PELÍCULA: Dos monjes, la sombra del expresionismo alemán en México

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La semana pasada comenté en este espacio la cinta El compadre Mendoza, que marcó la primera colaboración entre Fernando de Fuentes y Juan Bustillo Oro. Este último realizó la adaptación de la historia al cine y quería probarse tras la cámara, pero su falta de experiencia hizo que la dirección recayera en De Fuentes.

Siete meses después del estreno de El compadre Mendoza, Bustillo Oro cumplió su deseo y presentó al público una cinta en la que tuvo todo el poder creativo. El resultado de este poder, Dos monjes, es un ejercicio singular aunque imperfecto en el entonces incipiente cine mexicano. Un cine que estaba por consolidarse como industria.

Primero, una nota sobre cómo ha cambiado la producción cinematográfica con el paso del tiempo. En 1934, Bustillo Oro escribió dos guiones para Fernando de Fuentes y dirigió Dos monjes. Para 1939, contaba con doce títulos como director. Un paso vertiginoso casi imposible de replicar en la actualidad.

Dos monjes inicia en un monasterio, donde un grupo de religiosos se preocupa por el estado espiritual de fray Javier (Carlos Villatoro). Piensan que está poseído y repiten la proclama “Que salga el demonio de la casa de Dios”. Uno de los frailes, Servando (Víctor Urruchúa), visita a su compañero para aliviar su inclinación al mal.

Perturbado, Javier descubre que fray Servando es un viejo conocido que se ha cambiado el nombre y lo ataca a golpes con un crucifijo. ¿Es el diablo actuando? El prior de la comunidad (Beltrán de Heredia) interviene y confiesa a cada uno de los monjes.

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En un primer y largo flashback, Javier cuenta su versión de la historia. Antes de comprometerse con la vida religiosa, componía piezas para tocarlas al piano. Desde la ventana de su estudio, se enamoró de Anita (Magda Haller), inocente joven a la que terminó adoptando para luego proponerle matrimonio.

Juan –quien después asumió la identidad de fray Servando– visita a Javier como amigo y pronto se vuelve cercano a la pareja. En el segundo flashback (la confesión de Juan), este personaje habla de su amor por Anita y de cómo intentó alejarse para no provocar un daño terrible.

La única interrogante en la narración es por qué un monje como Javier ataca a uno de sus pares; qué sucedió en el pasado para desatar su ira. Así, el argumento es tedioso y el ritmo de la película es lento, pero no escribiría sobre una cinta de hace noventa años para fulminarla con defectos encontrados.

Mientras que el relato es cansado, la propuesta visual es portentosa. En Dos monjes abundan los encuadres que encantan la mirada; algunos por su fotografía en claroscuro y otros por el movimiento de la cámara.

Certero, Juan Bustillo Oro recurrió a un colaborador clave: el fotógrafo Agustín Jiménez. Esta fue la primera incursión de Jiménez en el vasto campo de la imagen en movimiento, más no en el cine. Antes, hizo foto fija para el legendario cineasta soviético Sergei Eisenstein.

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Agustín Jiménez filma sombras muy marcadas, claroscuros que le dan un toque siniestro a la película. Es genial una secuencia en la que Javier mira a través de su ventana hacia la casa donde vive Anita. La cámara asume el punto de vista de Javier y solo vemos siluetas negras tras las cortinas. Entendemos que Anita rechaza a un pretendiente y que así el músico protagonista tiene una oportunidad con ella.

Así como en el inicio de Coco (2017) los personajes se mueven en recortes de papel china, en Dos monjes las siluetas invaden la pantalla atrapadas entre las paredes de otra casa. Además de las sombras, Jiménez realiza planos holandeses bien calculados por Bustillo Oro. En un plano holandés, la cámara se coloca en un eje distinto al de la vista y tanto personas como objetos dan la impresión de estar chuecos frente al espectador.

Estas tomas hablan de una perversión en el relato, de una cierta inestabilidad emocional. Javier toca el órgano en el monasterio, pero no sabe como lidiar con el dolor que le causa su encuentro con Juan. Su mente da vueltas en espiral y por eso funciona que lo veamos inclinado en pantalla, como si nuestra propia cabeza estuviera en medio de una vuelta.

Bustillo Oro y Jiménez también hicieron la primera toma desde una grúa en el cine mexicano (crane shot). Cuando los protagonistas se confiesan, la cámara se eleva, alejándose, transportándonos visualmente a un pasado que esconde secretos.

Dos monjes es el resultado de una inspiración iluminada en el cine del expresionismo alemán. Es nuestro Doctor Caligari.

La cinta está disponible en YouTube.

LA PALOMITA: Con una calidad de imagen envidiable, se trata de una restauración emprendida por el World Cinema Project encabezado por Martin Scorsese.

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POB/LFJ