PELÍCULA: El agente topo

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Hay quince títulos finalistas en la carrera por el Óscar a mejor película extranjera –o en lengua no inglesa si somos rigurosos según nuestro lugar en el mundo–. De estas quince películas, cinco lograrán la nominación.

La lista de posibles contendientes incluye dos documentales; un rumano titulado Colectiv y uno chileno, El agente topo, sobre la vida en una casa de ancianos. Sería la tercera nominación de Chile en una categoría de la que el país sudamericano estuvo ausente hasta 2012.

Por lo general, el cine de ficción sigue una estructura narrativa delimitada por el guión. Un escritor traza al protagonista, define peripecias que le suceden, cambios en su carácter y conduce al espectador a un desenlace.

El documental puede dejarse llevar por la realidad. Esto no significa que el cine documental sea un ejercicio improvisado; al contrario, es el resultado de un trabajo exhaustivo que permite estructuras más flexibles.

Prueba de esta flexibilidad es El agente topo. La directora Maite Alberdi deseaba crear un “film noir de detectives en documental”. Una especie de thriller policiaco que revelara el abuso sistemático dirigido a los habitantes de la Casa de Ancianos San Francisco en El Monte, localidad a las afueras de Santiago de Chile.

La película inicia con un anuncio en el periódico. Un detective busca a un hombre de entre 80 y 90 años para infiltrarse en el asilo y descubrir si la madre de una clienta es víctima de malos tratos. Tras un proceso de selección y con varios expedientes sobre la mesa, el detective contrata a Sergio Chamy, viudo reciente, padre de tres y abuelo de cinco.

Sergio debe aprender a comunicarse por FaceTime y WhatsApp en unas escenas que se prestan a la comedia; provocan risa porque son el retrato de las dificultades que muchos mayores tienen con la tecnología. La dirección del asilo permite que se filme el documental, pero no sabe que Sergio es un espía.

Alberdi persigue una cinta llena de suspenso, pero la realidad se encarga de llevarla a otro puerto. Una de las primeras tomas de El agente topo registra la sombra del detective en su oficina, a la luz de una lámpara. Las tomas se vuelven más cálidas y el documental deja de apostarle a lo detectivesco, transformándose en una meditación.

Una meditación sobre la vejez, la soledad y la memoria. Dueña de una sensibilidad extraordinaria, Maite Alberdi reflexionó sobre estos temas en Yo no soy de aquí, un cortometraje que sigue a una octogenaria vasca con alzheimer.

Aquí, en El agente topo, la directora coloca su cámara y capta las interacciones cotidianas de Sergio con las abuelitas del asilo. Como un cuchillo frente a la cebolla que se abre en capas, la cámara revela que las ancianas no son muertas vivientes, sino seres con anhelos y preocupaciones.

Hay un arco que atraviesa Sergio, como en toda buena historia. De agente encubierto que no desea la amistad de sus pares a hombre preocupado por el bienestar de las mujeres en el asilo. Este arco no se recorre de un día a otro. Es consecuencia de todos esos momentos triviales que capta Alberdi.

En palabras de la cineasta:

No se puede apurar la realidad. Filmar la realidad es un ejercicio de paciencia, de esperar que las cosas pasen frente a la cámara. […] Programar el azar”.

Sin embargo, algunas tomas son más conscientes y menos azarosas. En ocasiones la cámara ve hacia afuera de la casa de ancianos, con una o dos mujeres enmarcadas por la reja que da a la calle. También está la toma abierta del asilo, visto desde la banqueta, como si fuera una casa común y corriente.

Las imágenes provocan en el espectador una perspectiva, le recuerdan que hay vida más allá de las cuatro paredes que encierran a los viejos. Invitan a penetrarlas para descubrir la sabiduría que trae consigo la edad y topar de frente con nuestra humanidad.

El agente topo está disponible en Netflix.

LA PALOMITA: El domingo, gala virtual de los Globos de Oro. La pandemia todo lo cambia.

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POB/LFJ