La crisis ocasionada por la pandemia de la COVID-19 ha generado un retroceso de una década en los avances logrados en materia de participación laboral de las mujeres, de acuerdo con el Informe Especial COVID-19 N⁰9: La autonomía económica de las mujeres en la recuperación sostenible y con igualdad realizado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

De acuerdo con el documento, el impacto negativo en la ocupación y condiciones laborales de las mujeres se refleja en su “contundente salida de la fuerza laboral” para atender las demandas de cuidados en sus hogares.

Sobre el mismo tema, el Laboratorio de Innovación de Género del Banco Mundial (LACGIL) indica que, para las mujeres de América Latina y el Caribe, la probabilidad de quedar desempleada fue de un 44% más alta que para los hombres. Esta diferencia se hizo presente una vez que los empleados temporalmente despedidos comenzaron a volver a sus puestos de trabajo y una de cada cinco mujeres no lo recuperó.

Este impacto desproporcionado se debe (en parte) a la informalidad, que afecta a las mujeres en mayor medida, pero sobre todo a que algunos de los sectores más golpeados por la crisis son justamente los que –en mayor medida– emplean mujeres, entre estos: comercio, servicios personales, educación, hotelería y gastronomía. El 56% de los empleos perdidos en la crisis pertenecen a esos cuatro sectores.

La economía de cuidado

Aunado a lo anterior, la presencia en el hogar de niños en edad escolar incrementa las probabilidades de que las mujeres pierdan su empleo, pero no así los hombres.

Para Jhael Arroyo, consultora en temas de género, el trabajo no remunerado y la llamada economía de cuidados aumentó en gran medida durante la pandemia, ya que recae en las mujeres la responsabilidad de velar por la familia y el hogar.

En entrevista con Poblanerías, dijo que durante la pandemia se ha notado la escasa visibilidad que tiene el trabajo no remunerado, considerado como “no productivo” en la economía; y que el cuidado del bienestar familiar y de enfermos, no es equitativo ni simétrico debido a que son las mujeres quienes realizan la mayor cantidad de las tareas.

Son ellas las que se han hecho cargo de familiares cercanos y no tan cercanos, amigos o conocidos; creando redes de apoyo y de atención sanitaria, aun a costa de sus propios empleos remunerados y, peor aún, a costa de su propia salud.

Bajo este contexto, el Informe de Evaluación de la Política de Desarrollo Social 2020, elaborado por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) estima que antes de la pandemia, las mujeres dedicaban 22 horas a la semana a los quehaceres domésticos y 28 horas al cuidado de otras personas, cifras que son 2.5 veces mayor al tiempo que dedican los hombres a esas actividades.

Actualmente, con el confinamiento y la presencia de la familia en el hogar, las mujeres dedican 50 horas semanales al trabajo de cuidados no remunerado, además de las horas que destinan a su empleo, en caso de tenerlo.

trabajo no remunerado
Antes de la pandemia, las mujeres destinaban en promedio 22 horas a la semana al trabajo no remunerado. Imagen: CONEVAL

Trabajo no remunerado el 23% del PIB

Jhael Arroyo, directora en AJ & Consultores, señala que –previo a la pandemia– el costo económico para los Estados o para el mercado si las mujeres no dedicaran tiempo al trabajo no remunerado y de cuidado, sería de alrededor de 5 billones de pesos, cifra que equivale al 23% del PIB Nacional y que es superior a lo que generan industrias como la del petróleo.

Menciona que la pandemia también ha profundizado otras problemáticas que dificultan la igualdad como: las altas tasas de informalidad, la escasa protección social, falta de un de un seguro de desempleo e insuficientes servicios de salud.

Todos estos factores –opina– afectan de forma diferenciada a hombres y mujeres, pero son ellas las que mayormente participan del mercado laboral informal y, por lo tanto, las que presentan mayores dificultades para subsistir en tiempos de recesión.

En ese sentido, son las mujeres –entre madres, abuelas o trabajadoras domésticas– las que tienen a su cargo la protección de los menores que se quedan en casa, algo que contribuye a la sobrecarga de tiempo dedicado al trabajo no remunerado y a la jornada laboral de aquellas que cuentan con un empleo. Aunado a este problema, el confinamiento también ha provocado que se disparen conductas violentas en los hogares.

Jhael Arroyo consideró que, por la emergencia sanitaria, será difícil que los gobiernos piensen en una política pública con enfoque de género, debido a que la prioridad es la salud.

Sin embargo, reconoció que el trabajo de la sociedad civil ha podido meter a la agenda pública algunos temas como la creación de un Sistema Nacional de Cuidados con el cual se busca garantizar el derecho al cuidado digno de los ciudadanos mexicanos y que evidencia la desigualdad que viven las mujeres, pues las tareas de crianza continúan recayendo únicamente en ellas.

 

 

 

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POB/LFJ