PELÍCULA: Mank, una fuerza creativa de Citizen Kane

El director David Fincher optó por una cara del dilema con el reciente estreno de Mank, una historia escrita por su padre ya fallecido, Jack Fincher

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Titulares elogiosos sobre Mank han visto la luz en las últimas semanas:

Variety: “Con ‘Mank’, David Fincher regresa a la carrera por el Óscar a Mejor Director”.

The Hollywood Reporter: “Oscars: La película de Netflix de David Fincher, ‘Mank’, se lanza al frente de la carrera”.

Indiewire: “La mejor película de David Fincher desde ‘La red social’ pone a Hollywood en su lugar”.

Por supuesto que Netflix ha destinado millones de dólares a la promoción de esta película, en otro intento por llevarse el premio Óscar más importante. El gigante del streaming quiere consolidar su prestigio en una industria en la que todavía muchos lo ven con recelo.

Netflix es un dilema en el mundo del cine: Por un lado, la empresa productora puede dar total libertad creativa a directores con una voz autoral. Vienen a la mente Martin Scorsese con El irlandés, los hermanos Safdie con Diamantes en bruto y Noah Baumbach con Historia de un matrimonio.

Por el otro lado, Netflix priva a los directores de la exhibición en salas de sus películas. El director David Fincher optó por una cara del dilema con el reciente estreno de Mank, una historia escrita por su padre ya fallecido, Jack Fincher, que tenía en el archivero desde los años noventa. ¿Por qué no pudo trabajar antes en esta cinta? Por la negativa de productores a que filmara en blanco y negro.

El blanco y negro –por momentos magistralmente ejecutado gracias al fotógrafo Erik Messerschmidt– remite aquí a la época dorada de Hollywood, en la que los grandes estudios se peleaban por tener a la estrella más bella y taquillera. En este Hollywood trabajó el escritor Herman J. Mankiewicz.

Orson Welles contrató a Mankiewicz para escribir su ópera prima, Citizen Kane. Una lucha intestina por el crédito del guión rompió con la relación: Welles deseaba que su nombre apareciera en pantalla como autor de la historia; Mankiewicz consideraba Citizen Kane como su mejor obra. Al final, el crédito fue compartido.

Esta historia es la médula de Mank. La película juega con líneas temporales; una central situada en 1940, con Mankiewicz alcohólico escribiendo Citizen Kane postrado en una cama y otras más, que revelan sus peripecias en el Hollywood de los treinta a través de flashbacks.

El uso del flashback es un guiño estilístico a la cinta de Welles, repleta de este recurso. Y así como Citizen Kane cuenta con una voz en off que narra la vida de William Randolph Hearst en una cápsula informativa, Mank cuenta con los encabezados de las escenas en texto: “Ext. Victorville – Rancho de huéspedes – Día – 1940”. Recursos que dirigen la atención hacia el artificio del relato mismo.

Esta reivindicación del relato y su creador –Mankiewicz– no es una novedad de Mank. En 1971, la siempre controvertida Pauline Kael publicó un larguísimo ensayo titulado “Raising Kane” (130 páginas en versión libro de letra chiquita, ni más ni menos).

En su escrito, Kael sostiene que Welles no fue el gran titiritero detrás de Citizen Kane; más bien, que fue una fuerza creativa que supo conjugar a otras fuerzas creativas, principalmente la de Mankiewicz.

Escribe: “[Orson Welles] necesitaba que el equipo lo mantuviera concentrado en un proyecto y que se hiciera cargo cuando sus energías se dispersaran. Con ellos, fue un prodigio de logros; sin ellos, voló en pedazos, se volvió desordenado”.

Mank es un homenaje al cine concebido como trabajo de equipo y no como batalla de un solo hombre. La cinta tiene méritos: Recrea fabulosamente la vida en los estudios, con una Marion Davies brillantemente interpretada por Amanda Seyfried. Davies, amante de William Randolph Hearst, fue el vehículo para que Mankiewicz conociera al magnate que inspiró Citizen Kane.

Seyfried combina ingenuidad con perspicacia. Gary Oldman, en el papel protagónico, es un gran borracho. Arliss Howard es el intérprete perfecto del ególatra enfermo de poder como Louis B. Mayer, cabeza de MGM. La Academia seguramente no va a escatimar en nominaciones y, con justicia, no habrá quejas por ello.

La cinta también falla en grande. En Citizen Kane, el personaje principal quiere ser amado y dice la palabra Rosebud antes de morir con este anhelo todavía vivo. Hay un motor que impulsa cada acción del protagonista. El deseo de recibir amor es universal y quizás por esto, el filme conecta con una audiencia que se renueva a lo largo del tiempo.

En Mank, el motor del protagonista no es tan claro –¿la sed de venganza contra los estudios? ¿recuperar un legado perdido?–. La conexión emocional no cuaja, lo que permite anticipar una cosa: La película de Fincher será deleite para los entusiastas del cine, pero difícilmente pasará la frontera hacia la inmortalidad.

LA PALOMITA:

Esta columna regresará el viernes 15 de enero. Hasta entonces, querido lector.

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“Irresponsibility is part of the pleasure of all art” P. Kael

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POB/KPM