Entre las leyendas más populares de Puebla están las que ocurrieron en el Puente de Ovando, o el Callejón del Muerto en Analco, cercanas al Centro Histórico. Sin embargo, en la periferia de la ciudad también existen leyendas y cuentos que han pasado de boca en boca.

Una de ellas es “El Nahual de San Felipe Hueyotlipan” narrada por el historiador Orestes Magaña.

En la época de la Revolución, la ciudad de Puebla vivía entre carrancistas y zapatistas. La escasez de alimentos obligó a la familia Del Razo a huir a su casa de campo en San Felipe Hueyotlipan, considerado en ese momento como un pueblo lechero cercano a la ciudad.

En ese lugar comenzaron a producir alimentos como queso, leche y mantequilla que cambiaban por pan y carbón.

Sin embargo, en el duro invierno, comenzó una serie de sucesos extraordinarios que inquietaron al pueblo de San Felipe: las vacas comenzaron a aparecer degolladas en los establos y las ovejas desaparecían sin dejar rastro alguno. Los habitantes, preocupados, organizaron una casería contra el animal que los estaba perjudicando.

El animal fue perseguido por días. Ante la desesperación, el alcalde observó las huellas que quedaron marcadas y afirmó:

–Estamos ante un animal que tiene la capacidad de transformarse en cristiano, debemos reconocer esa posibilidad.
–¿La posibilidad de qué?, preguntaron los demás vecinos.
–Hay un nahual en San Felipe, contestó.

Todos miraron aterrorizados.

Entre los que no aceptaban el hecho de que un nahual pudiera estar en el lugar estaba don Francisco Del Razo, quien había emigrado de la ciudad al campo con su hija Luisa.

Francisco Del Razo había planeado una vida tranquila en el campo, pero no contaba que su joven hija se enamoraría y temía que se fugara.

Luisa estaba enamorada de Antonio, un apuesto joven recién llegado al campo.

A esta preocupación, se sumó el hecho de que un nahual rondara por la zona. Por eso, organizaron una emboscada.

El alcalde planeó llevar a los animales atrás del pueblo, junto a la Iglesia, en una calle que solo tenía dos entradas y una sola casa. Escogieron una noche de luna llena para tener la mejor visibilidad posible; y esa noche esperaron a que apareciera la bestia.

Luego de un rato, la bestia apareció.

–¡Dios, es enorme!, gritaron.

Una sombra comenzó a aparecer entre los muros de la calle. Medía la altura de tres hombres, de pelo gris, mitad bestia, mitad hombre. Se movía en dos patas y mostró los colmillos al ver a las ovejas.

–¡Al ataque!, gritó el alcalde.

En ese momento, la cacería comenzó y la bestia comenzó a correr directo a la trampa que le habían tendido y cayó dentro de un pozo.

Ahí al fondo e inconsciente, notaron que el nahual que estaba dentro del pozo era Antonio, el enamorado de la hija de Francisco Del Razo.

Todos quedaron asombrados y decidieron llevarlo a la cárcel, mientras decidían qué hacer con él. No podían acusarlo de transformarse en un animal para robar al ganado, todos se hubieran reído y tampoco lo podían dejar ir porque habían visto lo que había hecho.

Al otro día un acontecimiento fortuito cambió su destino. Un grupo de revolucionarios llegó al pueblo para pedir provisiones. Aunque el pueblo entregó caballos y alimentos, los rebeldes también querían llevarse a las mujeres. Entre ellas, Luisa, la hija de Francisco Del Razo.

Su padre trató de impedir su secuestro pero no pudo y, por un momento, la mirada del padre se cruzó con la de Antonio.

–Puedo ayudarlos, dijo Antonio.
–¿Cómo? ¿Qué necesitas para salvar a mi hija?
–Carne y sangre, respondió.

Francisco DelRazo corrió hacia la cárcel con un machete y liberó a Antonio. Lo miró y le dio un corazón de cordero.

–Come, y aunque sea lo último que hagas, salva a mi hija.

Antonio se transformó en el hombre bestia y salió a defender al pueblo que, minutos antes, planeaba su destrucción.

El nahual comenzó a pelear contra los forajidos. Nadie pudo detenerlo, ni las balas pudieron detenerlo y los hombres salieron huyendo del pueblo.

Todos celebraron la defensa del nahual y permitieron que se quedara. Pensaron que sería útil tener a un ser como este a su servicio a cambio de una oveja a la semana.

Antonio y Luisa se casaron. Y nunca más se supo de alguna banda que intentara saquear al pueblo de nuevo.


Leyenda basada en el libro: Otras casas y lugares malditos de Puebla, escrito por Orestes Magaña.

 

 

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POB/LFJ