Las leyendas son una parte importante para la cultura mexicana y existen un sinfín de leyendas en todo el país.

Puebla está llena de ellas y una, no muy conocida, es la de “Los Últimos Días del Profeta Quetzalcóatl en Cholula”, que toma lugar en la Gran Pirámide de Cholula en el siglo VII d.C.

Luego del colapso de la civilización más grande que conoció Mesoamérica, Teotihuacán; Ce Acatl Quetzalcóatl, rey y dios, se fue de la ciudad junto con un grupo de seguidores, quienes hicieron un largo viaje hasta llegar a Tula, y luego a Cholula en Puebla.

Ahí, contemplaron la Gran Pirámide, abandonada desde hace tiempo atrás por una civilización que de la que no quedaba recuerdo, Quetzalcóatl recordó su ciudad natal y decidió establecerse en la ciudad y denominarla como Cholula la Santa.

Quetzalcóatl prometió que la pirámide nunca volvería a ser abandonada y que su santidad sería conocida por todos.

El rey dios atrajo más fieles, y así, la ciudad y la pirámide fueron reconstruidas. Quetzalcóatl mismo construyó su templo y casa sobre la Gran Pirámide, desde donde gobernaba Cholula, observaba las estrellas y recibía tributos de los ciudadanos.

El templo era utilizado como observatorio astronómico, por lo que se podía llevar la cuenta del tiempo, vigilar constelaciones y predecir la llegada de las estaciones; lo que era esencial en una época donde no podían empezarse las cosechas sin saber el momento exacto en el que llegarían las lluvias.

Te puede interesar: Leyendas en Puebla: el nahual de San Felipe Hueyotlipan

Es por eso que, sus súbditos se reunían en la parte baja de la pirámide, llevando sus mejores ofrendas para Quetzalcóatl con mantas, pulque, etc., preguntando si ¿el tiempo de comenzar a cultivar maíz había llegado?, a lo que el rey dios confirmó.

Otra razón para que la pirámide fuera usada como templo, era que desde ahí se dominaba la vista sobre el valle. En la población, existían rumores sobre las personas que habitaban ahí: “Dicen que comen carne humana”, “tienen cara y nariz de perro”, afirmaban unos.

Nada podía frenar los rumores de los bárbaros que devastaban pueblos enteros, de quienes su ferocidad era relatada por sobrevivientes que escapaban rumbo al sur.

La población de Cholula empezó a crecer rápidamente, a medida que los pobladores de lugares aledaños llegaban ahí, convencidos que la Gran Pirámide los protegería.

Los alimentos comenzaron a escasear y los sacerdotes, quienes vivían en edificaciones a lado de la pirámide, expusieron las inquietudes a Quetzalcóatl.

—Poderoso, el pueblo se inquieta, los alimentos faltan— dijo uno de ellos.
—Hay temores de una invasión del norte.
—Debemos satisfacer a los Dioses y calmar al pueblo como nuestros ancestros lo hacían.
—¡No!— respondió Quetzalcóatl.
—Quizá uno de los recién llegados...— se aventuró otro sacerdote.
—No—volvió a responder Quetzalcóatl.

El rey dios recordó su juventud en Teotihuacán, donde había predicado con su padre, la santidad de la vida humana, en el sagrado templo de columnas rosas, había visto los únicos sacrificios agradables a sus ojos: mariposas y pájaros.

Pero el pueblo debía ser calmado, así que Quetzalcóatl ordenó que los sacerdotes ofrecieran su sangre y fue él quien dio el ejemplo, atravesando sus orejas y lengua.

Los sacerdotes hicieron lo mismo, la tierra tembló y salieron serpientes del suelo del templo, que abrió el piso y revelaba unas escaleras que llevaban al interior de la pirámide.

 

Todos los sacerdotes se hicieron a un lado y abrieron paso a Quetzalcóatl, quien aceptó la invitación para ir al interior, mientras los sacerdotes hacían tres días de oración.

