PELÍCULA | Babe: El puerquito va a la ciudad, obra maestra

PEDRO-SOLA-columnas-headers-poblanerias

Los estudios de cine apuestan por secuelas de películas exitosas principalmente por una razón: hacer más dinero. Babe, la historia del cerdo que pastorea ovejas, sorprendió a todos cuando en 1995 recaudó 250 millones de dólares. Como la cereza en el pastel, el film también recibió siete nominaciones a los Premios de la Academia y ganó el Globo de Oro a la mejor película en la categoría de comedia o musical.

Estos logros hicieron que Universal le diera luz verde a Babe: El puerquito va a la ciudad y a su director, el australiano George Miller, quien en la primera película solo fungió como productor. El resultado fue un desastre para Universal. Esta secuela costó 90 millones de dólares y solo recuperó 69. Casey Silver, cabeza de la producción de películas en el estudio, tuvo que renunciar a los cinco días del estreno, allá por noviembre de 1998.

Afortunadamente, la taquilla no es el único criterio para juzgar el valor de una cinta –claro, eso pensamos quienes no tenemos que firmar presupuestos–. Empiezo el año escribiendo sobre Babe: El puerquito va a la ciudad porque, si bien se trató de un fracaso económico, también se trata de una historia que me ha marcado desde la primera vez que la vi en la sala oscura.

Es una película que me acompaña constantemente. Una de las maravillas del cine… Cada quien tiene obras cercanas a su corazón y a su sensibilidad, más allá de los galardones obtenidos o los tickets vendidos.

Para esta segunda entrega, el granjero Hoggett (James Cromwell) sufre un accidente que lo deja en cama por largas semanas. Las cuentas se vuelven insostenibles y Esme, la esposa del granjero (Magda Szubanski), pone manos a la obra e inscribe a Babe en una feria de pastoreo de ovejas. La mujer y el puerco emprenden el viaje hacia la feria, pero se quedan varados en una gran ciudad imaginaria, combinación de muchas metrópolis.

El mayor acierto de Babe: El puerquito va a la ciudad viene desde su concepción en el guión. Las películas “para niños” suelen presentar a los personajes en términos casi absolutos; el bueno contra el malo, el héroe y el villano. La animación de Pixar, Bichos, que se estrenó a la par de Babe, cuenta con una hormiga idealista y un saltamontes tirano. No hay medias tintas.

La segunda parte de Babe es de una ambivalencia moral deliciosa. El cerdito, en su paso por la ciudad, descubre a unos chimpancés abusivos que se deleitan en dominar a otros animales. Sin embargo, estos chimpancés también forman una familia unida y amorosa.

El protagonista salva del ahogamiento a un bull terrier, quien le confiesa tener un alma con “una sombra asesina”. Hacia el final, la naturaleza dual del personaje es evidente y el espectador confirma que el canino es capaz de la ternura.

Así, Babe: El puerquito va a la ciudad es una parábola exuberante sobre la vida; llena de accidentes y episodios trágicos, de personajes con temperamentos dispares y a la vez, llena de momentos en que unos y otros se unen para mejorar la existencia común.  

El mérito de George Miller fue la rebeldía. Se resistió a suavizar la trama. La vida es dura y los niños son seres inteligentes que pueden asimilar la maldad y la injusticia –al fin y al cabo, los niños tampoco son santos–. Miller se resistió a una secuela convencional y coescribió una historia original; tan fácil hubiera sido recrear una escena de pastoreo en la que el puerco triunfara para rescatar la granja. Tomó el camino difícil y pagó por ello.  

El diseño de producción a cargo de Roger Ford es sensacional. Los espacios que crea –un hotel laberíntico repleto de cuartos, un salón de fiestas gigantesco– son bellos, pero también abrumadores para los animales. Un contraste bien calculado con el mundo rural tan acogedor.

En Babe: El puerquito va a la ciudad, por si le faltara una dosis de rareza, suena Non je ne regrette rien de la inmortal Edith Piaf. El título de la canción se traduce al español como “No, no me arrepiento de nada”. Ni Universal, ni George Miller ni los cientos de personas involucradas en esta producción tienen algo de qué arrepentirse. Crearon una obra maestra.    

Querido lector, puede rentarla en YouTube  o iTunes.

LA PALOMITA: Mickey Rooney interpreta al payaso Fugly Floom. Nunca un payaso lució tan estrafalario en pantalla.

 

Pueden contactarme en Twitter, a través de:

“Irresponsibility is part of the pleasure of all art” P. Kael

--
POB/LFJ