PELÍCULA: Fernando de Fuentes, artífice del cine mexicano

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Unos 17 millones de habitantes poblaban México en 1934. El poder de Plutarco Elías Calles se debilitaba y llegaba a la silla presidencial el general Lázaro Cárdenas. El cine era todavía una actividad económica menor, con cuatro grandes salas en la Ciudad de México; la del cine Palacio, la del Olimpia, el Monumental y el San Juan de Letrán.

El jueves 5 de abril de aquel año se estrenó en el Palacio El compadre Mendoza, película del primer gran director mexicano, Fernando de Fuentes. Solo dos años habían pasado desde la irrupción del cine sonoro en el país con Santa (1932).

Un arte en pañales donde la técnica y el estilo eran territorios vírgenes, libres para ser explorados por un puñado de artistas pioneros. En una época en la que solo se producían veinte filmes por año, Fernando de Fuentes se erigió como el maestro de la imagen en movimiento.

Algunos datos clave sobre este realizador: Trabajó en el gobierno de Venustiano Carranza, fue gerente del Cine Olimpia en los veinte e, iniciando los treinta, aceptó el puesto de segundo asistente de dirección en la ya mencionada Santa. Aprendió cine analizando con lupa las películas que proyectaba.

En la sala del Olimpia conoció a Juan Bustillo Oro y terminada la función, intercambiaron algunas palabras. Años más tarde, Bustillo Oro se daba un descanso como dramaturgo para meterse de lleno en el cine. Así escribió el guión de El compadre Mendoza.

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Bustillo Oro –hoy principalmente recordado por convertir a Cantinflas en estrella con Ahí está el detalle (1940)– quería dirigir su propio guión. Sin embargo, casi no tenía experiencia y los productores le dieron las riendas del proyecto a Fernando de Fuentes.

Al final, además de su crédito como guionista, Bustillo Oro obtuvo una mención como colaborador en la dirección. Si bien él recomendó a algunos actores, las decisiones creativas de dónde colocar la cámara corrieron a cargo del cineasta más veterano.

De Fuentes contaba con todas las credenciales. Había visto de cerca la Revolución Mexicana y en su filmografía ya figuraba el título de El prisionero trece (1933), cinta sobre los abusos de un militar cercano al gobierno de Victoriano Huerta. Una cinta que, en lugar de ensalzar a los revolucionarios, los criticaba por mercenarios.

Esta posición crítica aparece de nuevo en El compadre Mendoza, cuyo protagonista es un hacendado que lo mismo apoya a Zapata como a Huerta, según sus conveniencias. Si a Rosalío Mendoza (un estupendo Alfredo del Diestro) lo visitan los zapatistas, su achichincle baja un cuadro del dictador para colocar en su lugar la imagen del líder agrario.

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La guerra sigue su curso y don Rosalío se vuelve amigo del general zapatista Felipe Nieto (Antonio R. Frausto). Es tanta su cercanía que el terrateniente le da el nombre de Felipe a su hijo y le pide al revolucionario que sea su padrino. Todo para que un día Rosalío baraje la posibilidad de entregar al general con el enemigo.

Ojo, se trata de una película que está por cumplir noventa años y que posee la capacidad intacta para mantener la atención de los espectadores. Esta capacidad no viene de la mirada crítica a la Revolución, sino de los dotes narrativos del director.

Fernando de Fuentes cuenta la historia del compadre Mendoza con un manejo perfecto de la cámara. Como en El prisionero trece, utiliza magistralmente las disolvencias para condensar el tiempo y no aburrir al público con tomas innecesarias.

Veamos. Don Rosalío se casa con Dolores (Carmen Guerrero) y el director lo que hace es filmar unos candelabros, disolver la toma con otra de unas botellas de cognac y de ahí una tercera disolvencia con la imagen de una mano que sirve licor en las copas. Unos cuantos segundos, bellos, para capturar el espíritu festivo.

El emplazamiento de la cámara es sensacional. En otra escena, tenemos primero una toma abierta de Rosalío, Dolores y el general Felipe sentados, jugando dominó. La siguiente toma se centra solo en la pareja de casados y finalmente vemos un close-up de Dolores, ella enternecida con los ojos perdidos. De Fuentes, entendiendo el lenguaje cinematográfico, revela que la mujer tiene un interés romántico en el general. Todo con la cámara.

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La lente nos transporta al pasado, a un momento sangriento de amor y traiciones. El cine mexicano le debe su posterior época de oro al artífice Fernando de Fuentes.

El prisionero trece y El compadre Mendoza están disponibles en YouTube.

LA PALOMITA: Emma Roldán como la sirvienta muda es una delicia. De Fuentes agregó este personaje al guión de Bustillo Oro. Sería una película muy diferente sin esta leyenda.

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POB/LFJ