Pirámide de Cholula
Pirámide de Cholula, tomada en marzo de 2020
Foto: Agencia Enfoque

Primer día

Quetzalcóatl llegó al inframundo acompañado de las serpientes, donde se había formado un estanque de manera natural y tuvo su primera visión al acercarle la antorcha.

Se vio reflejado en una terrible matanza en Cholula, con su escudo de madera, una lanza y su yelmo de jade. Se veía derrotando a sus enemigos y salvando la ciudad, pero era una victoria inútil porque veía a los cholultecas embriagarse con pulque y derramando sangre humana en la pirámide, olvidando sus enseñanzas.

Y en su desesperación, Quetzalcóatl abandonó la ciudad provocando terremotos y Cholula desaparecía de nuevo en la historia y, en ese momento, perdió la conciencia.

Segundo día

Las serpientes despertaron a Quetzalcóatl y la cueva estaba llena de una luz que parecía venir del agua. Las imágenes que veía mostraban una nueva matanza en una Cholula que no conocía.

La pirámide era más grande, nuevos habitantes habían construido otro templo y estaba la presencia de animales y personas que nunca habían sido vistos.

Vestidos de plata, blancos y barbados robaban los cadáveres mientras un hombre veía satisfecho la masacre; era él.

Quetzalcóatl vivo, hablando una lengua extraña, con armas nunca vistas. ¡Él había masacrado a los hombres de había jurado defender! Protestó ante ese futuro, asegurando que no sería un asesino.

—Lo serás— dijeron las serpientes y el rey dios se volvió a negar.

—Lo serás Quetzalcóatl, escúchanos: tu pueblo enfrenta su destino inevitable. Pero tú eres un dios y, como tal, tu única forma de ser eterno es estar en perpetuo cambio. No sufras, te construirán un nuevo templo, la ciudad será reconstruida y seguirá siendo santa. Nacerás de nuevo en tierra extraña, para castigar a los inicuos habitantes de esta tierra que olvidaron tus pensamientos.—

Dijeron las serpientes enroscándose en su cuello y lo hicieron ver de nuevo.

Quetzalcóatl se veía en el futuro con una mujer morena y hermosa, tenían un hijo, quien representaba una nueva encarnación suya.

—Ellos creerán que adoran a otro, pero te prometemos esto: los que vengan a esta ciudad, te adorarán a ti. Cada pirámide que destruirán tendrá un templo tuyo. Nosotras estaremos aquí por siempre, debajo de sus templos siempre nos verán. No temas, este futuro llegará dentro de muchos años después. Duerme ahora— le dijeron las serpientes.

Lo comenzaron a morder, quien perdió la conciencia, al no poder controlar el dolor que esto le causaba.

Tercer día 

Quetzalcóatl despertó en un jardín con mucho viento. Se levantó, y al abandonar los árboles, llegó a una enorme hoguera, donde se estaba preparando un sacrificio.

La ofrenda humana era él. Anciano, de 120 años, cansado de su larga vida, pero a pesar de eso sonreía. Sus últimas palabras fueron:

—Un día volveré y recuperaré mi reino, y los sacrificadores, impuros y los idolatras recibirán su castigo.

Las llamas lo envolvieron y sus fieles seguidores vieron surgir serpientes y cenzontles, pájaro de cuatrocientas voces y bello plumaje.

Quetzalcóatl admiró su fin y se sintió satisfecho al haber resuelto la razón de su viaje en el tiempo y cómo sobrevivió a él, junto con Cholula; y regresó a casa.

Cubierto de obscuridad, se encontraba de nuevo en la pirámide. Conocía el futuro, subió al templo, contempló la ciudad y comprendió por qué los sacerdotes no se atrevían a verlo.

¡La ciudad estaba siendo atacada! Quetzalcóatl agarró su lanza y escudo, dio un grito de guerra, que aterró a sus adversarios y el rey dios se lanzó a la batalla, pues Cholula no sería destruida.


Leyenda basada en el libro: Otras casas y lugares malditos de Puebla, escrito por Orestes Magaña.

 

__

POB/PCL