinta es una mujer dura que ha sufrido en carne propia el delirio de las brujas. La cámara registra cómo pierde la consciencia y qué tan cerca está de dejar completamente solo a su nieto. En la película de Zemeckis, este mismo personaje es cómico –un encasillamiento actoral de Spencer– y solo tiene tos. El niño no experimenta el miedo de un abandono total.

Las brujas, en este año pandémico, son caricaturas. Roeg mostró que la mujer más perversa puede ser la mucama o cocinera del hotel. En cambio, las brujas de Zemeckis no tienen conexión con el mundo real y son una masa uniforme.

Lo que es peor, a la Gran Bruja de Hathaway le falta toda la naturalidad y la sofisticación propias de la villana tan bien encarnada por Anjelica Huston hace tres décadas. Huston impregnó a su bruja de un aura sexual interesante; a Hathaway solo se le percibe exagerando gestos y alargando palabras.

Las comparaciones son odiosas, pero una historia rica en matices terminó por convertirse en un producto soso, más caro y demasiado masticado para niños. Está la distancia entre el niño y la rata.

Las brujas sigue en cartelera. La mejor adaptación está disponible para compra y renta en Amazon Prime Video. 

LA PALOMITA: Hoy arranca el ciclo en línea La Revolución Mexicana a través del cine, que organiza la Filmoteca de la UNAM. Mucho ojo.

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“Irresponsibility is part of the pleasure of all art” P. Kael

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POB/LFJ