PELÍCULA | Nace la Época de Oro: Allá en el Rancho Grande

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Eran tiempos de cambio en México. El martes 6 de octubre de aquel año, el presidente Lázaro Cárdenas firmó un decreto para expropiar tierras a los grandes caciques de Coahuila y Durango. Muchos campesinos soñaban con el fruto de la reforma agraria.

“Se procederá desde luego a dotar de tierras y aguas a todos los núcleos de población rural que han venido presentando solicitudes ejidales”, se lee en el texto del acuerdo firmado por el general Cárdenas. El país mutaba de las enormes haciendas del Porfiriato concentradas en pocas manos a pequeños terrenos para todos.

Ese mismo 6 de octubre la historia registra un parteaguas en el devenir del cine nacional. Hay un antes y un después con el estreno de Allá en el Rancho Grande, ocurrido a unos pasos de Bellas Artes en la sala del Alameda, que tenía meses de haberse inaugurado. La Ciudad de México como epicentro del cambio de rumbo.

Volvamos a esta dualidad de lo establecido con lo nuevo. Por un lado, Allá en el Rancho Grande tuvo como director a Fernando de Fuentes, para entonces consagrado como el mejor narrador cinematográfico –en este espacio ya es un viejo conocido por trabajos anteriores como El compadre Mendoza–.

Por el otro lado, aquí hace su debut como fotógrafo Gabriel Figueroa, artista que con sus imágenes definirá la idea más perdurable de lo mexicano. Hasta 1936, Figueroa solo había colaborado como asistente de foto. Con un nombre todavía por forjar, venía de una estancia en Hollywood al lado de Gregg Toland, quien pasó al Olimpo por sus tomas magistrales en El ciudadano Kane.

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De Fuentes, hombre del momento. Figueroa, genio en ciernes. Con todo esto, la colisión de cineasta con fotógrafo no es el resultado más importante de Allá en el Rancho Grande. El cine mexicano se debatía entre historias críticas de la Revolución, melodramas y películas de terror. El público se resistía a llenar las salas haciendo del cine un negocio de valientes.

Esto cambió con Allá en el Rancho Grande, cinta que encontró una fórmula comercial casi perfecta. En lugar de la mirada crítica, la película observa el pasado con nostalgia y una buena dosis de romanticismo. De Fuentes celebra la vida en la hacienda, en el Rancho Grande, donde el patrón es humano, el caporal se enamora y todos sonríen.

En la película no hay rastro de tensión entre dueños y campesinos; es inconcebible el deseo por una reforma agraria. Si a esta visión idílica del campo sumamos números musicales, bailes y canciones acompañadas por guitarra, el producto final es una comedia ranchera. Este género que nace trae consigo otro nacimiento; el de la época de oro, el de una industria que exportará filmes principalmente a Latinoamérica y Estados Unidos.

Punto de quiebre entre una época de experimentos y otra dominada por apuestas seguras. Si la comedia ranchera funcionaba con el público, bastaba producir historias parecidas para garantizar la cosecha de dinero.

Allá en el Rancho Grande cuenta los pormenores de un triángulo amoroso. Felipe (René Cardona) es el hacendado rico que nombra a su amigo José Francisco (Tito Guízar) como el mandamás de sus tierras. Este último está enamorado de la inocente Cruz (Esther Fernández) y, para casarse con ella, entra a una carrera de caballos que promete una cuantiosa recompensa.

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Mientras José Francisco compite como jinete, Felipe intenta violar a Cruz. Desiste al enterarse del romance entre la mujer y su amigo, pero ahora José Francisco debe decidir si enfrenta a su patrón, si continúa la relación con su amada o si huye triste con el honor por los suelos.

La película tiene dos problemas principales. El primero es que pone los cimientos de una visión muy limitada y retrógrada de lo mexicano. Claro, eran otros tiempos y los estándares muy distintos a los actuales, pero aún así el filme idealiza una vida rural con pocas luces y muchas sombras.

Está el estereotipo de la mujer sumisa y virginal que, incluso si es víctima de abuso, se convierte en indeseable. Está el estereotipo del charro, hombre viril que resuelve los problemas a punta de balazos. Violencia que permea.

El segundo problema radica en que algunos números musicales son innecesarios; le quitan ritmo a la película y no ayudan con el avance del relato o a definir quiénes son los personajes.

Sin embargo, Allá en el Rancho Grande tiene a una espléndida Emma Roldán como la madrina cruel del protagonista. Y, como la cereza que corona el pastel, cuenta con el primer paisaje espectacular de Gabriel Figueroa, lleno de nubes. Hacia el minuto 50, aparece un maguey en primer plano con un cielo abrumador detrás. Así, inicia la leyenda.

Allá en el Rancho Grande puede verse en YouTube.

LA PALOMITA: Fernando de Fuentes hizo un remake de la película con Jorge Negrete en el papel protagónico, también disponible en línea.

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POB/LFJ